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domingo, 30 de octubre de 2005
Reportaje:[31] MALOS DE LA HISTORIA

El último forajido

Butch Cassidy fue el último de los bandidos del Viejo Oeste y el primero de los delincuentes internacionales: cuando se estrechó el cerco en EE UU, se trasladó a Suramérica. Vendió una imagen amable y tuvo la fortuna póstuma de ser canonizado por Hollywood, con la espléndida percha de Paul Newman.

Es uno de esos momentos definitorios del cine con corazón hippy de 1969. Ocurre en Butch Cassidy and the Sundance Kid (en España, conocida como Dos hombres y un destino). Butch (Paul Newman) y Sundance (Robert Redford) están reposando, una temporada de tranquilidad tras varios golpes. Sundance ha conseguido una bella novia, Etta Place (Katharine Ross), maestra atraída por la vida peligrosa de la pareja de forajidos. Es entonces cuando Butch decide subirla a una bicicleta, un moderno aparato que -advierte ella- no parece seguro de manejar:

-¿Sabes lo qué estás haciendo?

-Teóricamente.

El paseo, en glorioso tecnicolor y con incongruente música de Burt Bacharach, derrite a los espectadores. Pero hay más. Sundance mira incrédulo y pregunta: "¿Qué estás haciendo?". Butch no se corta: "Te estoy robando a tu mujer". Su compinche parece haber recibido una patada en la entrepierna, pero se repone: "Llévatela".

Dos hombres y un destino logró 30 millones en taquilla, cuatro Oscar y la reprobación de un cierto sector de la sociedad estadounidense. Molestó la laxitud de la moral sexual de los protagonistas, bandoleros convertidos en héroes de diálogos chispeantes. En verdad, los guardianes de las buenas costumbres descubrieron inmediatamente que Dos hombres y un destino es una comedia corrosiva con disfraz de noble western para todos los públicos, una película que respira el espíritu iconoclasta de la época. Parte de un guión que se toma todo tipo de libertades con lo que se conoce de la vida de Butch y Sundance. De hecho, existe un especial del History Channel, History vs. Hollywood: Butch Cassidy & the Sundance Kid, donde los actores, el guionista y los familiares de los forajidos reconocen la discrepancia entre la realidad histórica y la ficción cinematográfica. Otro documental televisivo, Butch Cassidy and the Outlaw Trail, también explora esas nieblas.

La popularidad de Dos hombres y un destino explica que se rodaran otras dos películas en los años setenta, ya sin Newman ni Redford: Butch Cassidy & the Sundance Kid: the early days y Wanted: the Sundance woman (otro título de 1969, The Wild Bunch, de Sam Peckinpah, usa el nombre de su banda, pero nada que ver). De rebote, se multiplicaron las investigaciones sobre los personajes reales, alimentando una amplia bibliografía y una creciente industria turística: los lugares que atemorizaron ofrecen ahora hoteles como el Butch Cassidy Inn y ranchos que recrean la vida de los fuera de la ley a finales del siglo XIX. Los viajeros más audaces se acercan a lo que queda de su residencia en la Patagonia o a los olvidados pueblos bolivianos donde se cierra su biografía.

Aun antes de su canonización por Hollywood, Butch Cassidy y Sundance Kid concitaban abundantes adhesiones. Se preocuparon de mantener su reputación de hijos espirituales de Robin Hood, basada en dos pregonadas características: que sólo robaban a los ricos -los grandes ganaderos, los ferrocarriles, los bancos- y que evitaban matar. No hay bondad en esas opciones profesionales: los pobres no generaban suficiente botín, y al racionar la violencia pretendían mantener la presión policial en un nivel aceptable. Sabían lo que se hacían. Todo se torció para ellos cuando su captura se convirtió en cuestión de honor para la agencia Pinkerton.

