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Sentirse perdedor

Con la proliferación de datos y estadísticas es más fácil armarse de hechos que respalden nuestros prejuicios

Inicio del recuento de votos en un colegio electoral de San Sebastián en la jornada de las elecciones legislastivas del 26-J.
Inicio del recuento de votos en un colegio electoral de San Sebastián en la jornada de las elecciones legislastivas del 26-J.

En una democracia, la facción que controla el poder puede perderlo en las urnas. Esta definición mínima, propuesta por el politólogo Adam Przeworski, es de suma importancia: en teoría, la democracia funciona porque ningún grupo monopoliza la toma de decisiones, impidiéndole acaparar los recursos disponibles. ¿Pero qué sucede cuando un sector siente que pierde de manera permanente?

La palabra clave es “siente”: basta con que esa sea su percepción, con que el espacio entre lo que esperan y la realidad sea lo suficientemente grande. Los países occidentales parecen llenarse de estos perdedores por expectativas. Para algunos es una cuestión material, o de oportunidades. Para otros, se trata de preferencias más abstractas: una idea de nación, de comunidad. Pero ninguno de ellos considera que la democracia funcione bien como sistema para repartir derrotas.

Probablemente, tanto la Gran Recesión como las consecuencias de la globalización para ciertos colectivos explican parte del fenómeno. Pero, en paralelo, los mimbres con los que se construye el debate en democracia se han ido retorciendo. La fragmentación mediática ha desembocado en un mercado de información más horizontal. Internet ha hecho el producto más accesible. Y la proliferación de datos y estadísticas de todo tipo sin la necesaria cautela que aconseja la incertidumbre constituye una munición dialéctica perfecta.

Ahora es más fácil armarse de hechos que respalden nuestros prejuicios. Lo que cuenta es aquello que se siente como cierto. El presuntamente agraviado, pues, lo tiene más fácil para confirmar su visión del mundo. Pero, atención, el mismo mecanismo refuerza la visión positiva del supuestamente privilegiado. Entre ambos se alza un muro que ya no se construye solo con opiniones contrapuestas, sino con hechos que, aunque parciales, aparecen como incontrovertibles para cada lado. Desgraciadamente, esta guerra de percepciones y expectativas se olvida de los que siempre fueron perdedores. Aquellos a quienes, demasiado a menudo, la pobreza quita el aliento necesario para alzar su voz en democracia. @jorgegalindo

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