COLUMNA

Línea roja

Algún día se recordará cómo era antaño el paisaje de la pobreza en la ciudad

Algún día se recordará cómo era antaño el paisaje de la pobreza en la ciudad. Lo formaban mendigos galdosianos o posindustriales que se acercaban con la mano tendida a la ventanilla del coche en los semáforos o permanecían arrodillados en la puerta de las iglesias con un plato limosnero en el suelo o se paseaban con un cartón en el que proclamaban su desgracia escrita con letras similares, como salidas de un mismo troquel. Puede que hubiera detrás de esos cartones una secreta organización de mendigos, pero se trataba de una miseria resignada que permitía ejercer una caridad tranquila. Los pobres entonces se limitaban a agradecer la limosna con la humildad requerida y todavía se podía pasar de largo sin dignarse siquiera mirarlos a la cara. Pero un día los pobres comenzaron a multiplicarse en la calle bajo distintas variedades, autóctonos e inmigrantes, y a este espectáculo se añadió un hecho inquietante. Gente corriente, mezclada con pordioseros del común, esperaba al anochecer en la puerta trasera de los supermercados en silencio a que un dependiente arrojara en el contenedor la comida caducada. “Papá, aquí hay una barra de pan”, se oyó gritar a un niño de cinco años desde el interior de un cubo de basura. Hubo un momento en que la pobreza visible, la de toda la vida, cruzó una línea roja, a partir de la cual la bajada hacia la miseria colectiva se produjo por inundación. El oleaje engulló al grueso de la clase media, a los que ya no podían ser ayudados por sus familias o preferían el orgullo con hambre a la caridad. ¿Cuándo sucedió la gran rebelión? Puede que fuera aquel día en que se rompió el equilibrio que existía entre el miedo y el cabreo. Estas fuerzas contradictorias se habían neutralizado mutuamente durante un tiempo. Los que temían perder el trabajo no se atrevían a protestar; los que acababan de perderlo no se decidían todavía a destruir el sistema. La visión de la pobreza en la calle fue cambiando. Sin que nadie se diera cuenta apareció un nuevo paisaje humano. Los viejos mendigos herrumbrosos fueron sustituidos en masa por ciudadanos con corbata, por señoras con collares de perlas y tacones, que pedían limosna en las esquinas con odio, sin ninguna humildad. ¿Cómo se produjo el estallido que puso al Estado patas arriba? Nadie lo sabe.

Y ADEMÁS...

Otras noticias

IMPRESCINDIBLES

LA CUARTA PÁGINA

Un imán debajo de la mesa

Las fuerzas movilizadas en Escocia y otros nacionalismos en el mundo no se explican solo por intereses económicos y pragmáticos. Hay que contar también con el viento de las humillaciones y las injusticias

la cuarta página

Consulta 9-N: suspensión sin suspense

Mas puede convocar legalmente la votación pretendida al amparo de la ley catalana de consultas, pero solo por unos días o unas horas. Un recurso del Gobierno al Constitucional la paralizaría automáticamente

la cuarta página

¿Internacionalización del ‘procés’?

El soberanismo catalán defiende que, pese al bloqueo del Estado, la mediación exterior podría ayudar al éxito de su reivindicación. Un análisis no voluntarista lleva a concluir que tal intervención es impensable

Las opacidades de la transparencia

La obsesión por la visibilidad refuerza la espectacularización de la política

La apuesta por la ciencia

El mecenazgo es básico para apoyar a investigadores e instituciones

Incompleta, injusta, ineficaz

El debate sobre la reforma fiscal permite contrastar distintos modelos de sociedad

Respondemos a las preguntas de la gente

Google no es 'la puerta de entrada a Internet' ni actúa para dañar a la competencia

Claves para renovar la OEA

La organización necesita un mandato que la permita actuar con unidad y espíritu de diálogo

Lo más visto en...

» Top 50

Webs de PRISA

cerrar ventana