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domingo, 14 de junio de 2009
Reportaje:PERSONAJE

El Buñuel Explorador

Nieto de Luis Buñuel, ha sido corresponsal de guerra para la televisión francesa y ahora rueda documentales para 'National Geographic' sobre los 'puntos calientes' del planeta. Su estilo fresco y muy personal le está haciendo una estrella mediática. Desde París recorremos el mundo particular de Diego Buñuel.

Venezuela ha sido uno de los países más complicados. Yo lo veo como que estás dentro de una tragicomedia. Chávez es como un estereotipo del dictador latinoamericano, pero sin ser un dictador. Está cambiando el país de una manera muy dramática, porque mientras apela a la revolución, a confiscar tierras y nacionalizar empresas, en los supermercados a la gente a menudo le resulta complicado encontrar alimentos básicos como el azúcar. La historia ha demostrado que ese tipo de acciones no funcionan. Cuba, Zimbabue... Y en Venezuela la revolución ha estado marchando más o menos sólo por una cosa, porque tienen petróleo. Pero ahora llega una época crítica".

Habla Diego Buñuel, nieto de uno de los mitos del cine, Luis Buñuel. Hijo de su hijo primogénito, Juan Luis Buñuel, también director de cine, ya retirado, pero que trabajó con actrices como Liv Ullmann y Catherine Deneuve; y de Joyce, una neoyorquina también realizadora de cine y, sobre todo, de televisión, aún en activo. Nació en París en 1975, donde vive ahora. Estudió Periodismo y Ciencias Políticas en Chicago, más un máster en Oriente Próximo. Tras un tiempo como cronista de sucesos para periódicos estadounidenses y seis años de corresponsal de guerra para el canal 2 de la televisión pública francesa, rueda desde 2006 los documentales Don't tell my mother... (No le digas a mi madre...), sobre puntos calientes del planeta. En una primera tanda recorrió Colombia, Corea del Norte, Afganistán, el Congo y Gaza/Israel; ahora presenta en el canal de National Geographic la segunda serie, dedicada a Venezuela, Irán, Irak, Pakistán y los Balcanes. "Venezuela es el país donde yo he visto que la gente tenía más miedo de hablar conmigo".

"Mi abuelo me pasó su obsesión por los insectos y las armas. Con ocho años estaba fascinado por la Segunda Guerra Mundial"

"Me siento un trovador, un contador de historias de la gente corriente, la que no sale en los informativos"

"Pakistán es uno de los sitios con mejor comida y con gente más simpática, pero también uno de los más peligrosos. Lo hacen peligroso sólo un 10% de sus habitantes, pero son los que siempre salen en la prensa. Y esa manera de enfocar el periodismo, centrándonos en ese 10%, creo que es un error tremendo, porque distorsiona la realidad. Y la realidad no es blanca ni negra, tenemos que enseñar toda la gama de grises". Su lema es atender a la gente corriente; intenta romper estereotipos a través de ellos; proyectar la intrahistoria más que la historia que componen políticos y militares. Haciendo caso a ese 90%, cuenta cómo las sociedades son más tolerantes (y contradictorias) que los esquemas herméticos (y propagandísticos) de sus gobernantes. Así, el documental No le digas a mi madre... que estoy en Pakistán muestra (sorpresa, sorpresa) un taller donde un grupo de mujeres musulmanas confeccionan material sadomaso para Occidente: "Nuestras clientas son sobre todo las amas británicas", explica uno de los dueños del taller, donde se fabrican desde fustas hasta camisas de fuerza y máscaras, algunas imitando cabezas de perro. "¿Y el Corán no prohíbe que se dediquen a este tipo de cosas?". Contesta impertérrito ese mismo hombre: "No creo que ni el Corán ni ningún libro religioso prohíba que atiendas tu negocio con profesionalidad". Sigue el recorrido de Diego Buñuel por Pakistán: un club nocturno en Karachi con hombres y mujeres bailando y bebiendo alcohol; entrevista a un travesti que resulta ser una estrella de la televisión, que presenta uno de los programas con más audiencia del país; un grupo de transexuales en Lahore, y la cadena de salones de belleza Depilex, atendida por mujeres que han sufrido el ataque salvaje de sus parejas, que les han quemado con ácido las caras. Habla, por ejemplo, Sara, que tras 18 operaciones de reconstrucción de sus facciones (más o menos) se dedica a cuidar la imagen de sus clientas; lo cual, reconoce, le ha hecho reconciliarse consigo misma.

"Irán ha sido el más difícil de tramitar de esta nueva serie de documentales. Tiene una burocracia desesperante. Necesité seis meses para obtener el visado. Tenía que detallar exactamente todo lo que quería hacer. Una vez allí, debía repetir continuamente los trámites. Sentí en todo momento que nos vigilaban. Pero son una gente encantadora; muy guapos y guapas. Y me encontré con una juventud con un enorme deseo de cambiar, de emanciparse. Es un país esquizofrénico, porque viven en una república islámica donde muchísimas cosas están prohibidas, pero a la vez son chiíes, y son más tolerantes que los suníes de países árabes, por ejemplo, con las mujeres". El documental de Irán vuelve a romper estereotipos. Diego Buñuel habla con un anticuario judío, con un mulá preocupado por cómo le sientan los trajes y con su hijo rapero, con una mujer taxista en Teherán y con un jugador de baloncesto de Tejas (hay 20 jugadores estadounidenses en equipos de baloncesto iraníes). Una vez más, la prueba de que la gente, el día a día de la sociedad, lo hace todo más relativo, tolerante y normalizado de lo que muestran los esquemas de la mayoría de la prensa. Y visita el Museo de Arte Contemporáneo, en cuyos almacenes guardan una gran colección con piezas de genios como Warhol y Magritte, pero cuya exhibición está prohibida.

