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Sánchez y Rivera

El candidato del PSOE crece, mientras que el de Ciudadanos muestra flaquezas

De izquierda a derecha, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría, minutos antes de participar en el debate electoral del 7 de diciembre. AFP

Los debates electorales celebrados han proporcionado elementos de juicio suficientes como para saber cuáles de los participantes demuestran hechuras presidenciales. Hay que subrayar este último aspecto, porque los organizados por EL PAÍS y Atresmedia han consistido en debates entre candidatos a la presidencia del Gobierno, y no en otra tanda de los numerosos encuentros informales entre políticos llevados a cabo en el periodo preelectoral.

De ahí la sorprendente anomalía democrática provocada por Mariano Rajoy, candidato a la reelección, que se ha permitido hurtar a los ciudadanos la rendición de cuentas propia de las discusiones serias, y no ha querido contrastar ni su balance ni sus proyectos. Sea por cobardía personal ante la necesidad de explicarse sobre la corrupción, o bien por haberse acostumbrado a manejar una mayoría absoluta sin dar explicaciones, el presidente y candidato incumple una obligación ineludible en una democracia moderna. La treta de enviar a la vicepresidenta del Gobierno solo consigue agravar el insulto a los ciudadanos. En ninguno de los países en los que los debates son tradición democrática desde hace décadas se habría atrevido un candidato a despreciar a sus rivales con el envío de su suplente, ni hubiera encontrado un medio de comunicación que se prestara a semejante maniobra.

La política no puede ser tan banal y sometida como para que algún partido imponga este tipo de condiciones, y para que sus contrincantes y los medios las acepten. Un debate bipartidista clásico es lo único que Rajoy acepta para la última semana de campaña. Ese tipo de discusión, en la España del presente, es solo un espejismo de un sistema político que se está transformando a toda velocidad.

Los debates celebrados han contribuido mucho a que los españoles visualicen el reajuste fundamental que se está produciendo en el sistema. Por ejemplo, Pablo Iglesias tuvo buenas prestaciones en ambos debates, seguramente eficaces para movilizar a sus bases. Parece evidente, sin embargo, que carece de opciones para llegar a La Moncloa. Habla en su favor la dosis de moderación introducida en la imagen de insurgente que cultivaba; pero sus comparecencias, por jaleadas que sean a través de las redes sociales, precisan de más rigor para poder reivindicar un grado de confianza más amplio.

Por tanto, de lo visto hasta ahora solo cabe comparar a dos candidatos con hechuras presidenciales, Pedro Sánchez y Albert Rivera. Con una clara diferencia entre ambos: mientras el aspirante del PSOE se ha conducido por encima de lo esperado, la proximidad de los focos ha perjudicado las altas expectativas creadas en torno al candidato de Ciudadanos, que ha dejado ver debilidades y nerviosismos poco compatibles con un pretendiente al principal puesto ejecutivo de la política española.

Desde el principio se temía que Rivera y sus Ciudadanos fueran más una marca que un proyecto, un estado de ánimo más que una verdadera formación política lista para gobernar el país. Lamentablemente, lo que se le ha visto en los debates no ha servido para despejar ese temor. Seguramente es pronto para conclusiones drásticas, pero es obvio que Rivera es aún un edificio a medio construir.

En cambio, Pedro Sánchez ha demostrado mayor altura política, profundidad de propuestas y un aplomo personal más acorde a lo que se espera de un candidato a jefe del Ejecutivo. En un entorno no muy alentador, probablemente es quien más capacidades está mostrando para abordar los complicados retos institucionales, políticos, económicos y sociales de la España de hoy.