LA CUARTA PÁGINA

Nubarrones sobre la primavera francesa

Hollande es visto, dentro y fuera de Francia, como una oportunidad de mover a una Europa estancada y gastada, pero necesita ganar no sólo las presidenciales, sino también las posteriores legislativas

ENRIQUE FLORES

Uno. Francia es un país muy politizado. La ciudadanía es muy consciente de su condición de agente político. Los partidos cubren un espectro muy amplio, basta con recorrer el dial de derecha e izquierda: Marine Le Pen, Nicolas Sarkozy, François Bayrou, François Hollande y Jean Luc Mélenchon, ofrecen un buen ramillete de opciones al electorado. Si a ello añadimos los candidatos que obtuvieron porcentajes marginales —ecologistas, troskistas, anticapitalistas—, la oferta es extensa y variada. Naturalmente, la politización significa confrontación ideológica. De modo que la política francesa desborda las aguas estancadas del centrismo. Hay agitación y hay conflictividad. Esta politización molesta en estos tiempos en que el discurso del “No hay alternativa” quiere imponer su hegemonía y la tecnocracia pretende sustituir a la política, para desdibujar por completo a la democracia. Pero Francia se resiste. Se cargó la Constitución Europea porque llegó por cauces escasamente democráticos. Los dirigentes comunitarios sólo se acordaron de la ciudadanía para pedirle el sí. Francia dijo no. Se dice que, para bien o para mal, Francia marca a menudo los cambios en Europa. La politización de la ciudadanía tiene mucho que ver con ella. Ni siquiera el profundo malestar por la crisis ha apartado a los ciudadanos de la cita presidencial. Como siempre, han ido a votar masivamente. Es una elección muy especial. Permite la expresión de la diversidad ideológica —el voto de convicción— en la primera vuelta y crea una relación muy directa entre el votante y los candidatos, que da una gran legitimada a la Presidencia de la República.

Sin duda, la crisis económica ha pesado decisivamente sobre el voto. Pero los ciudadanos no han optado por la indiferencia, sino por la participación. Con un voto que parece expresar que la crisis, para ellos, no es sólo una cuestión económica, sino también política, moral y cultural. En un contexto de incertidumbre, se nota, cierta búsqueda de amparo ideológico, que explica la buena acogida que han tenido discursos de acento antiguo y trazo grueso como el de Le Pen, por supuesto, pero también el de Mélenchon.

Dos. Como temía Nicolas Sarkozy, la primera vuelta ha sido un referéndum contra el presidente saliente. Con dos beneficiarios principales: François Hollande que, en la recta final de la campaña, ha quitado votos al centrista François Bayrou y al izquierdista Jean Luc Mélenchon, como anticipación del voto útil; y Marine Le Pen, que ha salido victoriosa de los intentos del presidente saliente de hacerse con una parte de su electorado. Una vez más se ha demostrado que, cuando la derecha hace suyos los temas de la extrema derecha, es ésta la que sale ganando.

Se espera del socialista que deje de llevar las maletas de Merkel y aúne una reacción en la Unión Europea

Este voto de rechazo al presidente saliente refuerza el carácter de favorito de Hollande para la segunda vuelta. Es razonable pensar que los trasvases de voto para el 6 de mayo se harán en proporciones más favorables al candidato de la izquierda que hace cinco años. Que será mayor que entonces el número de votantes de Le Pen o de Bayrou que, para forzar la salida de Sarkzoy, opten por el candidato socialista. Pero al mismo tiempo, señala una confianza limitada y un escepticismo sano respecto de la izquierda. La suma del voto de todos los partidos que se reclamaban de izquierdas se acerca al 47 por ciento. Está en la franja alta, pero dentro de los parámetros en que se ha movido siempre la izquierda francesa. No hay un giro masivo. Si la gente finalmente acude a Hollande será como recambio, no como solución. Con la esperanza, eso sí, de que vuelva a Francia la dignidad perdida en los años Sarkozy. Sobre todo en el tema políticamente más sensible: la relación con Alemania. Si algo se espera de Hollande es que deje de llevar las maletas de la canciller, como ha estado haciendo Sarkozy, y federe una reacción europea contra las políticas de Berlín. Llega en un momento oportuno: la economía alemana empieza a recibir también malas noticias.

