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LA CUARTA PÁGINA

Los zombis de la izquierda

Estos partidos siguen presos de uno de sus más recurrentes ‘muertos vivientes’: el victimismo, que alienta una inocencia imposible y sirve de excusa para evitar asumir las distintas responsabilidades

En medio de esta crisis, que nunca fue exclusivamente financiera y cuyo punto más bajo todavía no se atisba, y cuando la ciudadanía parece reclamar una cultura política de diálogo y pacto (ver EL PAÍS del 14 de octubre de 2012, página 20), encontramos unos partidos de derechas instalados en diversos gobiernos nacionales o autonómicos que siguen obsesionados con mantenerse en un poder que consideran natural y exclusivamente suyo, aunque sea a costa de maquillar la realidad mediante la manipulación mediática, la ingeniería contable de los presupuestos o el tocomocho de un independentismo que pasaba por allí. A ellos, a la desvergonzada actuación de la banca, a la desastrosa utilización que muchos políticos han hecho de las cajas de ahorros o al pacato comportamiento que está teniendo la Comisión Europea hay que pedirles cuentas, y pedírselas uno a uno. Pero también hay que pedírselas a los partidos y colectivos de izquierda que están actuando como si estuvieran atenazados por una combinación de distintos zombis, auténticos muertos vivientes que no son una extensión de los que con tanto éxito han poblado últimamente nuestras pantallas sino de viejos errores que vuelven como fantasmas, constituyendo trampas mortales para quienes debieran estar vivos. Esto es lo que pretende este artículo al señalar, no sin cierta autocrítica, a algunos de esos zombis “de izquierdas”.

Hay que exigir a los políticos que se corresponsabilicen del pasado, del presente y del futuro

Por ejemplo, hay algunas plataformas de trabajadores en ciertas instituciones públicas de enseñanza, como las universidades públicas madrileñas, que utilizan como una de sus armas para combatir los recortes en la educación pública lo que denominan “insumisión o desobediencia civil”, que consiste en dejar de cumplir sus funciones o trasladarlas a algún sitio que las haga inútiles, lo cual no sirve más que para deteriorar más aún estos servicios públicos. Es como si resucitaran los luditas de comienzos del siglo XIX que saboteaban las máquinas de la empresa. Por ello se puede hablar de un comportamiento zombi que, con apariencia de ejercer una resistencia y servir como antídoto contra el sentimiento de impotencia, tiene efectos contrarios a los que se dice buscar: está más muerto que vivo. Por supuesto hay que defender la educación, la sanidad y otros servicios públicos, pero hay que hacerlo de un modo más constructivo, realista y comprometido, quizá conjugando la protesta pública con la voluntad decidida de señalar qué cosas se pueden mejorar y cómo hacerlo, qué gastos son superfluos o prescindibles, qué ventanas a la corrupción siguen abiertas, etcétera.

Un caso más general lo encontramos en el hecho de que muchos colectivos y sindicatos de izquierda vienen envolviendo el descontento generalizado de trabajadores y pensionistas no en reivindicaciones concretas y posibles, sino en la petición de un referéndum sobre los recortes decididos por los distintos Gobiernos. Todas las marchas y manifestaciones bajo la bandera de ese referéndum hacen eco de aquellas multitudinarias marchas y manifestaciones de la izquierda en los años ochenta que exigían un referéndum sobre nuestra adhesión a la OTAN. Un referéndum que, además de dividir a la izquierda y generar una enorme frustración en buena parte de ella, no sirvió más que como distracción mientras, sin prácticamente crítica o reflexión alguna, todos aplaudían nuestra entrada en la Unión Europea, que era lo que, para bien y para mal, iba a suponer un cambio en nuestras vidas. ¿Para qué vale ahora ese referéndum sobre los recortes? ¿Qué cambiaría si se gana o si se pierde? Es otro muerto viviente que nos está impidiendo reaccionar de una manera que sea más adecuada a las condiciones económicas y políticas en que hoy nos encontramos y sea, así, más eficaz. Tampoco parece que se ganara mucho si lo que se exigiera fueran elecciones anticipadas ya que, aunque ello sería más consecuente con el hecho de que un partido político que conocía perfectamente la situación ha ganado las elecciones con un programa que incumple sistemáticamente, lo único que iba a producir es que el poder volviera a los mismos que no solo fueron ciegos a la burbuja inmobiliaria y a la debacle bancaria que debían haber controlado, sino que contribuyeron a ellas con algunos derroches y, sobre todo, con su aliento a la cultura de “toma el dinero y corre”. Si algo hay que exigir a estos partidos políticos, cuya burocratización, financiación e infiltración por los entresijos del Estado deberían ser seriamente revisadas (como muy bien argumentó José Antonio Gómez Yáñez en la Cuarta de EL PAÍS, 13 de julio de 2012), es que de una vez por todas dejen de lado sus propios intereses y se sienten en un Gobierno de concentración que los implique conjuntamente en la tarea de solucionar esta crisis sin guiarse por las opciones ideológicas o los intereses de partido y sin reproducir ninguna de las prácticas que nos han hundido en la crisis económica, social y ecológica que nos ahoga. Hay que exigirles que se corresponsabilicen del pasado, del presente y del futuro.