A caballo entre los siglos XIX y XX, la trayectoria de Butch Cassidy y Sundance Kid nos sitúa en mundos que se solapan. Ellos son el producto de tierras recién colonizadas, donde no existe el imperio de la ley o es lo suficientemente tenue para que los encargados de mantenerla puedan tranquilamente proteger a sus amigos forajidos. Una fluidez que explica que los delincuentes tengan abundantes oportunidades para reciclarse en ciudadanos convencionales, aunque muchos rechacen rehabilitarse: es más rentable robar (y más entretenido). A la vez, son tiempos en que la prensa funciona como eficaz diseminadora de noticias más o menos fiables, unos años en que los medios de transporte unen rutinariamente Norteamérica y Suramérica. Amanece el siglo XX, y Butch Cassidy y Sundance Kid comprobarán que ya no es posible perderse en la inmensidad de la Patagonia, sobre todo si se arriesgan a retomar su antigua vocación, minusvalorando las habilidades detectivescas de sus enemigos.

Butch Cassidy surge de la desilusión con una sociedad fronteriza ordenada con criterios religiosos. Robert Le Roy Parker nace en 1866 en Utah, territorio mormón. Sin embargo, su padre pasa un bache económico y se va desencantando con la jerarquía local cuando un obispo mormón le despoja de parte de su rancho. El hijo encuentra su modelo en Mike Cassidy, un cowboy marrullero que le enseña los trucos de su oficio, incluyendo los ilegales.

En 1886, Robert abandona a su familia tras ser implicado en varios hurtos. Para solemnizar su nueva vida se cambia el nombre a George Cassidy, al que luego se adhiere el apodo Butch, aplicable entonces a los hombres duros y, jugarretas del lenguaje, posteriormente ampliado a las lesbianas y los gays más masculinos.

Butch Cassidy recorre las rutas de los vaqueros itinerantes por Utah, Montana, Colorado, Wyoming. Hombre afable, procura mantener las amistades y pagar sus deudas, con vistas a crearse apoyos para su carrera semisecreta de asaltante y cuatrero. El robo de caballos o vacas tiene métodos reveladores: el abigeo parte con unos pocos animales de su propiedad y engorda su manada con lo que encuentra a su paso, en una razzia relampagueante que concluye en alguna estación de ferrocarril donde siempre aguarda un tratante que paga sin hacer preguntas. Más sofisticada es la variante de los relevos, con unos puntos de encuentro convenidos donde se cambian los conductores de la manada, lo que sugiere un grado de confianza entre cuatreros que testimonia lo extendido de esa ocupación.

Tras militar en la banda de McCarty, Cassidy usa sus beneficios para establecerse en un pequeño rancho. Acusado de comprar caballos robados, es condenado a dos años de prisión, recortados por el gobernador de Wyoming debido a su buena fama entre los vecinos y a sus promesas de enmendarse. Algunos creen ver allí una trampa urdida por un cattle baron, un potentado de origen alemán detestado por los pequeños rancheros. A los ojos del pueblo llano, tal manipulación de la ley por un malvado poderoso -la injusticia trascendental que nunca falta en estas narraciones- lanza a Cassidy a una vida de gran ladrón.

A partir de 1896, Cassidy monta su Wild Bunch, gavilla de bandoleros por la que pasan docenas de personas. La Pandilla Salvaje se olvida de arrear con el ganado ajeno: su especialidad son los bancos, los pagadores y los trenes. Los golpes destacan por su precisión: aparentando ser ricos hacendados, exploran el terreno y establecen un sistema de postas para alejarse rápidamente de los perseguidores; se supone que la planificación es asunto de Cassidy, que a veces no participa directamente en el atraco. Puede así presumir de manos limpias, pero sus subordinados tiran de pistola sin remordimientos: Harvey Kid Curry Logan presume de haber matado a nueve hombres, incluyendo al sheriff del condado de Converse, que le acosaba tras el asalto a un tren que incluyó la voladura de un puente (la dinamita es un gran invento). Es una hazaña comentada en todo Estados Unidos, que incluso inspira una impactante película de 1903, The great train robbery, con final tranquilizador: los bandidos cinematográficos son cazados.

