COLUMNA

Identidad

Estoy en vilo. ¿En qué país vivo yo?

Al principio, pensé que era un caso de pura desfachatez. El ministro de Justicia le explicaba a un reportero de El Intermedio que el Gobierno no podía, aunque quisiera, aprobar la dación en pago de los inmuebles hipotecados porque era imprescindible que siguiera fluyendo el crédito. ¿Qué crédito?, me pregunté, ¿si lo único que fluye es el dinero que reciben con intereses irrisorios, de incluso el 0%, los bancos que echan cada día a la calle a más de 500 familias que ya no pueden pagar la hipoteca que ellos mismos les concedieron para que vivieran al nivel de sus posibilidades?

Luego llegó Báñez con los brotes verdes y creí que era más grave. Pero un amable contertulio de una emisora que nunca habría escogido, me explicó mientras iba en taxi que la ministra tenía razón. Si en España sobran 800.000 funcionarios, decía, y ya nos hemos quitado de encima a 200.000, hay razones para el optimismo. Entonces, antes incluso de que Rajoy anunciara el fin de la crisis, empecé a dudar de la naturaleza de un problema que tal vez no estuviera en ellos, sino en mi percepción de la realidad.

El miércoles pasado, presenté a Joan Herrera en un desayuno con políticos y periodistas en Madrid, y mi crisis sensorial llegó a su cénit. A pesar de que el candidato de ICV habló sobre todo de recortes, del desmantelamiento del Estado del bienestar y del sufrimiento de la gente, las preguntas que recibió giraron en torno a la famosa independencia. Me dieron ganas de felicitar a los asistentes, porque a ninguno deben de haberle recortado el sueldo, ni tiene hijos en paro, ni paga por los medicamentos, ni conoce los dramas que me estremecen todos los días. Pero después de tanto hablar de identidad, la mía empezó a absorber toda mi atención. Desde entonces, estoy en vilo. ¿En qué país vivo yo? Si alguien lo sabe, que me lo diga, por favor.

 

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