Reportaje:

Abortar en Londres

NELIANA TERSIGNI 3 OCT 1976 - 19:04 CET
Este reportaje, de 1976, fue la primera portada de 'El País Semanal'.

Mari Carmen se ha despertado llorando: "Quiero vomitar". La enfermera, una negra entrada en carnes, le ha respondido en inglés que era por la anestesia. Mari Carmen no conoce una palabra en inglés, pero siente el brazo de la mujer sobre su espalda, que le da golpecitos en el hombro, y poco a poco se tranquiliza. La enfermera no la abandona ni un minuto e incluso prueba a decirle en un español tan incomprensible para Mari Carmen como el inglés, que "no pasa nada", que "todo bien".

Mari Carmen se encuentra en la sala de reanimación de una clínica de un barrio residencial de Londres. Es un sábado por la mañana. Fuera brilla un sol tímido, de septiembre anglosajón. A su lado hay cuatro camas más, donde otras tantas chicas tienen deseos de vomitar por la anestesia. Tres de ellas son españolas. En la antesala se encuentran a la espera seis compatriotas más, que abortarán voluntariamente esta mañana.

Mari Carmen se ha recuperado. La enfermera la levanta en peso, la sienta sobre una silla de ruedas y la lleva hacia su habitación. "Estoy como borracha", me dice; "me siento como si hubiera bebido muchísimo, pero ahora todo ha pasado". "Tú que sabes inglés, dale las gracias", agrega, señalándome a la enfermera, "me ha mimado y me hacía mucha falta".

Nuestro viaje, el de Mari Carmen y el mío, ha comenzado hace una semana en una cafetería en Madrid. Buen número de españolas -aunque no existen estadísticas precisas- van a abortar a Londres. La cantidad es tal que se puede considerar un problema a escala nacional. ¿Pero quiénes son estas mujeres? ¿De qué clase social proceden? ¿Qué les sucede una vez que llegan a la capital inglesa? Sabemos que Mari Carmen (no es naturalmente su verdadero nombre, como no lo son los de las chicas que aparecen en este reportaje), está a punto de salir para Londres. He pedido a la amiga que le ha ayudado en las gestiones previas que me la presente.

Mari Carmen tiene 28 años. Es alta y morena. No es especialmente guapa. Trabaja como estenodactilógrafa y procede de una familia modesta. Es la menor de cuatro hermanos, y les tiene más miedo a éstos que a sus padres. ¿Por qué ha decidido abortar Mari Carmen? "He llegado a los 28 años sin ninguna experiencia sexual. El invierno pasado conocí a un chico muy simpático. Comencé a salir con él. Me gustaba: parecía un tarzán. Todo vino rodado. Me atraía mucho sexualmente. Hicimos el amor sólo tres veces: aún no sé si me causaba placer hacerlo. Después comprendí que el muchacho me era simpático, pero nada más. Cuando me di cuenta de que estaba embarazada ya habíamos dejado de salir juntos. No quiero tener este hijo porque me echarían de mi trabajo, y porque mis padres se morirían de dolor. Además yo no lo esperaba; no quiero casarme con un hombre al que no amo".

Mari Carmen me cuenta la angustia del descubrimiento: la soledad, el no poder hablar con nadie, ni tampoco con el hombre con el cuál había estado. Finalmente, se decide y le cuenta todo a un amigo que la pondrá en contacto con la muchacha que me la ha presentado. Le digo que quiero escribir un reportaje sobre ella. Duda, pero finalmente acepta que la acompañe, con el pacto previo de que no sepa ni siquiera su apellido. "No es porque no me fíe de ti", se justifica enrojeciendo, "pero es mejor también para ti". La chica nunca ha estado en el extranjero. No tiene ni siquiera pasaporte. Está tan angustiada, que si no la ayudase su amiga "que sabe todo porque también ha estado en Londres", no lo hubiese conseguido. El dinero es también un gran problema: el viaje aéreo en chárter, ida y vuelta, cuesta 7.000 pesetas; la operación y el periodo de cama de una enferma, otras 6.500; después hay que añadir el hotel y la comida de tres días. En total, 20.000 pesetas. El sueldo de un mes, que Mari Carmen ha pedido a su hermana con un pretexto cualquiera. Los demás creen que va a pasar cuatro días en la sierra.

