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Entrevista:MANUEL GUTIÉRREZ ARAGÓN | Realizador y novelista

"Me atraía escribir sobre lo que el terror tiene de humillación"

A los 66 años anunció que se retiraba del cine tras casi cuatro décadas en el oficio. Un año después, el director de 'Demonios en el jardín' publica su primera novela, 'La vida antes de marzo', con la que ganó el último Premio Herralde

Hay gente que ha nacido de pie, otros, atravesados, y otros, aún no saben por qué han nacido. Manuel Gutiérrez Aragón (Torrelavega, 1942) es de los primeros. Ha realizado 17 largometrajes, adaptó el Quijote para una serie de televisión, ha escrito varios guiones para otros directores y ha dirigido alguna obra de teatro. También ha sido militante del Partido Comunista hasta que se legalizó en abril de 1977. En Viérnoles (Cantabria), el Instituto de Enseñanza Superior lleva su nombre. A los 66 años anunció que se retiraba del cine. Un año después escribe su primera novela, La vida antes de marzo, con la que acaba de obtener el Premio Herralde de Novela (Anagrama). Es, probablemente, uno de los autores debutantes de mayor edad y está encantado de la experiencia.

"Con el 11-M el mal estaba llamando a la puerta y nosotros hemos abierto"

"Lo que ocurre en la novela es la fascinación de la mosca por la araña"

Pregunta. Su última película, Todos están invitados, muestra la cobardía de la sociedad civil vasca ante el terror impuesto por ETA. En su primera novela, La vida antes de marzo, el brutal atentado del 11-M, sin ser protagonista de la trama sí tiene una cierta importancia en la misma. ¿Le obsesiona el terrorismo?

Respuesta. Todos estamos invitados se hizo como una especie de deber cívico, para que constara un determinado testimonio y una postura ante un terrorismo muy conocido, como es el de ETA y el silencio que la rodea. En realidad, es desagradable filmar o escribir cosas sobre el terrorismo. Ya tenemos bastante con las informaciones de la televisión o los periódicos. ¿Por qué, además, hacer ficción sobre ello? No tengo una respuesta muy clara... pero, desde luego, no me voy a especializar en un tema que, en el fondo, me repugna.

P. Pese a todo, el 11-M es importante en la trama.

R. Bueno, el 11-M aparece muy al final. No puede considerarse que sea una novela sobre el 11- M. Aquí es un mero instrumento narrativo.

P. ¿Y qué le atraía del tema?

R. En el caso de La vida antes de marzo me atraía escribir sobre lo que el terror tiene también de humillación. Naturalmente, lo peor es la pérdida de la vida. Pero también conlleva una especie de vergüenza por el género humano al que pertenecemos. También me interesaba contar lo inesperado del suceso. El mal estaba llamando a la puerta y nosotros hemos abierto.

P. ¿Cuál fue el origen de la historia?

R. Creo que primero fue el marco y luego el cuadro. Yo viajo bastante, y en esos viajes bebo en abundancia, cosa que no suelo hacer en estado sedentario. A veces te encuentras con desconocidos compañeros que, para quitarse el miedo a volar o porque se aburren, te sueltan, también bebidos, cosas que nunca han contado. En las largas travesías aéreas escuchas a médicos que te hablan de enfermedades mantenidas en secreto por los Gobiernos, a mujeres bellísimas que narran tranquilamente sus adulterios o a empleados de grandes bancos que confiesan las abominaciones que realizan por orden de sus jefes... A veces, el viaje es el relato y el relato es el viaje. Hay una relación directa entre un viaje y un relato oral. Así que lo primero que me vino a la cabeza fue una narración que dura lo que el recorrido de un tren. En este caso, desde Bagdad -origen de cuentos maravillosos- a una ciudad atlántica, Lisboa, un finisterre donde todo acaba y todo puede volver a empezar.

P. Lo que resulta infrecuente es que usted decidiera escribir su primera novela cuando, a una edad tardía, anunció que se retiraba de la profesión del cine, oficio al que dedicó casi 40 años.

