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Contra una tercera elección

El Círculo de Economía considería un desastre volver a estar varios meses sin Gobierno

Antón Costas, presidente del Círculo de Economía, en Barcelona.
Antón Costas, presidente del Círculo de Economía, en Barcelona.

La hipótesis de una tercera elección “es inimaginable”, sostiene el Círculo de Economía en un sugestivo documento que empezó a discutir ayer con toda la casta política —toda es toda— en Sitges, para evitar esa locura.

En realidad, es imaginable, atrévanse a pensar sobre lo indeseable y lo irracional. Lo que quiere decir la entidad es que sería un desastre. Y lo dice: “No podemos permitirnos, de nuevo, varios meses sin Gobierno”. Y por tanto, “si no se puede gobernar, se debe facilitar que otros gobiernen”.

Su presidente, el siempre florentino Antón Costas, concreta más: aplicar el estándar municipal. Que en ausencia de mayoría, gobierne en minoría la lista más votada con la aquiescencia del resto, y busque luego geometrías variables. Es una reformulación, mejorada, de la idea de Felipe González, según la que cualquiera de los dos grandes partidos debía permitir mandar al rival si lograba mejor posición. La mejora, porque hasta hoy no ha habido incentivos para aplicarla. La prueba es que no ha funcionado.

¿Por qué? Porque si no se comprometen todos, el coste del desestimiento o aquiescencia recae sobre el que cede. Sin igual compromiso por parte de los podemistas, los sociatas sangrarían en favor de aquellos; sin igual actitud de los ciudadanistas, los populares pecharían con la factura de la responsabilidad: que tantas veces pasa factura.

La propuesta Costas debe perfilarse más, en aras del estricto espíritu de la democracia representativa de expresión parlamentaria: que gobierne la alianza que concite más escaños en el Congreso, y solo en su defecto, la lista respaldada por más votos populares. Ese sería un buen incentivo para macerar la cultura del pacto y edificar coaliciones de Gobierno, más deseables que Gobiernos de minoría muy minoritaria.

Fórmulas así son sabias. Su problema es cómo vencer la tentación del ventajista free-rider (polizón) o el dilema nihilista del prisionero, cuando romper la baraja puede proporcionar mejores bazas aparentes. O sea: ¿quién pone el cascabel a ese gato, además de la presión social? Una discreta exhortación del género a cargo del jefe del Estado —aunque en más genérico— ¿desbordaría su papel? O en su defecto, ¿por qué no una conjura de los presidentes salientes de Congreso y Senado? O... ¡Propongan!

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