Salimos el jueves por la mañana. Ella, en un viaje colectivo que lleva 150 turistas españoles a descubrir Londres. Yo, una hora después, en vuelo regular. Nos hemos dado cita en el hotel que la muchacha ha contratado en la agencia. Hemos decidido que dormiríamos en la misma habitación y que no la dejaría sola ni un minuto. Está aterrorizada, no ya tanto de la operación en sí, como de la ciudad desconocida, de la ignorancia del idioma. Pero es optimista y trata de darse ánimos.

El hotel es viejo y destartalado, pero bastante céntrico. Cuando llega el grupo de turistas, se llena de voces en castellano. Mari Carmen está demasiado cansada para salir a dar una vuelta y nos quedamos a charlar. Tiene unas ganas enormes de hablar. Así busca tranquilizarse. Por la noche salimos. Londres, de repente, la atrae. Mira las tiendas iluminadas de Regent Street Picadilly y se olvida de su problema. Vuelve a ser una muchacha cualquiera que sale por primera vez de su cascarón. "Es una pena que no tenga dinero para comprar cualquier cosa. Quiero volver aquí, pero de otra forma. Podríamos venir otra vez como turistas".

La cena es silenciosa. Me esfuerzo en hablar de otra cosa: le cuento mis experiencias. Ella escucha. De repente, dice con voz apagada, como si la cosa no le interesase particularmente: "¿Qué sería: un niño o una niña?". Cuando volvemos al hotel se duerme inmediatamente.

Por la mañana, nos levantamos temprano para ir a la organización (de la que sólo sabemos el nombre y las señas) que deberá enviar a Mari Carmen a un médico y de allí a la clínica. El taxi nos deja en una esquina de un barrio en el que edificios muy modernos se mezclan con viejas casas oscuras. La organización que buscamos está en una de ellas. Una pintada de color azul, sobre un muro, señala el portal. Siento que se me encoje el corazón. Sobre los pocos peldaños que conducen a la puerta, también pintada de azul, crece la hierba y todo tiene aspecto de abandono. Cuando entramos, la impresión de desolación crece: la escalera que conduce al primer piso es estrecha y está llena de cosas abandonadas: una botella de leche semivacía, una taza de té, muchos papeles. Me doy cuenta de que Mari Carmen está casi por volverse atrás y pienso que si yo estuviese en su lugar haría lo mismo. Pero se trata sólo de un momento: después la chica sube decidida. En el descansillo, junto a la centralita telefónica, hay un joven: se llama Keith, tiene una gran barba y abundantes cabellos rubios. Nos indica amablemente una sala de espera y yo le traduzco a Mari Carmen que Antonia, la mujer que se ocupará de nosotros (como luego sabremos, se trata, a pesar de su nombre, de una inglesa), llegará dentro de unos minutos.

La habitación, pequeña y llena de color, tiene varias sillas, un diván y muchos, muchísimos posters en las paredes. Parece el cuarto de un estudiante sin dinero. Sobre el sofá están sentadas otras dos chicas: las dos, morenas y con pelo largo, llevan un bolso de viaje de plástico y nos miran con atención. También yo las observo con curiosidad. Tienen un aire familiar, sobre todo por los grandes pendientes plateados que llevan. En efecto, cuando comenzamos a hablar, parecen sorprenderse: "¿Pero sois españolas?", gritan felices. Vienen de una pequeña ciudad de Castilla y tienen gran miedo y muchas ganas de contar sus vidas.

Una de ellas, Lola, de 24 años, empleada en un comercio, había salido una noche con un grupo de siempre; hacia las once, el marido de una amiga la acompañó hasta casa. Había bebido mucho y comenzó a abusar de ella. Ella se asustó, intentó defenderse, pero él -cuenta Lola- había perdido la cabeza. "Yo casi no me di cuenta de nada, vi sólo que me salía sangre. Entré en casa intentando no llorar, porque tenía miedo de mis padres. Ellos no me hubieran creído: son viejos. Tengo seis hermanos. No somos ricos, pero nos han educado de una manera estricta. No me hubieran creído. Nadie me cree -agrega mirándonos a la cara-. Preferí callarme. No esperaba quedarme embarazada. Cuando me di cuenta que pasaba algo, se lo dije a mi hermana Pili, que tiene una amiga enfermera. Fue ésta quien nos habló de Londres".