Aun así, el nombre de Pandilla Salvaje parece ser una licencia creativa de la Pinkerton, agencia de detectives con escasos prejuicios a la hora de asegurarse encargos. La Union Pacific quiere resarcirse tras haber soportado la arrogancia de Cassidy, que propone dejar sus actividades si el ferrocarril le proporciona un buen empleo: se llega a concertar una cita para negociar, que se frustra por un retraso. Él y cuatro asociados se trasladan a Fort Worth (Tejas) para asistir a una boda, y allí se fotografían con traje, corbata y sombrero hongo, como si quisieran burlarse de los empresarios que sufren sus exacciones. Una copia del solemne retrato del grupo queda expuesta en el escaparate del fotógrafo; una víctima de la banda reconoce a uno de sus asaltantes, y la foto termina en los pasquines de "se busca".

Eso todavía no lo sabe Cassidy, pero sí intuye que el bandolerismo al estilo clásico tiene los días contados: el tren, el telégrafo, la prensa conspiran en su contra. Aunque cuente con la complicidad de mucha gente humilde (y más de un sheriff), ya no pueden disfrutar con tranquilidad de las ganancias acumuladas. Apuesta por marcharse del país en compañía de Harry Longabaugh, alias Sundance Kid, tal vez el más culto de sus pandilleros, que ha formado pareja con una mujer bella y desenvuelta conocida como Etta Place, posiblemente una prostituta tejana. Harry está prendado: en Nueva York acude a Tiffany para comprarla un reloj de 150 dólares.

A principios de 1901, el trío embarca en Manhattan rumbo a la Patagonia (algunas fuentes sugieren que el precavido Butch evita el viaje directo y toma dos barcos, pasando por Liverpool, Canarias y Cabo Verde antes de pisar Buenos Aires). Una genialidad de Cassidy: aquellas extensiones suramericanas, que han vivido una fiebre del oro, ejercen de imán para muchos colonos que se sienten asfixiados en unos Estados Unidos cada vez más regulados. La Patagonia es efectivamente una nueva tierra de las oportunidades, sobre todo si el aspirante tiene pasaporte. La xenofobia argentina ante los pobladores chilenos se manifiesta en facilidades para que se instalen empresas y particulares ingleses, galeses, escoceses o estadounidenses: aparte del usufructo de generosos lotes de terrenos, los anglos reciben animales, materiales de construcción y útiles de labranza. Perfecto escondite: aparte de que pueden camuflarse en una población internacional, las autoridades les acogen con los brazos abiertos, con categoría de inmigrantes preferenciales.

La desdichada aventura suramericana coronará la leyenda de Butch Cassidy. Al mismo tiempo, le hará un personaje histórico. Los estudiosos argentinos han sido muy minuciosos con su figura: un libro como La Pandilla Salvaje: Butch Cassidy en la Patagonia (Norma, Buenos Aires, 2004), de Osvaldo Aguirre, nos proporciona un nítido mural de la época, presentando a "los pistoleros yanquis" como catalizadores de fuerzas -políticas, económicas, culturales- que determinarán la desolada realidad patagónica. Escritores como Luis Sepúlveda y Osvaldo Soriano también se han sentido atraídos por los bandoleros.

En Cholila, junto a la porosa raya con Chile, llaman inevitablemente la atención por su sofisticación, su fortuna y su idiosincrasia. Las mujeres de allí saben cabalgar y disparar, pero Etta alardea de amazona y de tiradora. Cassidy, que se hace llamar Santiago Ryan, tiene buena planta y arrasa entre las mozas de la zona, aunque también recurre a las prostitutas (y pilla alguna enfermedad desagradable). Sundance Kid, alias Harry 'Enrique' Place, es más taciturno, pero se hace querer de sus peones por su seriedad para pagar las soldadas, toda una rareza en unas latitudes donde se les trata como a siervos.

El paisaje, con lagos y cordillera al fondo, les recuerda gratamente lo que han dejado atrás. Construyen una amplia casa de madera al estilo de Wyoming y se consagran a materializar su sueño de grandes ganaderos. Hacia 1904, sobre 6.000 hectáreas, "los americanos" son dueños de 900 reses y 40 caballos. Con cuenta abierta en la central bonaerense del Banco de Londres y el Río de la Plata, pueden pasar por prósperos ciudadanos. Según los actuales habitantes de la Patagonia, con su laboriosidad podrían haberse convertido en una de las grandes fortunas argentinas.

