Baobab Team: sueños de fútbol

Un grupo de educadores y voluntarios han montado una academia deportiva en el orfanato de un humilde barrio de Dar Es Salaam y les facilitan, además, educación básica

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No existe un campo de fútbol en el mundo donde haya menos dudas a la hora de averiguar si una jugada acaba en córner, saque de portería o saque de banda en cualquiera de sus dos direcciones. En realidad, en este campo, la mayoría de veces no será ni una cosa ni la otra, ya el banderín de córner del campo de fútbol del orfanato de Kurasinies un enorme baobab de más de dos metros de anchura y seis de altura. Más allá de la hipérbole, lo cierto es que a veces la pelota rebota en él y el juego continúa.

En Kurasini, un orfanato estatal situado en el barrio de Mtoni, en el extrarradio de Dar Es Salaam, capital de Tanzania, viven alrededor de 70 niñas y niños huérfanos. Es un centro grande, dividido en bloques, con un terreno enorme y con unas instalaciones precarias, pero llenas de vida: la de sus jóvenes habitantes y la de sus acompañantes. Allí, los críos van a escuela por la mañana, y por la tarde revolotean jugando y riendo como si no hubiera mañana. En Tanzania, alrededor del 12% de la infancia es huérfana.

Una de esas precarias instalaciones es un campo de fútbol de tierra, o más bien de arena, en el que jugar a fútbol se convierte en el arte de intuir hacia donde va a salir rebotada la pelota. Una especie de mezcla entre fútbol playa y fútbol en descampado de tierra y piedras. Todo arte tiene sus artistas y cada maestrillo tiene su librillo, así que cada partido allí es un auténtico ejercicio de creatividad. Da la sensación de que después de jugar en este terreno, si cualquiera de estos niños (hoy en día son chicos en su totalidad) jugara en un campo de hierba, o bien le perdería la gracia al fútbol y se aburriría, o se convertirían poco menos que en estrellas mundiales de la noche a la mañana.

Cada tarde a partir de las cinco, una cuarentena de niños y adolescentes de Temeke, distrito en el que se ubica Mtoni y su orfanato Kurasini, se juntan en ese campo protegido por el enorme baobab.

Hace poco más de seis meses a Maricky, un joven educador del barrio que desde hace años participa en proyectos sociales, se le ocurrió, mientras mataba el tiempo en la calle con sus amigos, que quizás el fútbol podría servir de gancho para que los chicos del barrio encontraran la motivación que la pobreza y la falta de oportunidades les van quitando día a día. La idea era montar una academia de fútbol para los niños y adolescentes del barrio. Desde cero, pero con la intención de que algún día pudiera convertirse en un centro profesional.

A parte de practicar deporte, en la academia intentan impartir  clases de matemáticas, inglés, alemán, español e italiano a los niños

"Estamos montando una academia de fútbol para los niños del barrio. Algunos chicos son del orfanato, pero el proyecto está pensado no solo para ellos, sino para todos los chicos del barrio. La idea es juntarlos, que jueguen e ir viendo, poco a poco, quién tiene talento para poderse dedicar al fútbol de manera profesional. Además del deporte, estamos intentando organizar clases de matemáticas, de inglés, alemán, español e italiano. Y necesitamos muchos voluntarios". No sólo es el creador del proyecto, sino una de las personas más implicadas en él. Junto con el entrenador, quizás sea la figura de mayor respeto para los chicos. Él no sabe jugar y declina todos los ofrecimientos a participar que los chicos le hacen durante los entrenamientos, pero sabe que para los niños del barrio, el fútbol no es sólo pura diversión, sino también una herramienta de crecimiento y superación personal. Quizás, también sea un canal para sacar rabia y frustración. Pero sobre todo, depositan en él la esperanza de poder tener un futuro mejor.

El fútbol, sueño y disfrute a pesar de la falta de recursos

Es el caso de Hamis Kinyenga, de 15 años. Su sueño es convertirse en un jugador profesional y aprovechar la oportunidad que la academia le brinda para aprender otros idiomas. Para él, el fútbol también es un ejercicio de comunidad: “Me gusta la forma en que cooperamos en todo y cómo nuestros educadores se preocupan por nosotros. Nuestro entrenador nos trata muy bien”.

Katingi, un chico de 18 años del barrio, también siente que el apoyo de los educadores es muy importante: “Todos los días, después del entrenamiento, nos sentamos y hablamos, compartiendo algunas historias. Nuestros líderes nos dicen lo bueno y lo malo que hemos hecho; eso es positivo para nosotros. Nuestro entrenador es grande y los educadores son amables y siempre están con nosotros. Eso nos hace seguir motivados para venir a entrenar”.

Hamis y Katingi también están de acuerdo en que el principal escollo de la academia es la precariedad y la falta de recursos. “El problema es que no tenemos equipo suficiente. Sólo tenemos cuatro balones y necesitamos más conos, petos...”, dice Katingi. “Lo que no me gusta aquí es el campo... es un poco más pequeño de lo habitual y está en malas condiciones”, dice Hamis. Aún así, nada parece que les vaya a parar en su sueño de convertirse en jugadores profesionales.

“El problema es que no tenemos equipo suficiente. Sólo tenemos cuatro balones y necesitamos más conos, petos...”, dice Katingi, uno de los miembros del equipo

Los responsables de proyecto siguen buscando recursos económicos, y también humanos, para seguir adelante e ir superando poco a poco sus bastantes necesidades. Según cuenta Maricky, el Gobierno, como suele hacer con este tipo de proyectos, les apoya, pero solo de palabra. Ni les proporciona ningún tipo de subvención, ni tampoco les cede alguna instalación deportiva para jugar. “No hay ninguna estrategia ni planes de apoyo al fútbol en edades tempranas. Como se puede ver en las eliminatorias de clasificación para el mundial, hemos perdido 7-0 contra Argelia, y nunca nos hemos clasificado para el Mundial”.