Las dos hermanas -Lola y Pili- están ya en Londres. Pili ha dejado al marido y a su hijo de un año en casa. Han dicho a todos que iban a ver a una amiga. Hasta el momento, el viaje más largo que habían hecho fue a Santander, donde tienen una tía. También ellas tuvieron problemas para encontrar dinero. La madre -con mentalidad provinciana- ha criticado a Pili por dejar al niño y al marido durante tres días. Ambas tenían miedo de venir a Londres sin hablar más que castellano. Me pregunto cómo muchachas tan apocadas como Lola y Pili han podido llegar hasta aquí.

Una nueva chica entra en la sala. Es alta y delgada, con los cabellos castaños, lleva pantalones vaqueros y un jersey de cuello alto. Tiene aspecto nórdico y nosotras continuamos hablando sin hacer caso de su presencia. La recién llegada, por el contrario, parece sorprenderse: "¿Pero sois españolas?". Cristina, que así se llama, es de Barcelona. Viene de un ambiente distinto. Es abogado, tiene treinta años y trabaja en un despacho colectivo.

"Al principio, había pensado tenerlo", cuenta Cristina, "pero él está casado y no quiero crearle problemas. Ni tan siquiera sabe que estoy embarazada". Cristina milita en una organización feminista y conoce desde hace tiempo la casa en la que nos hemos encontrado. Para ella no ha sido tan difícil encontrar el dinero y venir. Sus amigos no se han sorprendido cuando les dijo que venía a pasar un fin de semana a Londres.

Cuando llega Antonia, una inglesa delgada y afable, de unos treinta años, nos encuentra en plena conversación ruidosa. "Well", dice Antonia, "veo que ya habéis hecho amigas. Siempre pasa lo mismo con las españolas". Y añade, con la típica flema del país, "pero por favor, no hagáis mucho ruido. Aquí vienen también drogadictos y gentes con otros problemas que se espantan con mucha facilidad".

"Pero, ¿vienen muchas españolas?", pregunto extrañada. "Muchísimas", responde Antonia. "Y no nos explicamos cómo han podido conocer nuestra dirección. No puedo darte cifras, pero me atrevería a decir que las españolas suponen más del 60% de las extranjeras que vienen aquí a abortar".

Mari Carmen y Lola -que están claramente satisfechas de haberse encontrado y que se entienden a las mil maravillas- se disponen a rellenar el cuestionario de rigor, redactado ya en castellano, aunque con algunas faltas de ortografía: "Edad, profesión. ¿es la primera vez que se queda embarazada? ¿Ha sido operada recientemente o ha padecido alguna enfermedad importante? ¿Es alérgica? ¿Cuándo ha tenido la última menstruación? ¿Qué tipo de anticonceptivo piensa usar en adelante?".

Luego nos da una cita para todas, a las tres, con el doctor; según dice Antonia, uno de los mejores ginecólogos ingleses. Si no les ve él personalmente, lo hará un ayudante igualmente bueno.

Es la hora de comer. Lola y Pili hablan bajito entre ellas. Tenían miedo de que el dinero no les alcanzase y, en una bolsa de excusión, han traído chorizo, salchichón y fruta. "Si venís al hotel, habrá para todas", dicen.

A las tres nos volvemos a encontrar en la dirección que nos han dado: un palacete señorial. De estilo victoriano, tiene dos columnas en el exterior, y dentro posee una escalera de madera y mullidas alfombras. La sala de espera es muy diferente a la de la organización en la que hemos estado esta mañana: está puesta con gusto y con sentido del confort típicamente burgueses. Allí esperan una india, envuelta en un sari estampado, y otras dos chicas. Las tres están acompañadas por hombres. Antes que a nosotras, las llaman a ellas. Sus apellidos no dejan lugar a dudas: son de lo más corriente que existen en España. Digamos que López y Pérez.