Pero han sido descubiertos. Cassidy comete un desliz de principiante: escribe a amigos y familiares en Estados Unidos. A la Pinkerton no le cuesta mucho sobornar a empleados de Correos -puede que el espía incluso se cuele en las casas- para copiar las cartas que llegan con tan exótico remite. Los detectives se quedan pasmados al enterarse de que Harry Place (Sundance Kid) y señora han vuelto tranquilamente a Nueva York en al menos una ocasión. En 1903, un detective desembarca en Buenos Aires y se entrevista con el director del Banco de Londres, el jefe de policía y el vicecónsul de Estados Unidos. Este último le disuade de intentar la captura: la Patagonia está inundada (!), y duda de que la guarnición más cercana se preste a ayudarle en "tan peligrosa tarea".

En verdad, el vicecónsul no siente más que admiración por Cassidy y compañía, aun conociendo sus episodios delictivos: atribuye a los anglosajones una mítica función civilizadora en aquellos parajes inciertos donde ni siquiera están claras las fronteras. El hombre agita en los periódicos de Buenos Aires pidiendo que se les otorgue la plena titularidad de sus haciendas, y logra incluso que el gobernador de los llamados Territorios Nacionales, de visita a Cholila en compañía del jefe de policía, pase una noche en la cómoda cabaña de aquellos simpáticos colonos.

Los cabecillas de la Pandilla Salvaje están más seguros de lo que pueden imaginar. En su patria, ni los banqueros, ni los hombres del ferrocarril aceptan el aquilatado presupuesto de la Pinkerton (5.000 dólares) para conseguir echar el lazo y extraditar a quienes les dieron tantos dolores de cabeza. Además, la cordialidad y el dinero de Cassidy le han creado un sistema de alarma en la Patagonia: hasta ha confesado sus correrías a varios vecinos; no tiene gracia el ser famoso si no puedes alardear en tu círculo.

Hoy nos cuesta entender lo que pasa por sus cabezas cuando se empeñan en volver a las andadas, cuando tantos saben de sus antecedentes. A principios de 1905, dos gringos asaltan el Banco de Tarapacá en Río Gallegos; todavía se discute sobre la identidad de los ladrones, pero el modus operandi lleva la firma de la Pandilla Salvaje. El gobernador que se acogió a su hospitalidad ordena su arresto, pero el encargado de atraparles, un comisario galés, les avisa para que liquiden sus pertenencias y se trasladen a Chile. En Antofagasta, Butch se mete en problemas y otro vicecónsul le saca de la cárcel. Son, o se creen, invulnerables: comparten el íntimo desprecio de su presidente, Theodore Roosevelt, por los hispanos y sus "repúblicas bananeras".

Vuelven con frecuencia a Argentina, y a finales de ese año es desvalijado el Banco Nacional de Villa Mercedes. Son Butch, Sundance y un cómplice. El asalto tiene eco nacional por circunstancias chuscas: hay un tiroteo, pero la policía, temerosa de que haya estallado una revolución, se atrinchera en la comisaría, y son los arrojados vecinos los que emprenden la persecución. Esta vez son plenamente identificados. La prensa porteña levanta la liebre, publicando las fotos y los historiales aportados por la Pinkerton. De la noche a la mañana se desvanece su disfraz de ganaderos respetables. Aun así, Sundance reaparece en Cholila para vender unos animales que ha dejado al cuidado de un simpatizante. Y parte de nuevo hacia Chile, donde se rompe el ménage à trois: Etta toma un barco para San Francisco y se pierde su rastro. En In Patagonia, Bruce Chatwin recoge la explicación más difundida: su instinto de preservación se habría acrecentado al quedarse embarazada de un estanciero inglés.

Con toda seguridad, Cassidy y Sundance se enteran de que han desatado una pesadilla en sus antiguos predios. La sospecha de que aquélla es una región sin ley -en 1909 se destapan unos supuestos casos de canibalismo- inspira la creación de la Policía Fronteriza, un feroz cuerpo represivo que se ensaña con los pobres, especialmente si son chilenos o indígenas. Palizas, encarcelamientos, requisa de caballos, torturas, levas forzosas, ejecuciones fingidas, ley de fugas: se aplica, como se demanda desde Buenos Aires, la misma "energía utilizada en la pacificación de los indios". Dos amigos gringos de la Pandilla Salvaje, también dedicados al bandidaje, son acribillados en una quebrada, aunque se llevan por delante a un soldado. Estamos en tiempos modernos: se les ocupa una libreta donde se ha apuntado la letra de un tango -"yo soy la morocha, / la más agraciada, / la más renombrada / de esta población"- y una revista estadounidense donde se habla de otro miembro de la banda, también emigrado a Argentina; uno de los sabuesos de la Pinkerton se ha transformado en plumilla sensacionalista y mantiene vivas las llamas del recuerdo de los forajidos.

