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Entrevista:IMANOL ARIAS

Cincuenta años no es nada

El teléfono móvil de Imanol Arias no para de sonar en el restaurante de Málaga donde nos hemos citado. Emisoras de radio, periodistas, agencias de noticias, amigos y especialmente su mujer, Pastora Vega, llaman para preguntarle o comentarle detalles sobre la gran noticia del día: ETA acaba de declarar un "alto el fuego permanente". Está eufórico, feliz. "Es una noticia que esperaba desde hace 30 años, pero ahora me hace una ilusión especial, enorme".

Tiene sus motivos este vasco nacido con el nombre de Manuel María en el pueblo leonés de Riaño (26 de abril de 1956); que vivió su niñez y juventud en Ermua, en el corazón industrial del País Vasco, sintiéndose un abertzale aunque no hablara euskera. Para un hombre y actor famoso que ha necesitado escolta por alzar la voz contra la barbarie de ETA, la noticia supone además un auténtico alivio.

Brinda con cava frente al mar Mediterráneo y reflexiona en voz alta: "No hay que lanzar las campanas al vuelo, pero es un momento muy feliz y de esperanza para todos, incluidas las víctimas de ETA y quienes hemos sentido muy cerca su amenaza. Va a ser un periodo largo y duro, y habrá interesados en que Zapatero no logre su objetivo. Por eso hace falta que dejemos trabajar a los políticos para que esto acabe; con generosidad por parte de todos, con magnanimidad desde el poder…, sin vencedores ni vencidos".

"En el País Vasco era uno de los suyos. Mi novia de entonces, cercana a ETA, me decía: 'No quiero que te tuerzas aquí"

"Nunca he sido un actor muy querido por Almodóvar. Decía que era muy aburrido y que rodar conmigo era un coñazo"

"Lo primero que Rodríguez Zapatero tiene que hacer por los actores es ir al cine y llevar al Parlamento una ley"

Imanol Arias tiene algunos rasgos muy atípicos en el gremio de los actores: es abierto, espontáneo, generoso, nada tímido y hasta cálido con la gente. Eso pudieron comprobarlo los ciudadanos de Málaga, donde pasó una semana como presidente del jurado del IX Festival de Cine. Allí realizamos la primera parte de una larga charla, que terminamos en su casa de Madrid, sólo unos días antes de cumplir los 50 años. Una edad a la que el actor llega en un momento dulce. Famoso, querido, reconocido por la profesión y los críticos, con desahogo económico, con buena salud y el amor de los suyos y de cientos de amigos. Y es que las cosas le han salido bien a este tipo noble, abierto, optimista por naturaleza, vitalista practicante, hiperactivo (es un tauro con ascendiente aries) y dicharachero. Su madre, que se fue a parir a su pueblo natal, Riaño (León), le llevó con 15 días de vida a Éibar, donde su padre, tornero, hacía piezas para coches.

Imanol iba para electricista especializado, pero el teatro se le metió en las venas, le envenenó de tal manera que se olvidó del futuro que su padre había trazado para él. "Yo tenía claro que en Ermua no estaba la vida que quería. Yo estudiaba en la Universidad Laboral de Éibar para sacarme el título de maestro industrial eléctrico. Estaba en un grupo de teatro, y a mi padre aquello le cabreaba mucho; decía que los actores eran todos unos maricones y unos muertos de hambre. Yo estaba completamente entregado a la preparación de un montaje de El sombrero de tres picos [de Pedro Antonio de Alarcón], obra con la que ganamos en Salamanca el Premio Nacional de Teatro de las universidades laborales de España. Solía llegar tarde a casa y me sentaba a su derecha en la mesa. Cuando mi padre me preguntaba de dónde venía, yo le decía la verdad, tratando de argumentar con palabras mi afición; pero él, indefectiblemente, me soltaba una hostia, de revés, con el envés de la mano".

¿Hasta qué punto estaba integrado en la sociedad vasca antes de irse a Madrid?

Mucho. Yo sentía el País Vasco como propio y estaba muy cerca de los grupos abertzales. En mi cuadrilla era de los pocos que no hablaban euskera, pero aceptaban con normalidad que hablara castellano. Yo era uno de los suyos. Mi novia de entonces, que llegó a estar muy cerca de ETA, conociéndome y queriéndome como me quería, me dejó al margen y me dijo: "Va a ser más valioso para ti que te dediques a lo que quieres… No quiero que te tuerzas aquí". Eso fue también definitivo en mi decisión de irme a Madrid en agosto de 1975.

