Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete

El día en el que el Papa dio un zapatazo a Trump

México ofrece la otra mejilla a Estados Unidos y el millonario la abofetea

Las ideas del candidato republicano Donald Trump, sus camisas, sus corbatas, hasta su pelo platino brillan con una intensidad especial. Como si las hubieran almidonado con un poco de cielo, poseen ese fulgor casi suicida que muestran ciertos fenómenos políticos que se elevan repentinamente hasta las cimas de las encuestas para estrellarse después con todos sus dientes contra la acera. El sueño de Trump, un gran amante de los rascacielos y, por lo tanto, de las caídas en vertical, tiende a ese desenlace.

El multimillonario anhela un muro de hormigón que cierre por completo los 3.185 kilómetros de largo que tiene la frontera entre Estados Unidos y México. La obra, que sería costeada por el vecino pobre, tiene en la mente del republicano el mismo efecto que ponerle una tapa a la sentina. Para él supone cerrar las puertas de su país a “drogas y violadores”.

La propuesta, lanzada el año pasado, fue desde el principio descabellada. Pero le permitió al candidato presidencial atraer la atención del segmento más conservador del electorado estadounidense. Un éxito inicial que difícilmente culminará en nada tangible. El sueño ha despertado demasiadas pesadillas e incontables voces se han alzado ya en contra de semejante pretensión. La última y quizá más potente ha sido la de Jorge Mario Bergoglio. Mecido por el péndulo de la historia, el papa Francisco, tras visitar este miércoles la dolorosa frontera entre México y Estados Unidos, no pudo más y en el avión de regreso al Vaticano lanzó su directo a Trump: “Una persona que piensa solo en hacer muros, sea donde sea, y no en hacer puentes, no es cristiana”.

El disparo papal ha sido recibido con euforia en México, donde millones de ciudadanos han cruzado en algún momento de sus vidas la divisoria entre ambos países. Es una experiencia sin la cual no se pueden entender las relaciones entre ambos países. Basta con ir a un puesto fronterizo cualquiera para advertirlo inmediatamente. El paso entre Matamoros (Tamaulipas) y Browsville (Texas) es un buen ejemplo. En el puente, llueva o truene, cientos de personas se agolpan durante horas como si fueran ganado, encajonadas en un pasillo de cemento y alambre. A veces, las compuertas se abren, y vomitan de golpe filas de expulsados que pasean su fracaso ante sus compatriotas. En esos momentos, el río Bravo, verde y turbio, parece otro muro.

Al final de la cola, esperan los guardias estadounidenses, casi todos ellos con apellidos hispanos (Castillo, Olmo…) y una fe de converso. Pero la gran sorpresa llega a la vuelta. En ese punto, el universo gira sobre sus talones y los controles se desvanecen. No hay quien pida papeles y basta con apretar un botón para entrar sin más en México. El país satanizado por Donald Trump deja sus puertas abiertas al vecino rico. Les ofrece, de algún modo, la otra mejilla. Esa que el multimillonario de camisas impolutas abofetea sin parar.