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La agotadora vida de un algoritmo

Me levanto por la mañana y voy a trabajar. Antes paso por la cafetería donde una máquina me sirve el café con leche y la prensa que le solicito. Me subo en el autobús sin conductor que acaba de repostar en una gasolinera de autoservicio y, tras pasar por el peaje de la autopista sin personal de cabina, me deja en mi trabajo. El mismo autobús me lleva de vuelta, trayecto que aprovecho para hacer la compra online, pagar recibos por transferencia desde mi móvil y apuntar por email a mi hija en una excursión. Ya en casa, saco una muñeca y dos camisetas en mi impresora 3D para un cumpleaños infantil; tras un pequeño atasco, un asistente virtual me solucionó el problema y pude seguir. A última hora de la tarde voy a un gimnasio con torno de entrada con tarjeta magnética y videovigilancia. Practico fitness según los manuales y spinning siguiendo un vídeo. Pues sí, me levanto por la mañana y voy a trabajar; aunque dicen que la tecnología destruye empleos, es mentira: yo, sin ir más lejos, tengo dos: media jornada trabajo de robot Kiva y la otra media formo parte de un algoritmo en un conocido buscador de Internet.— José Manuel Civeira Moure.

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