Creo que en Madrid no lo tuvo usted fácil para hacer carrera como actor, ¿no?

Así es. Nada más llegar a Madrid, a la Escuela de Arte Dramático, con dos únicos avales: el Premio Nacional de Teatro, ganado con El sombrero de tres picos, y el nombre de Juan Diego, al que había conocido en Éibar actuando con María Paz Ballesteros. Pero exigían bachillerato completo, que yo no tenía, y me denegaron la matrícula. En medio de la desesperación apareció un ángel llamado Azufre del Pozo -que luego fue actor con Lindsay Kemp-, que me dijo que lo que tenía que hacer era meterme en una clase hasta que me echasen. Ricardo Lucía, profesor de interpretación, descubrió un día que no estaba en la lista, y cuando vio mi entrega me dijo que me quedara, y lo hice, ¡tanto que me quedé un año entero! [risas de orgullo].

¿Y de qué vivía mientras tanto?

Pues malamente… Me mantenía gracias a unas perras que sacaba como figurante, con o sin frase, en el teatro de la Zarzuela, donde llegué a tener una especie de empresilla de figuración especial para teatros, para los que buscaba lo que me pedían. Malvivía en un piso compartido con tres personas en Canillas. ¡Comí bocadillos a destajo! Hasta que logré un pequeño papel en la función de La vida es sueño, de Calderón, que dirigía José Tamayo en el teatro Bellas Artes: era el capitán de los soldados. Yo decía [se pone en pie y escenifica]: "Aquí está, arrestadle, presto". El protagonista era Juan Diego, quien me invitó a ser representante de la escuela en las asambleas del Sindicato de Actores.

Hasta que llegó Miguel Narros y le ofreció un papel en el Centro Dramático Nacional, y su incipiente carrera dio un giro.

De 360 grados. Miguel me llamó para hacer La dama con perrito, de Antón Chéjov, y me hizo un favor inmenso porque ello me permitió situarme automáticamente dentro de la órbita de los actores, con un nivel de estudio muy serio, que estaban trabajando con él, como Ana Belén, Carlos Hipólito, María Ángeles Egea, Berta Riaza, Enriqueta Carballeira y, claro, Juan Diego, que fue mi padrino artístico y el de mucha gente.

Luego ya vinieron trabajos más importantes, incluso protagonistas, con Adolfo Marsillach, José Luis Gómez y el propio Narros. ¿Cómo se atrevió a quebrar, en 1980, esa brillante carrera para irse dos años a Cuba para rodar una película?

Aquello resultó una superproducción de época sobre el final de la dominación española, a finales del siglo XVIII, que, al no estar bien planificada, colapsó a todo el resto del cine cubano, que dedicó a sus mejores técnicos a la película, y que fue un fracaso. Pero a mí me sirvió para aprender lo fundamental: lo que son las distancias, a pararme en las señales y a mirar a cámara.

Muchos días que tenía libres salía con la hija de Fidel Castro, Alina, y nos íbamos con Titón Gutiérrez Alea a ver películas en la Filmoteca Nacional de Cuba. Me empapé de todo el cine de Visconti, Antonioni, la nouvelle vague y el mejor cine norteamericano. ¡Aquello fue una auténtica universidad! Volví en 1982 hecho un actor de cine.

Y nada más llegar, besa el santo con Pedro Almodóvar, quien se lleva la gloria, en casi todos los libros de cine, de haberle dado a usted la primera y mejor oportunidad.

Porque fue el primero que lo dijo con descaro; pero, en realidad, mi primer papel en el cine me lo dio Pedro Olea en La Corea, en 1976, antes de irme a Cuba. Cuando, a finales de 1982, rodé Laberinto de pasiones estaba deslumbrado con Almodóvar; era ya un auténtico fenómeno. Me intimidaba la aureola que tenía ya. Recuerdo que me dio el papel de Reza Niro por indicación de Cecilia Roth. Él buscaba un "actor situado" y yo empezaba a serlo. ¡Qué locura fue aquello!… Firmamos el contrato en el baño de la discoteca El Sol.

Y Almodóvar le convirtió en un icono gay de la época.

Sí, nos convirtió en un referente gay a mí y a Antonio Banderas, mi compañero -y amigo- de reparto. Recuerdo que cuando se pasó la película en el festival de San Sebastián invité a toda mi familia al estreno. Para mi padre se hacía realidad aquello de que los actores eran todos unos maricones. Se fueron del cine avergonzados, sin saludar a nadie -ni a mí-, y no nos vimos hasta muchas horas después.

