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lunes, 7 de marzo de 2011
vida&artes

España ya es país de rascacielos

Hubo quien anunció su final tras el 11-S, pero la fiebre por las torres resurge - Estos edificios hallan recelos en Europa aunque su impacto ambiental es menor

Los cuatro primeros son de Madrid, le siguen dos de Benidorm, Sevilla, Bilbao, de nuevo Benidorm, Madrid y dos en Barcelona. / EL PAÍS

Tras el 11-S hubo quien entonó el réquiem de los rascacielos. Antes de acabar la primera estrofa, se quedó mudo. En la última década se ha duplicado el número de rascacielos que hay en el mundo (aproximadamente unos 600, de los que 50 superan la talla XXL, de más de 300 metros) y aunque de momento están concentrados en tres grandes áreas (Estados Unidos, sureste asiático y Emiratos Árabes) es una fiebre que se ha contagiado a otras zonas y de la que España no ha quedado inmune. En estos momentos, Madrid luce los cuatro rascacielos más altos de España, en Benidorm se está construyendo la inmensa torre Intempo, en Bilbao se ha coronado ya la torre Iberdrola, Sevilla ha iniciado la torre Cajasol y en Barcelona acaba de inaugurarse la torre Telefónica. ¿Por qué el ansia de dominar las alturas?

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"Es la fiebre típica de los periodos de euforia capitalista; cuando Nueva York se siente poderosa erige los rascacielos, y lo mismo ha pasado en Asia o Próximo Oriente", comenta el sociólogo José Miguel Iribas, que los ve como un símbolo de la autoafirmación del país en su tecnología y poder. "La erección del miembro del poderoso", añade significando la evidente analogía fálica que siempre han tenido las grandes torres.

Iribas tiene una curiosa teoría para explicar la proliferación de rascacielos de altura en Madrid mientras que Barcelona se ha quedado con torres de mediana altura que, con una norma no escrita, no pueden superar la altura de Montjuïc. "Las ciudades femeninas como París, Viena, Barcelona o Roma son más reticentes a las grandes torres, en cambio a las ciudades masculinas como Nueva York o Madrid no les importa que haya pequeños desastres urbanísticos, y creo que Londres seguirá también la senda de los grandes rascacielos".

Europa no sucumbió, con sonadas excepciones, a la tentación americana hasta que, entre 1950 y 1970, coincidiendo con la reconstrucción tras la guerra, las torres vivieron un efímero momento de gloria en ciudades con Fráncfort, Madrid o Londres.

En general, en Europa las torres han tenido muy mala fama. Es algo evidente en Francia, donde el debate siempre está vivo, y también en España, donde es habitual encontrarse con fuerte oposición vecinal ante el anuncio de nuevos proyectos.

"Una torre no es un signo de modernidad, sino de desigualdad", afirma contundente Ana Ávila Álvarez, portavoz de la Plataforma Ciudadana contra la torre Cajasol ¡Túmbala!, que se opone a la construcción del edificio en la isla de la Cartuja de Sevilla. La torre, de 178 metros, "afecta al perfil de la ciudad consolidado desde el siglo XV", según afirma Álvarez. Por eso, añade, la Unesco ha alertado del peligro que supone para el paisaje histórico de la ciudad andaluza.

En Barcelona, por su parte, aún sigue activa la oposición contra el hotel Vela, situado al final de la Barceloneta, que ha unido a diversas plataformas por considerarlo tanto un símbolo de la especulación neoliberal que lo deja todo en manos de los turistas como por pensar, más poéticamente, que les han "robado el horizonte".

Pero, si la oposición vecinal es habitual, también han crecido en el país los fans de los rascacielos más allá de la fascinación que, es evidente, provocan en políticos, empresarios y arquitectos. El foro urbanity.es tiene unos 8.000 usuarios registrados y su principal tema de conversación son las grandes torres, en especial las españolas. "Todo empezó de una afición mía a los rascacielos que se materializó en un blog y después en el foro a raíz de las fotografías que hacía de las cuatro torres de la ciudad deportiva de Madrid", comenta Pedro Manuel Agudo, un informático aficionado a la arquitectura que vive en Ciudad Real. "Es una arquitectura muy icónica, que ha cambiado de manera radical el perfil de la ciudad".

Sin duda, estas cuatro torres, las más altas de España, marcan un antes y un después de los rascacielos en España. "Que se acometan cuatro rascacielos al mismo tiempo en una ciudad europea es algo muy atípico, puede pasar en Dubái o Shanghái, pero no es normal ni en Nueva York", comenta Carlos Rubio, arquitecto, junto a Enrique Álvarez, de la torre Sacyr, que alcanza los 236 metros de altura. "Las cuatro tienen una huella muy parecida y una altura tope, ya que la última planta habitable tiene que estar a 200 metros, el resto hasta los 250 puede completarse con agujas, una puerta, peinetas... En aquella zona antes estaba establecido que la altura máxima eran los 100 metros, ya que era un corredor de Barajas, pero se consiguió una modificación del espacio aéreo internacional".

