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Análisis:

Los clásicos rondan la isla

El escritor Francisco Casavella sostiene que el folletín moderno son las series de televisión, y que gracias a Internet hoy se puede saber en cualquier parte lo que ocurre en algunas series estrenadas antes en otros lugares. Observa también cómo la fugaz presencia de algunos libros en las extrañas peripecias de Perdidos invita a los espectadores a sumergirse en sus páginas, buscando claves con las que resolver alguno de sus enigmas. Es lo que ha ocurrido con El tercer policía, una novela de Flann O'Brien publicada después de su muerte.

En las páginas de 'El tercer policía' encontramos el absurdo humor de los años 30La serie 'Perdidos' representa el apogeo del argumento sin tramaA mediados de 1839, los pasajeros de un buque inglés recién llegado a los muelles de Nueva York se ven envueltos en un tumulto. Desconocidos de toda edad y condición rodean a los viajeros para formular una pregunta urgente y angustiada: "¿Ha muerto Nell?". Nell era un melodramático personaje de Tienda de antigüedades -el mismo de quien Oscar Wilde dijera: "¿Quién no ha visto morir a la pequeña Nellie sin llorar de risa?"- y la desazón de los norteamericanos, que se tomaban la agonía de la huérfana algo más en serio, se debía al retraso de algunas semanas con que las entregas de Dickens llegaban al Nuevo Mundo. Querían saber y querían saber enseguida. Hoy, esa peculiar congoja ha invertido su dirección. También ha cambiado el medio. El moderno folletín son las series de televisión, y ya no sólo se reclama actualizar el argumento: Internet ha creado un medio paralelo donde se comprime aquel retraso de semanas y la urgencia de "¿Ha muerto Nell?" se ramifica en un laberinto de conjeturas, teorías y elucubraciones. Gracias a este fenómeno, la vieja y buena novela, que si ha perdido algo, ha sido, desde luego, capacidad de conmoción, renace y gana lectores en una de las curiosas paradojas que, para burla de cenizos, le dan una gota de picardía a eso que algunos llaman signo de los tiempos y los editores: "Es que no leen...".

Así, el 5 de octubre de 2005 se emite en Estados Unidos el tercer capítulo de la segunda temporada de Perdidos. En una de las escenas, y sólo por un momento, el espectador ve la portada de la novela de Flann O'Brien El tercer policía. Durante los dos días siguientes, las librerías despachan diez mil ejemplares del volumen.

Flann O'Brien escribió El tercer policía inmediatamente después de su ópera prima Nadan-Dos-Pájaros, una de las cumbres de la novela irlandesa del XX. En una carta a William Saroyan, fechada en 1940, un O'Brien no muy convencido de su logro señalaba la trama como lo único valioso del nuevo libro y añadía: "Se supone que todo debe ser muy divertido, pero no estoy seguro...". Los editores no tuvieron duda: rechazaron la novela como un solo hombre y ésta no se publicó hasta 1967, tras la muerte del autor. Desde entonces, El tercer policía, un raro juguete macabro-cómico-metafísico-policiaco, ha sido calificada como novela de culto, una calificación demasiado gastada para obra tan valiosa. En armonía con los años en que fue escrita, pero muy por delante de su época, en sus páginas encontramos una brillante inversión de cierto humor absurdo de los años treinta, la culminación de un estilo y su final: una historia de los Hermanos Marx ambientada en el infierno. Su protagonista, un rústico Edipo irlandés, pena sus culpas en un peregrinaje circular donde diversas esfinges de obsesiva comicidad no hacen sino subrayar una y otra vez su condición enigmática. Quien se halle familiarizado con las excéntricas apariciones estelares, los misteriosos diálogos y la estructura en cinta de Moebius de las películas de David Lynch, uno de los mayores deudores de esta novela, gustará de El tercer policía. Los lectores aventureros se apasionarán con ella.

Pero ¿qué tiene que ver esa alucinación irlandesa con Perdidos? Así como se consideran las películas de Tarantino como pura forma sin fondo, Perdidos es el apogeo del argumento sin trama. Un suceso origina una serie de misteriosas líneas dramáticas las cuales se multiplican y se entrecruzan hasta lograr, según se quiera creer, la complejidad esotérica o la maraña. Cada capítulo es una caja de resonancia de otras ficciones familiares que aportan una golosa sensación de inminencia, aunque lo razonable sería concluir que cualquier situación puede conectarse con otra para lograr momentos interesantes, falsos crescendos sin resolución cabal. En otras palabras: pura evasión. Pero con una variante: el descifrar constante del público a un nivel que ni los exegetas bíblicos orienta la actuación de los guionistas. La narración cobra un nuevo sentido, por una vez es interactiva, aunque ese resulte su único objeto. Por el camino, el despliegue de astucia nerd de los autores al dejar caer otros libros como supuestas pistas, ha devuelto, por vías intrincadas, una nueva pasión por la lectura. Porque mientras los títulos citados en la serie se descifran, también se leen, desde luego. La colina de Watership, El corazón de las tinieblas, Otra vuelta de tuerca, El amigo común o De ratones y hombres son algunos de los ejemplos que aparecen en la serie y que, si allí, seguramente, poco significan, desde luego son ventanas abiertas a la buena narrativa. No hay condescendencia alguna en aplaudir esa peculiar llegada de nuevos lectores, o de lectores de siempre a lecturas más arriesgadas, sino la evidencia de que, en el principio, estaba el "¿Ha muerto Nell?" y la simpatía innegable por ese regreso a los orígenes mediante una carcajada del destino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de diciembre de 2006