¿Y a qué cree que se debe el que no le convirtiera en un 'chico Almodóvar', como lo fue Banderas?

Yo nunca he sido un actor muy querido por Pedro. No hubo química. Pedro decía que yo era muy aburrido, que no hablaba con nadie, que era un actor víctima de una vida que tenía que representar, y que era interesante el resultado, pero que rodar conmigo era un auténtico coñazo. Eso cuenta en su primer libro, y conste que nunca me he peleado con él.

¿Y no será que es usted muy protagonista, demasiado para él, que también lo es?

Posiblemente. Creo que durante años no me perdonó que en aquel festival de San Sebastián no fuera a la fiesta de Laberinto de pasiones porque estaba también promocionando la película de Manuel Gutiérrez Aragón, Demonios en el jardín, que fue la que ganó, y yo me llevé el premio al actor revelación. Creo que aquello no le gustó nada a Pedro, que tardó 13 años en volver a llamarme [La flor de mi secreto, en 1995]. Yo ya estaba muy hecho, más curtido, y Pedro decía: "Por favor, que callen a Imanol, que es que no he visto a nadie más simpático, que es demasiado simpático".

En 1982, que fue su año, se convirtió en el actor de moda del cine español. Junto a 'Laberinto de pasiones' rodó, sin interrupción, 'La colmena', de Mario Camus; la citada 'Demonios en el jardín', y 'Bearn o la sala de muñecas', de Jaime Chávarri.

El propio Gutiérrez Aragón me contó que me contrató por el físico, porque necesitaba actores nuevos, de repuesto. También recuerdo que, unos años más tarde, Vicente Aranda me confesó que me había contratado para hacer el papel protagonista en Tiempo de silencio [1986] porque le habían contado que yo era "la persona adecuada para llevar la gente al cine", y luego añadió: "Además, no creo que sea tan mal actor como para joder esto".

El caso es que, sí, en 1982 me caen encima ya papeles de protagonista y empiezo a darme cuenta de que el juego se estaba poniendo muy serio. Y al mismo tiempo se desató algo muy fuerte, para lo que no estaba preparado: la fama, las entrevistas, el dinero…, y es cuando me volví loco y creí que ser actor no es lo importante, que lo importante es la vida del actor; es morirse joven, ser una persona que lo dé todo en escena, pero también vivir la vida a tope, y, claro, te disparas, te drogas, acaparas, amas y follas sin parar en una carrera hacia adelante, sin freno.

Una carrera bastante destructiva, ¿no?

Desde luego. Era una época en que estuve metido en la droga, cuando el trabajo, que era otra droga, me quitaba la vida. Es esa época en que no me gustaba ser actor, sino vivir como supuestamente vivía un actor: explotando la bohemia, a tope. No tenía reposo, vivía en un torbellino que me hacía imposible lograr el punto de vista de los personajes que interpretaba. Las peores películas, los peores trabajos, los más desproporcionados de mi carrera pertenecen a esa etapa.

Sin embargo, con 'El Lute, camina o revienta', de 1987, ganó el premio de interpretación en San Sebastián y fue nominado al Goya al mejor actor; también fue nominado a la misma categoría en 1990, por 'A solas contigo', de Eduardo Campoy, y en 1993, por 'Intruso', de Vicente Aranda.

Sí, pero hice unas cuantas más que se me fueron de las manos. Porque yo no era golfo de calle, sino de casa; no dormía, no bebía, pero tomaba otras cosas para aguantar, para no dormir. Entre toma y toma, me despertaba, me ponía delante de la cámara, rodaba y al acabar volvía a dormir. O sea, que trabajaba en ese límite entre dormir y estar despierto. He perdido muchos años en aprender que a mí lo que realmente me gusta es actuar, dormir en casa y llegar al rodaje y actuar.

En ese tiempo me dañé mucho porque no fui capaz de hacer algo que es básico para un actor: estar tranquilo, leer con calma los guiones antes de decidir y trabajar bien los personajes. Mi impericia en ver las cosas con perspectiva me empujaba a leer mal los guiones; me encaprichaba con las películas si alguien me ponía un reto, con lo cual se corrió la voz y te tocaba hacer unas gilipolleces terribles.

No debía de ayudarle nada en esa situación la fama, los periodistas asediándole, tratando de explicar el nuevo mito joven.