Las cuatro torres, para unos emblema del pelotazo urbanístico que se ha vivido en España y para otros el símbolo de la apuesta por la modernidad de la capital, están de momento aisladas, como perdidas, entre el agujero a su espalda del futuro centro de congresos diseñado por Tuñón y Mansilla como un atípico rascacielos con forma de queso gruyer y la velocidad del final de la Castellana, que en los próximos años se prolongará hacia la M-40 en la gran operación de Chamartín, lo que incluirá nuevos rascacielos.

"Es cierto que en los rascacielos hay una cuestión de imagen importantísima, porque demuestra la capacidad de un país para hacer determinadas cosas a nivel tecnológico y económico", explica Rubio, "pero también hay otras consideraciones importantes. Concentra a mucha gente ocupando poca huella, lo que libera suelo y hace que la ciudad tenga que invertir menos en servicios, como el transporte público. En resumen, estás alicatando menos el campo".

Y aquí llega el gran argumento de los defensores de los rascacielos. La edificación en altura, que con las nuevas tecnologías y materiales se ha vuelto cada vez más segura, está dejando de verse solo como el símbolo de la especulación o la prepotencia del capitalismo (aquí, en gran parte, debido a que la mayoría de torres en España son corporativas o tienen una función hotelera) y comienzan a verse como una alternativa sostenible a la dispersión urbanística.

Uno de los ideólogos de esta visión es Iribas, que en los años ochenta consiguió que empezase a verse Benidorm no como una aberración, sino como un caso ejemplar con eslóganes como "el ascensor es más barato que la autopista".

La turística ciudad con más rascacielos de España optó a finales de los cincuenta por no poner límite de altura y el resultado, un skyline a lo Manhattan, tiene a juicio de Iribas la ventaja de que concentra los servicios, ofrece buenas vistas incluso en quinta línea de mar y crea espacio público a nivel de calle. "Tendemos a pensar que lo alto es sustancialmente perverso porque lleva a la masificación, pero no siempre es así", señala Iribas. "Ojalá se hubiera hecho en otros lugares. No hay peor urbanismo que el que hemos hecho estos últimos 35 años, con un concepto de urbanización de baja densidad que es insostenible, con una dependencia absoluta del coche".

Curiosamente, pese a que, como insiste Iribas, "la cultura del rascacielos en España es muy postiza y hay pocos ejemplos logrados", estos años del ladrillazo han supuesto una nueva vindicación de la edificación en altura como solución a la depredadora ocupación de suelo.

"Este es un modelo que tiene caducidad y por esto los rascacielos tienen mucha vigencia y lo tendrán también en ciudades históricas", comenta Carlos Rubio. "No digo de la altura de la torre Sacyr, habrá que estudiar lo que es mejor en cada lugar. En Barcelona dicen 150 y no sé, es una altura que ya permite dar un salto importante porque tiene la verticalidad, has creado una cierta autonomía formal y se crea un distanciamiento sobre el magma de la ciudad. La diferencia entre la planta 30 y la 50 no es tanta".

Para Enrique Álvarez no se trata de correr por ver quién construye la más alta, porque, entre otras cosas, al llegar a cierto nivel la cosa se complica mucho. Según Iribas el coste se dispara a partir de 170 metros, no solo en la construcción sino también por su mantenimiento.

Rubio y Álvarez defienden que construir a más de 400 metros es posible técnicamente, pero que el coste no compensa. Cuanto más alta es la torre también tiene que ser más ancha, lo que hace que las plantas bajas tengan menos luz y se llenen de las cajas de ascensores. Rubio recuerda que la torre Califa de Dubái tiene 828 metros, pero la última planta útil no llega a los 600 metros.

"No tiene sentido ir a buscar el récord porque sí, todo tiene que tener su justificación arquitectónica y funcional", señala el arquitecto Luis Alonso, que junto a Sergio Balaguer colaboraron con Richard Rogers en la torre Hesperia de Barcelona y ahora se preparan para construir el rascacielos más alto de Latinoamérica en Bogotá.

Para Alonso, que considera la edificación en altura una apuesta clara "en zonas concretas de la ciudad", no tiene sentido que un solo arquitecto, César Pelli, que ha firmado hermosos rascacielos como las torres Petronas de Kuala Lumpur, haya diseñado tres de los mayores rascacielos de España (Torre de Cristal, en Madrid; Iberdrola, en Bilbao, y Cajasol, en Sevilla). "Ninguno hace una aportación arquitectónica destacable y los rascacielos necesitan de una dosis extra de sensibilidad arquitectónica; de lo contrario en lugar de solución se convierten en problema".

La ciudad financiera de las cuatro torres, al norte de Madrid. / SAMUEL SÁNCHEZ

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