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Crítica:66ª Mostra de Venecia

Sorpresa indeseable y tedio garantizado

En los últimos años el ingenio y la generosidad de los organizadores de los festivales de cine han decidido introducir en las películas que compiten por los premios (cine de visión obligatoria, aunque frecuentemente tenga más interés el que se proyecta en sesiones paralelas), la programación de un título sorpresa, como si fuera un imprevisto regalo de los adorables Reyes Magos. Momento tan venturoso suele ocurrir cuando está acabando el interminable certamen, cuando lo último que desea tu agotamiento físico y mental es que encima te den sorpresitas. Por supuesto, éste acostumbra a ser cine oriental, jamás lo último que hayan realizado Scorsese, Bertolucci, Allen, Polanski o gente así. Este año han adelantado su sorpresa, pero los efectos son los de siempre.

Tengo sobredosis de cine de Werner Herzog para varios años

Comenzaba con "David Lynch presenta" y la consecuente ovación en la sala de sus infinitos devotos. Pero a continuación los títulos de crédito nos informaban de que el moderno inquietante sólo ejerce en este caso de productor, que lo que vamos a ver está dirigido por Werner Herzog. Los aplausos continúan. Por mi parte, constato la inminente llegada del mosqueo. Horas antes, la sección oficial ha exhibido otra película de Herzog, su visible aunque también prescindible remake de Teniente corrupto.

Es insólito que el mismo director compita con dos películas en el mismo festival. Y recuerdo aquel refrán tan castizo: "¿No quieres caldo? Pues toma dos tazas". Y me temo que dos Herzog en un día me provoquen una peligrosa indigestión. No me equivoco. Se titula My son, my son, what have ye done? Y a diferencia de las imaginables imposiciones de la producción en Bad lieutenant: port of call New Orleans para que la historia policiaca se entendiera mínimamente, aquí su libertario amigo Lynch debe de haberle ofrecido absoluta libertad creativa. El resultado es desastroso. Un desbarre importante centrado en la investigación policial y psicológica sobre un psicópata que acaba de degollar a su madre. Sus delirios y su esquizofrénica relación con el mundo están descritos de forma tan morosa como absurda, el desarreglo mental del personaje es similar al de su creador narrando la historia. Tengo sobredosis de Herzog para varios años.

La jornada continúa con otro autor que a mí me resulta temible, el siempre intenso y pretendidamente artístico Patrice Chéreau, señor permanentemente autoconvencido de su transgresión y que goza de prestigio ancestral en el cine y en el teatro francés. Se supone que en Persécution está hablando de los volcánicos vaivenes del amor a través de un existencialista con pasado tormentoso y gestualidad anfetamínica que se debate entre la incertidumbre emocional que le causa su hipersensible novia y el morbo que le desata un vecino indesmayablemente enamorado de él que se cuela desnudo en su casa cada dos por tres. Todo en esta tragedia resulta afectado, espeso e inverosímil.

Para rematar la faena y que comprendamos mejor los desolados estados de ánimo que nos está describiendo, Chéreau acompaña las imágenes postreras con una canción de Antony & The Johnsons, ese músico con el que Isabel Coixet ambienta sus últimos desgarros cinematográficos. Y sospecho que voy a pillarle una manía notable a esa voz excepcional si sigue apareciendo inevitablemente en el cine que me da grima. Peckinpah hacía que Dylan llamara a las puertas del cielo en la extraordinaria Pat Garret y Billy The Kid, el magnético Tom Waits es un sonido fijo en los títulos de crédito de la segunda temporada de The wire, los incomparables aullidos de Van Morrison se escuchan frecuentemente a lo largo de Los Soprano. Se merecen mutuamente. Las calidades son complementarias en estos casos. El lírico Antony no tiene esa suerte. Sólo le utilizan los directores más relamidos para expresar sus sentimientos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de septiembre de 2009