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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

Soledades a la deriva

Don DeLillo da su visión del 11 de septiembre de 2001 en El hombre del salto. Una novela circular en la que se alternan las voces de un superviviente del atentado, su mujer y un terrorista.

Ésta es la historia de un hombre que sobrevivió al desplome de las Torres Gemelas y de su esposa. Es una historia circular que comienza en el momento en que el hombre escapa de la torre y termina justo un minuto antes. En el interior de ese círculo discurre un conflicto emocional y personal de gran alcance: la pérdida del sentido de la vida y su reconstrucción. En realidad, lo que vemos es cómo un impacto tan duro cambia la dirección de dos vidas poniendo a prueba su capacidad de comprensión. La novela se estructura en tres partes en las que se alternan las voces del hombre (Keith) y la mujer (Lianne) y están contrapunteadas por tres breves capítulos en los que la figura central es Hammad, uno de los terroristas suicidas, desde su adoctrinamiento hasta el instante en que el avión se estrella contra la primera torre.

EL HOMBRE DEL SALTO

Don DeLillo

Traducción de Ramón Buenaventura

Seix Barral. Barcelona, 2007

296 páginas. 19 euros

Una vez en la calle, entre ceni

za, polvo y humo, Keith, malherido, en lugar de acudir al hospital se presenta en casa de Lianne. No sabe por qué, pero eso es lo que hace. A partir de ahí se produce un reencuentro que tiene más que ver con la necesidad generada por el estupor y la desubicación que con el deseo real de encontrarse. Sus vidas se descolocan por completo entre miradas y pensamientos que vagan y percepciones distintas, pero permanecen unidos. Cuando Keith se recupera descubre que el maletín que portaba al salir de la torre no es suyo y quiere devolverlo. El maletín pertenece a una mujer, Florence, otra víctima del atentado y entre ambos se establece una relación especial. "Ella habló de la torre (...) claustrofóbicamente, el humo, los cuerpos desmadejados, y él comprendió que podían hablar de aquellas cosas sólo entre ellos...". Keith se comunicará, incluso sexualmente, con ambas mujeres y cuando sale del trance abandona a Florence y, en cierto modo, también a Lianne, a la que le ata, sin embargo, la costumbre del cariño.

Keith y Lianne son dos personas perdidas que han perdido el sentido de sus vidas. Ella atiende a una asociación de ayuda a enfermos del mal de Alzheimer; los atiende hasta que se pierden para siempre en su bruma mental. Su dedicación procede de su historia personal: el padre se suicidó tempranamente al advertir el comienzo del mal en él. Ella piensa que debió esperar aún y por eso sigue la evolución de los enfermos, para convencerse de que hubiera sido posible compartir algunos años más de la vida de su padre. Su madre, Nina, una mujer de buena formación intelectual y artística, tiene un amante, Martin, europeo y dedicado al negocio del arte, del cual Lianne descubre que pudo ser un radical, muy cercano quizá en otra época a grupos terroristas como las Brigate Rosse o la banda Baader-Meinhoff y se pregunta ahora por qué jamás su madre quiso investigar su pasado, empezando por su nombre verdadero. Es excelente el contraste entre esa madre con decisiones vitales tomadas y una dirección de actuación y la espesa niebla de preguntas que se hace su hija.

Lianne también se pregunta sobre Dios, mientras que Keith lo desdeña. Su desconcierto es de otro orden: él no trata de comprender sino de reconocerse tras el impacto. Hay una imagen muy expresiva de ello cuando está hablando con Florence a poco de conocerse ambos como supervivientes: "Escuchó atentamente, tomando nota de cada detalle, tratando de localizar su propia persona entre la multitud". Keith es, en el fondo, un solitario; separado, hacía su vida, jugaba partidas de póker con sus amigos, trabajaba en la torre y se encontraba a gusto en ese estado. La madre de Lianne, implacablemente lúcida, le advirtió antes de su boda: "Hay cierta clase de hombre, un arquetipo, modelo de fiabilidad para sus amigos hombres, todo lo que un amigo debe ser, aliado y confidente, presta dinero, da consejo, leal, etcétera, pero un verdadero infierno para las mujeres"; así se va a comportar, en el fondo, con Lianne, como con una amistad masculina.

"Había un hombre colgando

por encima de la calle, cabeza abajo. Llevaba un traje de ejecutivo, tenía una rodilla levantada y los brazos pegados al cuerpo (

...) Le habían hablado de él, un artista callejero al que llamaban El Hombre del Salto". Este personaje, que sólo aparece en dos ocasiones, es un símbolo que recorre el libro entero. Su imagen recuerda la del hombre que salta de una de las torres ardiendo; una camisa blanca que desciende y una sombra que cae son también dos fogonazos instantáneos en la memoria de Keith mientras se precipitaba con tantos otros hombres y mujeres aterrados por el impacto escaleras abajo. DeLillo es afecto a los símbolos y los utiliza con extrema maestría, siempre símbolos de la vida moderna y, en este caso, de la catástrofe de la vida moderna.

Es importante el contraste entre Hammad y esta pareja. Cuando Hammad empieza a sentirse atraído por la mística de la yihad, lo primero que le sostiene es la idea de que "el mundo cambia primero en la mente del hombre que quiere cambiarlo": es la posición exactamente opuesta al estado en que Keith y Lianne se encuentran. Mientras el primero se dirige en línea recta al sacrificio ("olvídate del mundo, no tengas en consideración esa cosa llamada el mundo") los otros dos se debaten entre la incomprensión y la resignación. Lianne se queda sola tras la muerte de su madre, tres años más tarde y aunque sin fe acude a la Iglesia; Keith se ha convertido en un jugador de póker profesional encerrado siempre en torneos por todo el país. Ambos se encuentran esporádicamente y Keith se sigue comportando como un amigo mientras Justin se aleja de ambos en la adolescencia. Hammad sólo tiene un destino; Keith y Lianne son vidas sin destino.

"Ella quería sentirse a salvo en

el mundo y él no". Esta frase resume la posición de la pareja al final de la novela. La novela, dijimos, cuenta la pérdida del sentido de la vida. Es más lineal, directa e incluso tradicional que las tres últimas de DeLillo. Como si hubiera hecho un alto en su camino, sorprendido él también por el impacto del desastre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de septiembre de 2007

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