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Desigualdad extrema e (in) sostenibilidad: de qué hablar en Davos

La revolución contra la desigualdad extrema que impide tener un mundo mejor y una vida digna para todos empieza con desterrar los paraísos fiscales

Un niño sin hogar y sus juguetes recogidos por sus padres en las calles de Manila, Filipinas.
Un niño sin hogar y sus juguetes recogidos por sus padres en las calles de Manila, Filipinas. AFP PHOTO

La crisis cruzada de desigualdad extrema y (in)sostenibilidad ambiental nos dejan unos escenarios hoy que hacen difícil sentir que dejamos un mundo vivible a las próximas generaciones.

Los impactos cada vez más agudos de esta doble crisis se hacen presentes de forma más intensa en la vida de las personas más pobres: son los excluidos de la atención sanitaria, la educación, el acceso al agua potable o a una alimentación suficiente, los “refugiados climáticos”. Es imposible su progreso sin que aumente la inversión social en sus países, en especial la que proviene de la fiscalidad. Una familia pobre solo tiene a sus parientes —normalmente también pobres— o a su Gobierno, sea local, seccional o nacional para salir del agujero. Solo esos recursos públicos podrán llevar a los niños al médico o a las jóvenes a un lugar seguro a dar a luz. Y solo un compromiso conjunto, planetario que tímidamente arrancó en diciembre en París, evitará el desastre climático que crece lentamente, como una marea. Las cada vez más frecuentes sequías y crisis alimentarias en la franja del Sahel han hecho de la resiliencia y la emigración la única salida a quienes viven allí.

Pero también la mayoría, eso que llamamos clases o sectores medios cada vez se ve más afectado por la desigualdad y el cambio climático. Las recientes inundaciones en el Reino Unido —y la incapacidad pública para hacerles frente con eficacia— son sólo un ejemplo. Pero otros más cotidianos son la imposibilidad de acceder a salarios decentes, que permitan una vida digna y tranquila, mientras se reducen las ayudas a quienes sufren el desempleo o suben las tarifas de los suministros básicos y se retira discretamente —mediante la desinversión— o abiertamente —mediante la privatización— la universalidad de la salud pública.

Esta semana tiene lugar de nuevo el Foro de Davos. Hemos vuelto a revisar las grandes cifras, y nos muestran que el efecto centrífugo de la desigualdad extrema se acelera. Si hace cinco años eran 388 personas las que poseían tanta riqueza como media humanidad, hace tres se hizo famosa la cifra de los 85, en 2015, de nuevo con datos de la revista Forbes, son ya sólo 62 personas. Caben en un autobús de línea de su ciudad, pero atesoran tanto como la otra mitad de la humanidad. 62 personas que aumentaron su riqueza en un 44% desde 2010, mientras la mitad más pobre, 3.600 millones veían la suya decrecer un 41%.

Si el crecimiento de la riqueza de los últimos 15 años no se hubiera concentrado hasta en un 50% en el 10% en mejor situación, el mundo sería muy diferente y más parecido al que queremos. 200 millones de personas más fuera de la pobreza solo por ese efecto directo de equilibrar los beneficios del crecimiento. Pero si ese reparto hubiera favorecido más a los sectores más pobres, habrían sido 700 millones de personas quienes habrían abandonado la pobreza. Y según el FMI, tendríamos también un entorno económico más estable y un crecimiento mucho más sólido.

Pero este año ponemos la lupa en el mecanismo más perverso que permite la súper acumulación y a la vez aleja la posibilidad de vivir una vida digna de cientos de millones de personas. La evasión —ilega— y la elusión —legal— fiscales, que se sirven de los territorios llamados paraísos fiscales para acaparar riquezas e ingresos, y evitar que lleguen a las arcas públicas y se repartan en forma de educación universal, médicos y personal de enfermería, libros escolares o cooperación internacional. Porque ese agujero drena recursos en todos los países. Los países más pobres, claro, son más vulnerables, y su población más pobre, la que más lo sufre. Industrias como las extractivas están en el centro de ese problema a través de los precios de transferencia, pero otros sectores como el financiero son los facilitadores y grandes beneficiarios de un sistema lleno de trampas vulgares con apariencia de respetabilidad. Y no hablemos de los flujos ilícitos que se esconden en ellos como el narcotráfico, el terrorismo o la trata de seres humanos.

Si el reparto de riqueza hubiera favorecido más a los sectores más pobres,  700 millones de personas habrían abandonado la pobreza

En 2014 la “inversión” realizada en paraísos fiscales multiplicaba por 4 la de 2001 —eso con una crisis financiera de por medio— y ya sabemos que ese dinero no es precisamente una inversión… No hay apenas actividad económica ni generación de empleo. Es un sistema de ocultación. Sabemos también que una minoría privilegiada, individuos en este caso, ocultan en ellos 7,6 billones de euros.

No es posible combatir la desigualdad extrema y la condena a la pobreza de cientos de millones sin atacar este mal. Han pasado demasiados años desde el inicio de la crisis, en 2008, y se ha avanzado demasiado poco. Es hora de acabar de una vez con los paraísos fiscales para bien de todos.

Pero la agenda para combatir la desigualdad no termina ahí. Los salarios son cada vez más un frente fundamental. En España desde el inicio de la crisis el salario medio ha caído más de un 20%, pero mirado con perspectiva global se está dando un fenómeno de acaparamiento salarial: sueldos cada vez más altos de los ejecutivos y más bajos de los empleados. Para tomar un ejemplo cercano, los presidentes de las empresas del Ibex ganan 158 veces más que el empleado medio de sus compañías. Y sus compañías aumentaron un 44% el número de filiales en paraísos fiscales.

La revolución contra la desigualdad extrema que impide tener un mundo mejor y una vida digna para todos empieza con desterrar los paraísos fiscales. Nuestro informe Una economía al servicio del 1%, que se lanza en Davos, Suiza, ofrece muchos más datos y detalles.