Lo malo es convertirte en un descubrimiento. En ese tiempo que pasa entre ser un descubrimiento y ser un tipo normal en el oficio está el riesgo. Me ofrecían todo el tiempo cosas, me agasajaban. Un día me decían que era el hombre del año; otro, que el rostro más bello, que si era un galán como Ives Montand; otro día, en fin, decían que era un gudari disfrazado de gitano, y, claro, te vuelves loco.

¿Llegó a tocar fondo?

Sí. Hay un momento, en 1994, en que regreso de Buenos Aires muy tocado, después de una temporada larga, intensa, en esa ciudad maravillosa que es Buenos Aires. Aparte de las funciones en el teatro, donde representábamos Calígula, de Camus, hacíamos funciones gratuitas para estudiantes, participaba en tertulias, tenía un programa de radio…, y reventé. Volví jodido, flaco y desfondado, pero creyéndome la hostia.

Y pasó lo que tenía que pasar, que una parte del negocio, que es la televisión, me dio un aviso muy claro, y cuando me pusieron delante de la cara los hechos -es decir, que me estaba subiendo a la parra en el dinero que pedía por capítulo para seguir en la serie Querido maestro- reaccioné mal y no quise reconocer la situación, y me dejaron fuera de la serie, me echaron. Me fui de la profesión durante dos años. Eso ocurrió hace unos diez. Luego me perdonaron, pero aprendí la lección.

¿Fue entonces cuando enfermó seriamente?

Estaba realmente jodido; la gente dejó de llamarme, pasé dos años en el dique seco, y además enfermo por culpa de una bacteria que me produjo una úlcera de estómago que me hacía retorcer de dolor. Me curé al sol de Cádiz, una provincia que amo y que descubrí entonces. Pero lo peor de ese tiempo era estar lejos de la profesión, sentir -temer- que me hubieran olvidado mientras estaba en Argentina.

Y para colmo, se arruinó en un negocio… ¿En qué consistía?

Invertí todos mis ahorros en una empresa de diseño de robots para ser usados en la limpieza y sellado de tuberías de aire acondicionado. Tenía 15 personas en plantilla en la fábrica de Las Rozas [Madrid]. El caso es que me arruiné. Enterré dos millones de euros. Estuve quebrado hasta 2001, hasta que hice Cuéntame en Televisión Española.

A la vista está que usted no sucumbió en ese especie de 'tsunami' en que se convirtió su vida en esos 10 años locos. Aparte de la lección que le dieron los productores de televisión, ¿hubo alguna otra circunstancia que le ayudara a salvarse del naufragio?

Además de mi familia, me ha salvado el hecho de que no soy un ser destructivo y las enormes ganas de vivir. La convicción de que vivir es algo que merece la pena me ha hecho más sencilla la aceptación de las adversidades. Y también me ha salvado no olvidar nunca mis orígenes; ello me ha permitido poder mantener los pies en el suelo hasta en los peores momentos. Y mucha, mucha suerte. Todo ello me libró del único gran peligro que tiene esta profesión, que es que, de tanto creerte diferente, te puedas convertir en un outsider, drogado, enfermo, aislado y maltratador de una familia.

Ahora que habla de la familia, antes también se ha referido a ella como uno de los elementos fundamentales de equilibrio en los momentos difíciles. Esa familia tiene, antes que nada, un nombre, Pastora Vega, su mujer desde hace 20 años.

Es fundamental el hecho de que en todos estos años no me haya faltado nunca el arrope de Pastora, que ha sido mi mejor amiga, compañera, aliada, amante. La conocí en 1985, en mi época de máximo esplendor. Era una mujer que también estaba bien arriba. Me encontré con la horma de mi zapato; una mujer de carácter, potente. Yo estaba desmadrado, muy confuso, muy perdido. No me servía con hacer una película, tenía que hacer dos, ligar una con otra, no parar. Pastora, con ese sosiego que es capaz de tener en muchos momentos, me puso en la realidad sobre lo que era la vida, el compromiso, la familia.

¿Y qué significó la paternidad en ese proceso de cambio?

Algo maravilloso, tanto que he sido reincidente hace pocos años [Jon, el hijo mayor, tiene 19 años, mientras que el pequeño, Daniel, tiene sólo cinco]. Mis hijos me han clavado en la tierra, me han dado realismo y eso que parece tan tópico, pero que es tan verdad: una poderosa razón para vivir.

¿Y la edad? Hasta qué punto los años, lo vivido, la llamada madurez, acaban por ofrecernos asideros en los que remansar la vida, las decisiones, el trabajo.

