LA CUARTA PÁGINA

Tendiendo puentes

España y Cataluña carecen de proyecto nacional. Sin uno, conjunto o por separado, basado en la mejora del capital humano no saldrán de la crisis. No tienen sentido los enlaces que no llevan a ninguna parte

EDUARDO ESTRADA

El paisaje después de la batalla catalana del 25 de noviembre es desolador. Tras su caída paulina del 11 de septiembre y su autoinvestidura como profeta del independentismo catalán, Artur Mas ha acabado haciendo lo único que un político no puede hacer jamás: el ridículo. Mas caerá más pronto o más tarde, pero en la noche del 25 de noviembre se convirtió en un lastre para las ambiciones soberanistas de buena parte de la población catalana. Por aritmética parlamentaria, la agenda del proceso de autodeterminación ha pasado a estar controlada por Esquerra Republicana de Catalunya. Esquerra es un partido de largas e impecables credenciales democráticas que nunca ha recurrido, ni recurrirá, a la violencia para conseguir sus objetivos. Aclarado esto, en todo lo demás se parece a Bildu. Una consulta de autodeterminación condicionada por Esquerra tiene muy pocas posibilidades de resultar en una mayoría soberanista clara. Esta es mi lectura del 25 de noviembre: el movimiento proautodeterminación catalán está, ahora mismo, en un callejón sin salida.

Al otro lado del frente, las cosas no pintan mejor. El establishment madrileño reaccionó a la huida hacia adelante de Mas como un plantador de Luisiana cuando se le escapaba un esclavo: soltando a los perros y ordenando al capataz que lo trajera encadenado. El tsunami de amenazas, descalificaciones e insultos provocado por lo más goyesco de la corte de la Villa refuerza la convicción de muchos catalanes de que para Madrid Cataluña no es España, sino que es “de” España. El Rey habló de “quimeras”; Gallardón, de “nazis”; Margallo amenazó con la exclusión de Europa; Wert ha comenzado una —¿otra?— cruzada para “españolizar” Cataluña; Esperanza Aguirre, convencida de que los catalanes sufren una tara genética que les impide autogobernarse, dijo que una Cataluña independiente sería “una república bananera”; y, en el mejor estilo de Vladímir Putin, Fernández Díaz —¿el capataz?— y Rajoy alentaron o, al menos, toleraron un informe fantasma de la policía que acusaba a Mas y a Pujol de tener cuentas en el extranjero y de beneficiarse de la corrupción. Ni el ministro ni el presidente han confirmado o desmentido la existencia del informe, al que han dado pábulo en la campaña electoral la mayoría de los miembros del Gobierno. Es aterrador que, para satisfacer objetivos partidistas, estos políticos que nos gobiernan no tengan empacho en poner en la almoneda el Estado de derecho que tanto le costó a España conseguir. Este suceso aclara más sobre su catadura moral que mil discursos. A mí me da miedo, asco y vergüenza,

Los que nos gobiernan no tienen empacho en poner en la almoneda el Estado de derecho

Esto es lo que hay y, en este lamentable estado de cosas, hay quien habla de tender puentes. Bien, siempre es mejor tender puentes que afilar bayonetas. ¿Puentes entre qué? En mi infancia había un puente sobre una escarpada torrentera entre Mora de Rubielos y Rubielos de Mora, en la provincia de Teruel, que tenía la peculiaridad de que no había carretera alguna que llevase al puente por ninguno de sus dos extremos. Alguien había cobrado por hacerlo —la corrupción no es cosa de ahora mismo— y allí quedó. Las tardes de verano, las familias caminaban por el sendero para ir a merendar al puente, encima del asfalto, porque era plano y había buena vista.