El cambio que necesitamos requiere profundizar en la democratización

Pero cómo puede pedir esto una izquierda que sigue presa de uno de sus más recurrentes zombis: el victimismo. Reproducir el viejo discurso de los parias de la tierra como si fuéramos aquellos a los que el capital, el sistema, el Estado, etcétera, aliena y oprime es un insulto para quienes realmente son parias y un modo de exonerarnos de nuestras responsabilidades individuales y colectivas tanto en su explotación cuanto en el hecho de que el 70% de la deuda de este país es privada o en el mantenimiento de una idea del Estado benefactor al que, sin embargo, es perfectamente lícito hurtarle el pago de impuestos como el IVA, etcétera. El victimismo es posiblemente el peor zombi que acosa a nuestra izquierda pues, alentando una inocencia que es hoy imposible, sirve de excusa perfecta para evitar asumir las distintas responsabilidades que todos tenemos en la situación en la que nos encontramos, para permitir que partidos y grupos que juegan a ese victimismo sigan practicando el griterío vacío, cuando no cínico e interesado, y para dejar las puertas abiertas a las tendencias populistas más peligrosas. En lugar de ello, y como modo de ahuyentarlo, sería mejor aprender del acierto que han tenido algunos movimientos sociales recientes como ecologistas o el 15-M al señalar que el cambio que necesitamos es en gran medida cultural, requiere profundizar en la democratización y transparencia de nuestras instituciones (incluyendo los partidos y otras organizaciones), exige no olvidar que la crisis es también medioambiental y necesita que todos nosotros seamos activos y corresponsables. Aunque ahora, alertados de la presencia del zombi del victimismo, no debemos caer en el espejismo de una inocencia que lleva a esos mismos movimientos a quedarse fuera de las instituciones y de los procesos de toma de decisión al ser incapaces de asumir los tragos amargos que conlleva el cambio de rumbo que necesitamos para que este país no sea ni un milagro (económico) ni una pesadilla (sociopolítica).

Parece inevitable que el descontento popular crezca, mientras las derechas gobernantes continúan aferradas a un poder oscurantista y autoritario, que es uno de sus peores zombis. Así que las distintas izquierdas no deberían añadir más leña al fuego manteniendo comportamientos, banderas o propuestas que están más muertas que vivas y conducen a enfrentamientos o divisiones estériles. Más vale que, sin dejar de defender un mínimo Estado de bienestar, asuman la bandera de la (co-)responsabilidad, que lleva a que todos, del más humilde al más poderoso, arrimen el hombro en la medida de sus posibilidades; bandera que en otro tiempo y lugar lo fue de unas derechas más civilizadas y socialmente comprometidas y que aquí permitió ese compromiso colectivo que fueron los Pactos de la Moncloa. De este modo incluso podríamos soñar con que esta profunda crisis terminara contribuyendo a poner fin a la maldición machadiana de dos Españas que nos hielan el corazón.

Fernando García Selgas es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

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