Empecé a liberarme del estigma ese de estar perdido, de utilizarme a mí mismo, rozando los 40 años. Empecé a quedarme más tranquilo, a aceptarme con mis defectos -también con mis virtudes-, con mis limitaciones. Empecé a rodearme de gente que necesito y me necesita, y comencé a sentirme mejor. Ahora me gusta más mi trabajo y elijo mejor los guiones, aunque sigo con complejo de no acertar.

¿Se ayudó, en ese tiempo de crisis, de alguna terapia?

Sí, estuve con una psiquiatra estupenda. Fui para que trabajara mis adicciones y también para que me explicara por qué estaba tan desbocado, con tan poca paz. Me ayudó a recomponer las piezas de ese mundo mío disperso, algo alocado. Al final me dijo que ya estaba bien, que todo iba a ir mejor, excepto algo que no tiene arreglo, que es mi verborrea, que, predijo, irá a más. En el fondo, uno es actor porque tiene una necesidad y un poder para comunicarse.

En 2001, con 45 años, realiza usted uno de sus trabajos que más me gustan: el del inspector de policía, duro y cabrón, en 'La voz de su amo', de Emilio Martínez Lázaro. Un papel y un trabajo que le marcaron, ¿no?

Justamente, aquél era un papel secundario, y no es fácil aceptar ser el secundario de un protagonista que me hubiera tocado a mí diez años antes. La primera vez que yo sentí la edad fue con ese papel. Eduard Fernández, el protagonista, me ayudó mucho; vivió conmigo un periodo duro. Yo estaba amenazado por ETA, iba con escoltas, con lo cual se confundían los escoltas de verdad y los de la película. El día en que él me tenía que matar en la ficción eran las seis de la tarde y yo caía al suelo. Allí acababa su trabajo, pero no se fue porque él quería venir en mi coche, escoltado. Me dejaron tirado en el suelo dos horas, rodeado de agua mientras preparaban la siguiente escena. Eduard me dijo entonces algo significativo: "A lo mejor es la primera vez en tu vida que te vas tarde del rodaje porque haces el malo, tronco". ¡Qué razón tenía!

¿Está o ha estado a favor de la cirugía estética como método de rejuvenecimiento?

Entiendo que haya gente que lo haga. A mí no me interesa. Creo que hay otros modos de buscar un buen aspecto. Entiendo que a la altura de los 60 años -no antes-, algo tienes que hacer para ponerte la piel fresca, líquidos reafirmantes, para humedecer…, pero nada más. No hay que tocarse. Yo veo a Clint Eastwood con la cara arreglada, no tocada, y me gusta eso.

Volviendo a su trabajo en el cine, hay algo, me imagino, que la edad ni la madurez pueden combatir, y es la inseguridad, ese mal que ataca por igual a todos los actores, sean o no famosos, jóvenes o veteranos. ¿Cómo lo lleva usted?

Pues igual que todos, jodido, eso no se pasa; no tiene que ver con la edad, sino con la condición de nuestro trabajo, sujeto a una inestabilidad laboral, las modas, los gustos y a la fragilidad propia de un trabajo cuyo éxito no depende sólo de ti. Hay actores, algunos mayores, con todo el prestigio del mundo, que están adocenados, y otros que se mantienen vivos -gente como Al Pacino-, porque esa misma inseguridad te obliga a seguir exigiéndote. Ser actor es casi un estado de inconsciencia.

Del medio centenar de películas que ha rodado (al margen de los telefilmes y las series de televisión), ¿hay alguna de la que usted está satisfecho y considera que no se ha valorado suficientemente?

Creo que con los años me gusta cada vez más mi trabajo en El intruso y en El amante bilingüe, de Vicente Aranda [ambas de 1993].

Tiene usted fama de buen compañero con las actrices. ¿Ayuda realmente esa complicidad con la actriz en su trabajo?

Sí, y mucho. Yo he tenido experiencias de todo tipo y en todos los sentidos con ellas, casi todas buenas. He tenido adorables compañeras como Ángela Molina, Marisa Paredes, Ana Belén, Victoria Abril… Con ellas ha habido mucha complicidad, un cariño enorme. Yo jamás he tenido un romance con una compañera; he llegado a ser algo peor, un hermano. Yo las he paseado, las he escuchado, las he bañado, las he acostado -o me han acostado ellas-. En el rodaje de una película, cuando afloran los problemas, las inseguridades, puedes sentirte un poco huérfano, y ellas, también. Nos necesitamos mucho en esos trances, y en ellos se hacen las mayores amistades y los peores odios.