¿Puentes entre qué? España como nación y Cataluña como nación se parecen en que tanto una como otra carecen de proyecto nacional. España lo tuvo una vez, pero lo abandonó en el siglo XVII y, salvo el breve y exitoso paréntesis de la Transición, no lo ha vuelto a tener. Cataluña, más allá del siau qui sou de Costa i Llobera, no lo ha tenido nunca. Ortega, en España invertebrada, definió una nación como un proyecto de futuro con capacidad integradora. Una nación es una ambición compartida, capaz de motivar a la población para que acepte penalidades en el corto plazo para poder alcanzar objetivos importantes a plazo más largo. ¿Cuáles son esos objetivos en el caso de España? ¿Cuáles en el caso de Cataluña? ¿Tiene España un proyecto para salir de la crisis? No, no lo tiene. ¿Tiene un proyecto para mantenerse unida como nación? No, tampoco lo tiene. Es más, la clase política española parece incapaz de encontrar sentido a estas preguntas. ¿Tienen sentido en Cataluña? Me temo que tampoco. Me temo también que los puentes que se construyan, si se construyen, entre el establishment español y el catalán serán como el que estaba entre Mora de Rubielos y Rubielos de Mora: no llevarán a ninguna parte. Las clases políticas de España y de Cataluña, que son muy parecidas, han utilizado el rifirrafe ocasionado por la espantá de Artur Mas para tapar sus vergüenzas respectivas. Como decía el chiste de El Roto, lo bueno de las banderas es que lo tapan todo. Y en ese taparlo todo coinciden los intereses particulares de ambas. Unidas por un puente, sin ir a ninguna parte y escenificando una pelea de banderas para distraer la atención de la ciudadanía, se justifican mutuamente.

Los casinos de dudosa reputación han sido los proyectos preeminentes de Aguirre y Mas

¿Puentes entre qué? En los siglos XIX y XX la competencia entre formas de Estado y la lucha por la hegemonía se resolvió mediante una larga escalada militar que terminó en 1989 con la derrota de la Unión Soviética en la guerra fría. Por el camino quedaron el comunismo, el fascismo y el autoritarismo de las monarquías absolutas. Desde entonces, la globalización ha transformado esta escalada militar en una escalada de capital humano. Este es el hecho trascendental con el que hay que contar: la competición por la hegemonía del siglo XXI no será militar —no puede serlo con tantas potencias nucleares en el mapa— sino de investigación, desarrollo, educación, innovación y emprendimiento. Este es el I+D+i+E+e al que me referí en estas páginas el pasado 25 de marzo en un artículo en el que propuse un plan Marshall para mejorar el capital humano español. Ni España ni Cataluña saldrán de la crisis sin un proyecto a largo plazo para mejorar su capital humano y ponerlo a la altura del de los países del norte de Europa. Lo que se dirime en esta escalada es si la convergencia en capital humano va a ser con el norte de Europa o, por poner un ejemplo, con Argentina. La opción por defecto, si no se hace nada, es Argentina, tanto en el capital humano como en su resultante, que son las instituciones del país. Es más, si los países del sur de Europa no convergen en capital humano y productividad con los del norte, el euro es inviable a medio plazo, a menos que se estructuren unas transferencias permanentes norte-sur o se permitan devaluaciones solapadas, cosas que parecen aún más inviables.

Los puentes que hay que tender deben llevar a un proyecto nacional renovado, tanto en España como en Cataluña, a un proyecto para llegar a estar en un plazo de dos generaciones entre los países con mejor capital humano del mundo. La alternativa, no hacer nada, lleva a salir del euro, a seguir perdiendo posiciones en la escala de competitividad, a ser cada vez más dependientes del turismo, de la hostelería y de atender a la limpieza, las mesas y el alterne de los casinos que se instalan en los puertos francos fuera de la ley que estamos diseñando a su medida. No es casualidad que esos casinos de dudosa reputación hayan tenido un lugar preeminente en los proyectos nacionales tanto de Esperanza Aguirre como de Artur Mas. Como he dicho antes, las clases políticas española y catalana se parecen mucho. Tanto, que incluso comparten una determinada idea de España.

No hay otro proyecto nacional para el siglo XXI que no sea la apuesta seria, explícita y programada por el capital humano. Estos proyectos no pueden basarse solamente en el nacionalismo. Esto podía hacerse quizás en el siglo XIX, pero no ahora en un mundo global. España y Cataluña deben tender puentes para abordar este proyecto, mejor juntas que separadas porque tendrá menos costes. Pero si no puede ser juntas, porque la clase política española no consigue entender nada de todo esto, en mi opinión Cataluña estaría legitimada para hacerlo por separado, haciendo del proyecto del capital humano el núcleo de un programa independentista. Soltando lastre, vamos. Siempre y cuando el Consell de Cent acabe teniendo más luces que la corte de Madrid, cosa que está por ver.

César Molinas publicará en 2013 un libro titulado Qué hacer con España.

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