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Otro día en una ciénaga

La fotógrafa de la Agencia para la Infancia de la ONU describe cómo afectan las lluvias a los pobladores del campo de refugiados, hundidos literalmente en barro

Una madre pasa la noche con su bebé en brazos porque no tiene dónde dejarle.
Una madre pasa la noche con su bebé en brazos porque no tiene dónde dejarle.Christine Nesbitt (Unicef)

Después del diluvio de la noche pasada, la mujer se pone en pie con su bebé en brazos envuelto en una manta rosa. Se queda en silencio, rodeada por el trajín de sus vecinos limpiando. Cámara en mano, me acerco a ella tras una caminata en medio del fango que me llegaba hasta los muslos. "He estado quieta sosteniendo a mi hijo en brazos durante toda la noche", me cuenta. “No tenía dónde dejar a mi bebé por la altura de las aguas”.

Mientras volvía por la vía principal de agua, veo que un hombre con un saco de 100 kilos de grano a la espalda se hunde en una especie de arenas movedizas. Se esfuerza por mantenerse erguido, sin permitir que el grano caiga en ningún momento, con la ayuda de otro hombre que está a sus pies. Una lucha perdida: la carretilla de un niño golpeó el tobillo de otro haciéndole sangre. Ánimos crispados, mucha falta de sueño, personas agotadas empezando a reconstruir de nuevo sus refugios después del azote de la gran tormenta.

¿Tal vez es solo otro día en el infierno para las personas que buscan protección en Bentiu? Se asentaron en esta ciénaga en los terribles días que siguieron al 15 de diciembre de 2013, cuando el malestar político tornó en violencia en Juba y ésta se extendió como la pólvora por los 10 estados de Sudán del Sur. Cuando los habitantes de Bentiu huyeron al recinto de Naciones Unidas y se abrieron sus puertas, nadie habría imaginado lo poco acogedora que sería esta tierra pantanosa. Pero obligados a elegir entre una casi segura muerte violenta o una vida tras las alambradas de protección, muchos optaron por tratar de sobrevivir. Unos días son peores que otros, incluso aquí.

Campo de refugiados de la ONU en Bentiu (Sudán del Sur) inundado.
Campo de refugiados de la ONU en Bentiu (Sudán del Sur) inundado.Christine Nesbitt (Unicef)

En una zona del recinto de Protección de la Población Civil que ayer solo estaba embarrada, hoy el agua llega hasta las rodillas. Agua sucia, antihigiénica, solo un poco mejor que las aguas residuales que vinieron con la temporada de lluvias. Por todas partes veo gente remodelando diques de barro para contenerla, recogiéndola con, como mucho, un cubo; y en el peor de los casos, con un plato hondo. Los niños y los adultos trabajan juntos, intentando hacer de cada casa un lugar seguro, al menos hasta que lleguen las próximas lluvias de la temporada.

Una de las asociaciones de mujeres de Bentiu nos explica las amenazas más complicadas a las que se tienen que enfrentar las féminas: riesgo de violaciones y muerte fuera del campamento por ir a buscar leña; o ver cómo sus hijos se mueren de hambre porque ya no tienen forma de cocinar los alimentos de sus cartillas de racionamiento.

Recogen el agua con, como mucho, un cubo; en el peor de los casos, con un plato hondo

Dos días después de dejar Bentiu, se estrelló un helicóptero de la ONU, supuestamente derribado. Mi corazón se hundió. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que los vuelos de helicópteros de salvamento estén funcionando de nuevo? La gente de la zona depende de los suministros que llegan del exterior.

Al final del día me encuentro de nuevo con la madre que llevaba a su bebé envuelto en una manta rosa. Se había ido en busca de tierras más secas para construir su refugio. Sabía que no tenía muchas posibilidades. La aparentemente deliciosa hierba verde que se ve fuera del recinto de la ONU está cubierta de agua que llega a veces hasta la altura del pecho. Más ciénagas. La gente vive aquí porque tienen miedo a lo que supone vivir fuera de este espacio, aunque eso signifique pasarse de pie toda la noche.

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