El médico, un joven indio, toma las muestras de sangre para hacer los análisis; hace una inspección ginecológica y pregunta rutinariamente qué enfermedades han padecido. Las chicas no dudan. Todas afirman estar sanísimas. Ni tan siquiera han tenido el sarampión. Las contestaciones son demasiado mecánicas. ¿Quién puede exponerse al riesgo de no abortar después de haber hecho el viaje?

Mari Carmen, Lola y Cristina tienen ya su papeleta con la dirección de la clínica, y la indicación de presentarse a las ocho de la mañana siguiente, en ayudas y sin haber fumado. Es esto último lo que más les preocupa. "¡Sin poder fumar -se lamentan a coro- estaremos muy nerviosas!".

Para cenar, Lola y Pili vuelven a echar mano de sus provisiones. Quieren acabar con ellas. Tienen miedo de que el olor a chorizo invada el hotel.

Sólo vamos a comer fuera Mari Carmen, Cristina, César Lucas (el fotógrafo del periódico, que acaba de llegar) y yo. Las chicas están completamente relajadas. Ya no tienen miedo a nada. Ni tan siquiera de hablar libremente delante del fotógrafo, un hombre. Cristina dice que el macho hispánico no ha muerto y que para una mujer libre es muy difícil en la actualidad comportarse coherentemente. Mari Carmen, cuya extracción social es evidentemente distinta, me dice al oído: "Cuando una chica está en la cama con un hombre siempre piensa: y si lo supiese mi madre...".

Al final de la cena el más deprimido es César Lucas, que confiesa: "Con este reportaje se acaba mi carrera de latin lover".

Por la mañana, el despertador suena a las seis y media. Me cuesta trabajo abrir los ojos, mientras Mari Carmen está muy nerviosa. Para llegar a la cita, atravesamos Hyde Park y medio Londres, brumoso y vacío en el week end. La clínica -una de las siete u ocho en las que se practica el aborto también a las extranjeras- es un delicioso chalet, muy parecido a un college, en un barrio de pequeñas casitas con jardín.

En la recepción, situada en un pabellón aparte, nos recibe una enfermera. Allí están esperando ya la india, otra asiática y dos jovencitas de no más de dieciocho años. Una de las dos juega con un pequeño snoopy de trapo. Las dos hablan también el castellano, con un fuerte acento canario. Otra española más, pienso. Y no acabo de pensarlo cuando entran dos chicas que estaban en nuestro mismo hotel y que también han venido con el grupo de turistas. Más tarde llega una pelirroja, muy aparatosa, que había viajado en el mismo avión. Después, las dos muchachas -Pérez y López- que encontramos la víspera en el médico. Por fin, Cristina, Lola y Pili. Un ejército de españolas. Más tarde, sabría que de las veinte operaciones realizadas esa mañana, tres eran inglesas y diecisiete extranjeras; diez de ellas, españolas.

La enfermera dice que no puedo quedarme acompañando a Mari Carmen. Explico que soy una periodista que está haciendo un reportaje y se acaban los problemas. Me envían a la directora de la clínica, Mrs. McAlistair, que me da permiso para permanecer en la clínica hasta la noche y me invita, más tarde, a tomar un café con ella.

A Mari Carmen le ponen una pulsera de plástico con su nombre, le dan un camisón de papel y le invitan a desnudarse. Ha sido conducida a una habitación pequeña pero acogedora, con una cama y una ventana cubierta por cortinas de flores, que no ocultan el prado, típicamente inglés, situado a espaldas de la casa. Le abrocho el camisón y ella se acuerda, de pronto, de que no ha traído ni la bata, ni las zapatillas. "La próxima vez -dice con espontaneidad- tengo que acordarme de las zapatillas". Luego se da cuenta de lo que ha dicho y se ríe, viendo mi cara aterrorizada.

Llega el doctor. Se llama Arnold Finks. Tiene una edad indefinible, aunque, sin duda, ya ha pasado la cincuentena. Se parece a David Niven y es muy amable y cariñoso. Él también habla algo de español -"no te preocupes, no pasa nada"- y me invita a conversar con él más tarde.

