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El difícil oficio de envejecer

Sería de locos someter a los escritores al silencio una vez que han rebasado determinada edad, como si ya no tuvieran nada que decir

A los escritores se les está complicando, económicamente, seguir con sus cosas cuando se han jubilado. Así que están protestando. La Inspección de la Seguridad Social se ha empezado a interesar por sus ingresos, y por los de músicos, pintores, fotógrafos. Por aquellos que perciben además de la pensión. Algunos proceden de los derechos de autor, explican; otros, de cursos o conferencias o artículos o bolos. Lo tienen francamente mal: pierden la pensión, les toca pagar multas.

El asunto es complejo. Puede tener cierta lógica (aunque no suceda siempre así) que, una vez que se ha llegado a determinada edad, se deje sitio para los que vienen detrás. Hay un momento en que llega la hora de jubilarse. Pero el lío es otro: ¿qué pasa con esos trabajos que pueden seguir haciendo un montón de profesionales cuando van envejeciendo irremediablemente? Y aquí no entran solo los creadores. También hay científicos y empresarios y ebanistas e ingenieros aeronáuticos que conservan intactas sus habilidades y que quieren seguir en la brecha. ¿Puede la sociedad permitirse el lujo de prescindir de sus servicios? ¿Debe penalizarlos quitándoles esa pensión que obtienen tras haber cotizado años y años?

Es imprescindible establecer reglas de juego, cuidarse de los bribones, procurar la mayor justicia. Por eso está bien que hayan sido los escritores los que hayan sacado a la luz que algo no va bien con determinadas leyes. Sería de locos someterlos al silencio una vez que han rebasado determinada edad, como si de pronto ya no tuvieran nada que decir. Sus trayectorias, por otro lado, no suelen responder al patrón habitual: muchos tuvieron que ganarse la vida en otra cosa (mientras iban a golpe de martillazos trabajando las palabras) o hicieron ejercicios de equilibrista para cumplir con la Seguridad Social teniendo intermitentes y, muchas veces, parcos ingresos.

Cobrar una pensión es incompatible con tener un trabajo por el que se perciban ingresos que sean iguales o mayores que el salario mínimo interprofesional (poco más de 9.000 euros al año). Pero hay una fórmula, la de la “jubilación flexible”, que permite tener un trabajo remunerado y cobrar la mitad de la pensión siempre que se paguen determinadas cotizaciones: la fórmula, por lo general, resulta disuasoria. No parece, pues, que el asunto se haya resuelto de manera sensata. Cobrar por un trabajo se convierte a partir de determinada edad en una auténtica pesadilla.

Y ocurren estas situaciones tan lamentables en las que el Estado se convierte en el perseguidor de aquellos que, como los escritores ahora, tienen aún mucho que decir (y hacer). No estaría de más, amén de buscar cuanto antes soluciones a los casos que han estallado ahora, establecer unas pautas distintas que permitan seguir cobrando esa pensión que cada cual se ha ganado a pulso con la posibilidad de seguir ejercitando unos saberes y habilidades que siguen haciendo falta. Esos trabajos tendrían, lógicamente, que gravarse con los impuestos que fueran menester. Pero las cosas no están ni para desperdiciar el talento ni para propiciar estratagemas irregulares.