Son reportajes curiosos, distintos, lejos del engolamiento que suele rodear a muchos corresponsales de guerra y grandes exploradores. Diego Buñuel sale permanentemente en pantalla, hablando con la gente, casi siempre con una sonrisa. "El humor es esencial para defenderte, para sobrevivir... Siempre se encuentra un resquicio para seguir adelante. Al principio recibí muchas críticas; que cómo me atrevía a salir así en pantalla, y de esa manera tan natural y fresca. Pude defenderme bien porque tenía mucho trabajo de periodista a mis espaldas".

No partía de cero. No es el niño bonito al que se le ocurre viajar por el mundo haciendo pintorescos documentales. "Tenía una preparación y buenos argumentos". Con 18 años se marchó a estudiar a Estados Unidos (tiene la doble nacionalidad). "En Francia era demasiado conocido por mi apellido; no me sentía dueño de mi vida; y yo quería construir mi propia identidad; no quería acabar aquí sumergido en la vida fácil y despreocupada. Y no es que sienta el peso del apellido Buñuel como una losa, en un sentido negativo, no; todo lo contrario. No es peso, es... una especie de energía. Siempre lo he llevado como una responsabilidad para bien, que me anima, que me empuja a estar arriba".

Sus primeros trabajos como periodista en Estados Unidos le llegaron para cubrir sucesos en Miami. Pura crónica negra. En el año 2000 regresó a Francia para realizar el servicio militar. Le asignaron un cómodo puesto en un cuartel para elaborar una revista de prensa; pero él pidió más. Y le destinaron a Sarajevo. Se quedó enganchado a las situaciones conflictivas y encaminó sus pasos para ser corresponsal de guerra. Lo consiguió con un contrato para la agencia Capa, para la que cubrió la intervención norteamericana en Afganistán, y viajó como periodista empotrado entre los marines durante la invasión de Irak. Luego, otros picos de actualidad como la guerra del Congo, el tsunami de Indonesia, el funeral de Arafat en Palestina. Y de ahí a esta serie de 10 documentales sobre países en conflicto. Dos meses por país; sólo él y un cámara. Y ya se ha metido de lleno en su siguiente paquete de documentales, esta vez sobre grandes y desconocidas megalópolis, como Lagos, Yakarta y Dhaka (capital de Bangladesh). Ocho ciudades que le tendrán ocupado un año, y que compaginará con la presentación del programa Los nuevos exploradores, en Canal + Francia.

Poco a poco, Diego Buñuel se va haciendo un hueco como estrella mediática. Tiene futuro. Guapo y con buen porte (1,93, 95 kilos); la fuerza de su abuelo en los ojos y las cejas; simpático (se nota en los documentales su mano para tratar a la gente; aunque él dice que en su vida privada es muy reservado, que todo lo organiza en torno a su media docena de amigos, que vuelca en el trabajo todo lo que haya de gregario en su carácter); trilingüe (francés, inglés, español), más conocimientos de árabe; cercano, de sonrisa sencilla ("una sonrisa y preguntar: 'Hola, ¿cómo estás?', eso funciona en cualquier parte del mundo, a mí nunca me ha fallado"), moderno, se casó hace un año con la atractiva roquera coreana Maggie Kim, a la que conoció en Nueva York. En agosto tendrán un niño.

De su abuelo, aparte de ese peso positivo del apellido, guarda intensos recuerdos de las navidades y los veranos, aunque murió cuando Diego contaba sólo ocho años. "Me hubiera gustado haber estado con él por lo menos hasta los 14 años; porque sé que así me perdí muchas cosas, no tenía la facultad de comprender muchos de los pensamientos que me transmitía. Pero sí sé que me pasó su obsesión por los insectos y las armas. Nunca he cazado ni disparado a ningún ser vivo, pero desde pequeño he sentido atracción por todo lo que implican las armas. Con ocho años ya estaba fascinado con la Segunda Guerra Mundial". Y ahí sigue, intentando romper estereotipos, pero atraído por situaciones límite.

El episodio dedicado a los Balcanes es el que le ha quedado más dramático; pues ya desde el comienzo se ven los duros trabajos de identificación de cadáveres en fosas comunes. Pero Diego Buñuel sabe, incluso en Bosnia y Serbia, encontrar puntos de fuga, grietas por donde entra el aire en la vida cotidiana y desdramatiza la historia. "Es el humor de las pequeñas historias. El periodista debe ofrecer salidas, no presentar continuamente la realidad como un callejón sin salida, como el fin del mundo, algo a lo que nos tiene acostumbrados la prensa. Parece que cada día se va a acabar el mundo. Yo me siento como un trovador, alguien que va contando pequeñas historias con las que todos los seres humanos se pueden sentir identificados. No soy un notario que certifica de una manera fría los grandes hechos. No. Soy un trovador. Y no hay profesión más bonita en el mundo que la de contar historias. Y debemos saber contarlas, aportar perspectivas distintas. Vivimos en una época de transición, de adaptación a los nuevos formatos que nos ha traído Internet; pero el periodista no desaparecerá. La sociedad siempre necesitará gente que le sepa contar historias y con una ética; y eso no es el vale todo que se cuelga en la Red. Yo digo que hago infortainment (una mezcla de information y entertainment, entretenimiento, en inglés). Debemos saber atrapar la atención hasta el final".

Hasta la última línea.

National Geographic (Digital +) emite este mes los documentales 'Don't tell my mother...'. Los miércoles, a las 22.15 horas.

IMÁGENES: NATIONAL GEOGRAPHIC | EDICIÓN: PAULA CASADO

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