Tres. Marine Le Pen ha llevado a la extrema derecha francesa a sus más altas cotas electorales. Es la mala noticia de la noche de la primera vuelta francesa. Se confirma así que no son ociosas las comparaciones entre lo que está ocurriendo ahora en Europa y lo que pasó en los años treinta. Los errores de Merkel y Sarkozy recuerdan demasiado a los errores de Bruning, en la República de Weimar. Entonces, la extrema derecha alcanzó el poder y arrasó Europa. Ahora, las circunstancias históricas son distintas, pero, de momento, la extrema derecha está ya en situación de condicionar seriamente a la derecha francesa. Su crecimiento convierte a las elecciones legislativas de junio en una auténtica tercera vuelta de las presidenciales.

Marine Le Pen ha sabido aprovechar más que nadie el malestar por la crisis. Y ha contado con la valiosa colaboración de Sarkozy que hizo de altavoz de los temas más característico del Frente Nacional: la inmigración y la seguridad. La previsión de Marine Le Pen es que una derrota de Sarkozy cree una profunda crisis en la UMP, el partido del presidente. El errático liderazgo del hiperactivo Sarkozy ha creado muchas fisuras en el partido. Sin el imán del poder, no será fácil mantener la cohesión de una organización a medida del presidente, en la que no se ve un liderazgo de reemplazo inmediato. La proximidad de las legislativas hace soñar a Le Pen con la oportunidad de entrar en el parlamento con fuerza y condicionar de manera decisiva a la derecha. Lo cual podría favorecer un giro proteccionista de las políticas francesas.

Cuatro. Se dice que el proteccionismo es la forma que toma la guerra entre naciones cuando no se libra con armas sino con dinero. La crisis económica ha puesto en evidencia la necesidad de una mayor cohesión política de Europa. Pero lejos de favorecerla, como se podría esperar de una gestión responsable por parte de los principales gobiernos, ha provocado una dinámica de sálvese quien pueda, liderada por Alemania que ha utilizado su fuerza no para reforzar a la Unión democráticamente sino para imponer su dictado, que es algo muy distinto. En este momento, las estados europeos se mueven entre la obediencia debía y la tentación de fuga. En Francia, la nación por excelencia, los malos momentos siempre han producido efectos de repliegue patriótico. El propio Sarkozy, que ha entregado Francia a Alemania como ningún otro presidente desde Petain, en la campaña electoral ha vuelto a explotar los acentos nacionales. Y Marine Le Pen, por supuesto, ha vivido envuelta en la bandera. La tentación proteccionista planea sobre Francia. Sin embargo, la izquierda no la puede hacer suya. Si François Hollande quiere plantar cara a Alemania para acabar con “la pastilla milagrosa” con la que Angela Merkel está dejando a Europa en los huesos, sólo tiene un camino: buscar alianzas en los demás países europeos. Pero cuando las crisis se endurecen, el proteccionismo y el populismo siempre acechan. El éxito de Marine Le Pen es un aviso para toda Europa.

Le Pen sueña con entrar en el Parlamento con fuerza en los comicios de junio

Cinco. ¿Una victoria de Hollande removería de verdad las cosas en Europa? Hollande ha jugado la carta del hombre tranquilo, del francés normal en contraste con el histriónico Sarkozy. Es una persona bregada en los ásperos territorios de la política partidista, dónde reza el principio de complicidad sin amistad, pero sin experiencia de gobierno. Sin embargo, es visto, dentro y fuera de Francia, como una oportunidad de mover a una Europa estancada y gastada. Deberá estar a la altura de esta exigencia, sino quiere generar frustraciones en cadena. El PS francés y el SPD alemán son muy distintos por ideología, tradición y cultura. ¿Será capaz Hollande de generar una dinámica que tenga efectos sobre las elecciones alemanas? Primero, tiene que ganar a Sarkozy el 6 de mayo. Después, unas legislativas que le den una mayoría confortable, porque una cohabitación con la derecha, con la sombra de Marine Le Pen, podría ser letal. Hay nubarrones sobre la primavera francesa.

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