Por eso, basan su estrategia en buscar apoyos de la comunidad, en donaciones privadas y en la búsqueda de algún patrocinador. “Hay jugadores profesionales famosos que son de Temeke. Estamos hablando con algunos de ellos para que nos apoyen de alguna manera; económicamente o haciendo difusión de la academia. Y también estamos buscando patrocinadores privados. Todo esto cuesta mucho cuando nadie te conoce, pero poco a poco lo conseguiremos”. En cuanto a la parte formativa, buscan personas voluntarias que les ayuden a dar clases, tanto de asignaturas escolares como de diferentes idiomas. A cambio, ofrecen alojamiento gratuito a quien quiera ir a colaborar con el proyecto, aunque sea solo por unos días.

El pasado 11 de octubre se presentaron a la comunidad en un acto de puertas abiertas que organizaron en el orfanato de Kurasini. Y aprovecharon el acto para recaudar cualquier tipo de donación, no sólo para el fútbol, sino también para los niños y niñas del orfanato. Y les fue bien: “El evento fue genial. Más de 50 personas del barrio vinieron a conocernos y los chicos estaban muy contentos. Nos dieron 10 petos y ya tenemos siete balones”.

La educación, asignatura pendiente

Dar Es Salaam es la capital de Tanzania y su ciudad más poblada y rica, aunque con grandes contrastes y desigualdades, en la que el crecimiento económico (el 40% del PIB del país) no es representativo de las condiciones de vida de la mayoría de sus habitantes. En ella conviven zonas residenciales de lujo con barriadas donde los servicios básicos como el agua y la luz no son los más adecuados. El 70% de la población en este tipo de asentamientos, de la cual la mitad vive con menos de un dólar diario.

Y dos datos más: en 2012, la esperanza de vida de la población de estos asentamientos era de entre 44 y 46 años. Y la mortalidad infantil, de 97 niños por cada 1000 nacidos vivos.

La tasa de alfabetización de población adulta en Tanzania es del 67,8%, y del 74,6% entre los jóvenes

Es el caso de Mtoni, un barrio popular del distrito de Temeke, situado al sudeste de la ciudad. Un vecindario formado por casas de barro, a veces de ladrillo humilde. “Aquí la mayor parte de la gente vive por debajo del promedio de la ciudad; la mayoría no puede pagar la educación superior de sus hijos, incluso la educación secundaria, lo que provoca que una gran cantidad de jóvenes no tengan nada que hacer”, cuenta el señor Timamy, entrenador del equipo. “El fútbol y la academia también son herramientas para que los chicos del barrio no se unan a bandas o se metan en las drogas”. Muchos de ellos no van a la escuela porque tienen que ayudar a sus familias a salir adelante. La falta de oportunidades es una constante y se hace más intensa en el caso de las personas más jóvenes.

Y es que los datos sobre la educación en Tanzania son poco alentadores. No tanto en la etapa de la primaria, en la que los niños y niñas todavía asisten mayoritariamente a la escuela, pero sí a partir de la educación secundaria. Según datos del último informe del Banco Mundial, en 2013, la tasa de matriculación en la educación primaria en Tanzania era del 83,5%, mientras que el porcentaje que finalizaba era del 75,9%. En la secundaria, las cifras empeoran considerablemente. En ese mismo año, apenas el 33% de la población en edad de escolarización se matriculó. Según este mismo informe, en 2012, solo el 56,3% de los niños que acabaron la primaria, se matricularon en secundaria al empezar el siguiente curso. Y volviendo a 2013, respecto a la educación terciaria, la tasa de matriculación sólo alcanzaba el 3,9%. En este sentido, la esperanza de vida escolar era en el mismo año de 8,3 años.

Según el último informe del PNUD sobre el índice de desarrollo humano de 2014 (sobre la realidad de 2013), la República Unida de Tanzania se encuentra en el puesto 159 de los 187 contabilizados. La tasa de alfabetización de población adulta es del 67,8%, mientras que la de jóvenes es del 74,6%. El porcentaje de abandono escolar, solo durante la educación primaria, es del 18,6% (mientras en el Estado español, por ejemplo, es del 2,2%). Sólo el 7,4% del total de la población del país posee algún título de educación secundaria, cifras que solo empeoran cuatro países en toda África: Burkina Faso (2%), Mozambique (3,6%), Chad (5,5%) y Burundi (7,1%).

Ni Maricky, ni el entrenador, ni el resto del equipo de personas que decidieron montar la academia de fútbol, pretenden cambiar con su proyecto la enorme injusticia social que viven los niños y niñas de Temeke. Saben que eso no está en sus manos. Pero su empatía y su implicación con quienes son más jóvenes es un ejemplo de solidaridad y de justicia en un contexto de gran precariedad, donde no resulta nada fácil dedicar tiempo y energías a proyectos educativos voluntarios. Es una semilla que quizás enraíce fuerte y de la cual, en unos años, crezca un enorme y sano baobab, de esos que, aún en las épocas de sequía en África, se mantienen firmes y fuertes, dando ejemplo de dignidad en medio de la sabana. O un baobab como el del orfanato de Kurasini, que a su manera, protege a su infancia, haciendo que todas las pelotas que rebotan en él vuelvan al campo, quizás porque quiere que los pequeños de Temeke nunca dejen de jugar y disfrutar.

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