En 1996 retorna a la televisión con 'Querido maestro', a la que siguió otra serie, 'Dime que me quieres', que le pone a flote en tiempos de pocas ofertas para hacer cine y le mantienen en candelero hasta el año 2001, en que llega su trabajo de más éxito en antena: 'Cuéntame'. Su trabajo como Antonio Alcántara le consagra como actor.

Yo tengo que estar muy agradecido a la televisión como medio de expresión actoral. Cuando en 1989 hice la primera vez una serie -Brigada Central, con Pedro Masó- en 35 milímetros, con Panavisión, aún se consideraba el trabajo de televisión una actividad de segundo nivel, era algo así como rebajarse. Pensamos durante mucho tiempo que la tele era una cosa pasajera, que había que trincar y luego irse. Fue un error imperdonable.

En 'Cuéntame', usted da vida a un hombre sin ideología, más bien conservador, que vive en un año, 1974, en que usted ya se sentía un hombre de izquierdas. ¿Militó en el partido comunista o en algún otro partido?

Nunca milité en ningún partido, aunque en los años setenta y ochenta estaba muy cerca del partido comunista. Lo que pasa es que yo siempre voté a la contra de lo que ganaba -la única vez que he ganado una elección fue el 14 de marzo de 2004-, aunque luego siempre estaba en el área, pero nunca me he sentido obligado a militar o a seguir al poder.

¿Y nunca se sintió utilizado por los políticos?

Nunca. Yo lo que recuerdo todavía es el pollo que le montamos a Felipe González, ¡pobrecito!, con lo de la OTAN. Yo era el portavoz de los artistas. Íbamos a La Moncloa para increparle y llamarle hijo de puta, traidor. Yo leía los comunicados. Le dimos una caña de muerte. Yo nunca estuve en la bodeguita.

Pero Aznar sí le invitó varias veces a La Moncloa y le sentaba en la mesa junto a Ana Botella. ¿De qué hablaban?

De cine. En aquella época conseguimos que fueran a estrenos de cine. Hay gente que aquello no lo entendió bien, y yo lo comprendo. Fue en el primer mandato de Aznar, e íbamos en una comisión de gentes del cine, con Marisa Paredes, Aitana Sánchez-Gijón y otros. Intentábamos sensibilizar a Aznar con los problemas del cine español, con la necesidad de que estudiaran nuevas formas de subvenciones, desgravaciones fiscales por inversión en la industria del cine, algo que está todavía pendiente.

Aznar no entendió nuestra posición tan firme y tan dura contra la guerra de Irak y se lo tomó como un ataque personal. La derecha española sigue pensando que los actores debemos estar calladitos y sin dar guerra; pero, por más que les pese, somos hombres públicos, con criterio, que somos testigos de justicias e injusticias y tenemos una voz que podemos usar, porque, ante todo, somos ciudadanos libres.

¿Y Zapatero? ¿Le ha invitado ya a palacio…?

El otro día nos llamaron a algunas gentes del cine para invitarnos a celebrar el segundo aniversario de su llegada al Gobierno, y Juan Echanove y yo le mandamos un recado diciéndole que no íbamos a acudir y que lo primero que tiene que hacer por nosotros es ir al cine y llevar al Parlamento una ley del cine, y mientras tanto que no nos haga ni fiestas, ni hostias. Yo, la verdad, con el poder casi ni tocarlo, que hagan su trabajo. Aunque estoy encantado de que gobierne Zapatero, ¡eh!

Antes de despedirnos hablamos de aficiones. Confiesa ser un lector muy desordenado e impaciente de libros -"para leer novela necesito la noche, porque durante el día me engancho con mil cosas; por ejemplo, Internet, los blogs, etcétera"-, aficionado a ver partidos de fútbol por televisión -"soy del Athletic de Bilbao, pero cuando no juega, no soy antinada, me gusta que gane el mejor"- y voluntarioso en la cocina -"mi especialidad es una salsa de tomate del Bierzo, con pimentón, que me sale de cine"-; todo menos estar tirado a la bartola, sin hacer nada, viendo pasar el tiempo. Su última afición conocida -que se está convirtiendo en negocio- es el vino. Con otros socios explota una bodega de vino en Ribera del Duero, Cepa 21, que ahora mismo es la niña de sus ojos. Una afición "que es una vuelta a la tierra de origen de mis padres, Castilla; cada vez que paso por allí, algo muy íntimo se mueve dentro de mí".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de mayo de 2006