R. Nunca he querido ser un escritor ocasional, como tampoco hubiera querido ser un director de cine ocasional. O lo uno o lo otro. Se es escritor de noche y de día, dormido o despierto, cuando estás escribiendo y también cuando estás regando las plantas. Y lo mismo ocurre cuando eres director de cine. Así que hasta que no dejé lo uno no emprendí lo otro. Cuando de la editorial Anagrama me pidieron información para la solapa -la filmografía, claro, porque bibliografía propia no hay- propuse los datos de lo que yo sería ahora si hubiera seguido mi dedicación primera: escritor y profesor. Algo así como: "Profesor de Filosofía en Villarrubia de los Montes, tiene una obra sobre los amores juveniles de Menéndez Pelayo y otra sobre el primer Unamuno y el último Hegel. No se le debe confundir con su primo, el director de cine del mismo nombre". Pero Herralde no quiso, claro. Como se ve, prefiero ser dos personas distintas que un solo Gutiérrez verdadero.

P. ¿Le resultó muy duro escribir esta novela de 250 páginas?

R. La verdad es que me lo pasé muy bien. Sentía alegría, sensación de poder... También me sentí muy rejuvenecido: mi primera vocación fue ser escritor, cuando aún no había descubierto que las películas las hacía un director. Cuando la escribía no quería ponerle punto final, entregarla al editor. Pasaban las semanas y siempre encontraba un pretexto para seguir corrigiendo, o cambiar párrafos de sitio. A diferencia del cine, sólo dependes de ti mismo. No importa que llueva o granice, que el productor recorte el presupuesto o que el actor no se entienda con la actriz... Sobre todo, hoy en día las negociaciones de financiación, televisiones, ministerios, son muy largas. Me parece una tremenda pérdida de tiempo. Para mí ha sido una sensación nueva el conseguir avanzar en el trabajo sin depender de otros.

P. ¿Y no añora su primer y dilatado oficio, el cine?

R. Del cine echo de menos al equipo de rodaje, al montador, al ayudante, la script... toda esa gente que cree en la película y que se mata por ella. Hay mucha pasión en el cine. La literatura es un placer solitario. Hay que constatar que en nuestra juventud el cine nos inició en el sexo. En las novelas había amor, pero en el cine descubrimos que el verbo se hacía carne. Creo que el motivo decisivo de mi retirada de la dirección cinematográfica fue el día en el que me di cuenta de que el director que más me gustaba era Tim Burton. Me pareció que algo se me había roto por dentro: volvía a la época de los juguetes.

P. Usted afirma que su novela no lo es sobre el 11-M, pero en ella juega un papel importante y hay una notable documentación sobre las costumbres islamistas...

R. El tema de la novela es el encuentro entre desconocidos, alguno de ellos peligroso, como los amigos "malos" de Pinocho. Por ejemplo, lo que le sucede a Ángel, que, siendo adolescente, se ve metido sin querer, pero poco a poco a sabiendas, en una conspiración islamista algo cutre, pero no por ello menos criminal. Lo que allí ocurre es la fascinación de la mosca por la araña y su pánico final. Algo así es lo que se cuenta en la La isla del tesoro con los piratas. La información sobre el islamismo terrorista no me fue difícil, es bastante abundante, para mí más que suficiente. (El mejor libro que conozco es el de Manuel Marlasca y Luis Rendueles, Una historia del 11 M que no va a gustar a nadie). Lo que se me hizo más arduo fue meter los datos reales en la ficción. Fui un par de veces a Asturias, hablé, me informé. Visité Mieres, Avilés... en fin, luego, en la novela, la cosa se queda en poco, pero te da seguridad. Lo mismo en Madrid, en Fuenlabrada. El sitio de Véspero, en Asturias, está inventado. En realidad, el 11-M casi no sale en el texto, ya que no trata de eso. Sí aparece la preparación previa, las idas y venidas de Ángel con los islamistas y los vendedores de dinamita, los traficantes y los policías. El submundo. Pero el terrorismo explícito sólo es un 5% de la novela. Lo que más abunda en el texto son padres, amantes, novias, vacas, cerdos y morcillas. La vida sobre la muerte.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de noviembre de 2009