Mientras Mari Carmen está ya en el quirófano, descubro en la habitación una serie de revistas. Hay también algunas edulcoradas fotonovelas. Dos están en inglés y el resto en español, francés e italiano.

Mari Carmen vuelve. Semidormida, pero con ganas de hablar. "Debes escribir que son muy amables", me dice. "Me han mimado como si fuera pequeña... ¿Tú qué crees? Yo pienso que iba a ser un niño", dice otra vez.

La dejo un momento sola y voy a ver cómo están las otras. Lola dice: "Se acabó la pesadilla". Cristina, al contrario, parece más triste. Está bien, no le duele nada, pero no tiene ganas de hablar. En otra habitación hay dos chicas más, una madrileña, muy segura de sí misma, rubia y gordita, y una sevillana, también rubia. Esta última tiene dolores y tengo que llamar a la enfermera para que le dé un calmante. Las dos han venido sin que sus familias lo sepan. Está, por fin, la jovencita canaria, que me mira con curiosidad y no quiere decir su nombre.

Después del almuerzo voy a tomar café con Mrs. McAlistair, una señora rubia, de unos cuarenta y cinco años, casada y con tres hijos mayores. "En esta clínica no sólo se practica el aborto, si bien es ésta la operación más frecuente; sobre todo a chicas extranjeras. Vienen de todas partes, también de Sudáfrica, de Chile, de toda Europa, pero he de decir que el porcentaje más amplio lo componen las españolas. Son también las que superan mejor los problemas psicológicos. Eso sí, intentamos siempre situarlas en habitaciones vecinas, porque por la noche se reúnen a charlar y van de una parte a otra de la clínica, despertando a los pacientes".

Son ya las tres. Mari Carmen tiene hambre. Le traen té, pan y mantequilla. Más tarde cenará copiosamente antes de que lleguen las seis y media, hora de las visitas. Mientras tanto, hace ya tiempo que el teléfono que se encuentra en el pasillo ha comenzado a sonar insistentemente. Son las acompañantes que quieren informarse del estado de las recién operadas, que quieren hablar con ellas. Cuando la enfermera negra no entiende bien los nombres, me llama para que le sirva de intérprete.

Mari Carmen se ha trasladado a la habitación de Lola y las dos se tratan como viejas amigas. También las otras se han reagrupado. La única que continúa sola, ni triste ni alegre, es Cristina. No quiere hablar con nadie.

Es de noche. Tengo que dejar la clínica. El doctor Finks me acompaña al hotel y, por el camino, me cuenta decenas de historias que él ha venido viviendo día a día.

"Doctor, ¿tiene hijos?". "Sí, e incluso nietos. Hoy uno de ellos cumple tres años. Pero no está en Londres. ¡Es una peña!".

Me dice que ha escrito un libro que se publicará en poco tiempo y que se llama Los abortistas. "Está lleno de historias verídicas que he ido viviendo a lo largo de estos años. Estoy seguro que será un best seller".

Pilar me espera en el hotel. Tiene miedo de quedarse sola y viene a dormir en mi habitación. Pasamos una noche de insomnio, llena de ruidos y zozobra. Por la mañana, a las ocho, llegan Mari Carmen y Lola. Han venido en taxi, acompañadas por la joven canaria y las otras dos que viven en nuestro mismo hotel.

"Ayer por la noche nos quedamos a charlar hasta muy tarde y nos comimos todo el chocolate que llevábamos", cuenta Lola. Tiene un cierto aire de excitación, como si se hubiera escapado del colegio. De pronto, descubrimos un maletín que no pertenece a ninguna de nosotras. "Es de la canaria", explica Mari Carmen. "Lo ha olvidado en el taxi y ya se ha marchado al aeropuerto". "Tenemos que buscarla para devolvérselo -les digo-. Pero, ¿cómo se llama?". A pesar de haber hablado toda la noche, ninguna conoce su nombre.

Mi avión sale a la una. También Cristina ha venido a saludarme al hotel. Ellas salen más tarde. Nos abrazamos sin intercambiar tan siquiera las direcciones.

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Una de las pocas clínicas que en 1976 practicaban abortos a extranjeras en Londres. / CÉSAR LUCAS

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