En 1906, Cassidy es el hombre de confianza del gerente de una mina de estaño boliviana. Se le une Sundance y juguetean nuevamente con la idea de establecerse como ganaderos, ahora en la zona de Santa Cruz de la Sierra. Escribe un pícaro Cassidy: "Es un pueblo de 18.000 habitantes, de los que 14.000 son mujeres. Uno nunca es demasiado viejo si tiene ojos azules y rostro bronceado". Efectivamente, se trata de una tierra con potencial para criar ganado si logran extraer agua, pero el plan es otra fantasía. Recurren a sus viejas mañas: en 1908, aquella región comienza a sufrir atracos, realizados por dos -a veces, tres- bandidos "americanos".

El 4 de noviembre se apoderan en la sierra de los sueldos de un mes de la principal empresa minera de Bolivia, una cantidad que algunos calculan equivalente a más de medio millón de dólares actuales. Una decisión arriesgada: saben que está visitando la zona el Regimiento de Caballería Abaroa, que efectivamente destaca patrullas en su busca; los indignados mineros participan en el rastreo. El día 6, dos gringos llegan a San Vicente, un poblacho a 4.500 metros de altura. No saben o desprecian el hecho de que un pelotón de cuatro soldados se les ha anticipado. Se alojan en el cobertizo de un vecino, donde rápidamente se presentan los soldados. Se supone que, sin cruzar palabra, uno de los foráneos, identificado como Butch, reacciona veloz y mata a uno de los uniformados. Cercados, los bandidos -nada que ver con el final de la película, que les inmortalizaría enfrentándose a pecho descubierto con lo que parece todo el ejército boliviano en masa- se suicidan. Son enterrados, y, oficialmente, se acaba la epopeya de Butch Cassidy y Sundance Kid.

Sin embargo, esto no funciona como desenlace creíble. Parece inconcebible que la pareja renunciara a su práctica habitual de poner distancia entre ellos y sus perseguidores. Todavía más improbable resulta que, en vez de acampar en un lugar defendible, se dejen atrapar en una casucha sin vía de salida. Y lo increíble: que decidan acabar con sus vidas cuando toda su experiencia anterior les dice que tienen suficiente arte para torear a los hombres de la ley.

Existe evidencia circunstancial que sugiere que los muertos de San Vicente no son los jefes de la Pandilla Salvaje. El armamento que portan no es el que reconoció el pagador asaltado unos días antes. Uno de los suicidas lleva tarjetas de visita que le identifican como Enrique Hutcheon, un escocés del que se sabe poco, aparte de papeles donde se hace referencia a un apartado de Correos en La Paz. O bien eran objetos ajenos, o bien los militares tenían el gatillo fácil y mataron a las personas equivocadas.

Lula, la hermana menor de Butch, insistió en un libro de 1975 en la teoría del error: su ilustre hermano retornó a Estados Unidos y vivió bajo identidad falsa hasta 1937. Suena más poético el rumor que le sitúa como un extra en Hollywood; hay sarcasmo en la historia de que se transformó en banquero y se arruinó en la Gran Depresión. Con Sundance Kid, la imaginación popular no tuvo límites: se contó que luchó con Pancho Villa, que participó en la I Guerra Mundial al lado de T. E. Lawrence. En 1991, un equipo de investigadores llegó a San Vicente y desenterró los dos esqueletos, intentando comparar su ADN con el de sus descendientes estadounidenses. No hubo coincidencia. Finalmente descubrieron que estaban tirando al aire: nadie recordaba dónde yacían realmente los restos de "los bandidos yanquis".

Butch Cassidy se había vuelto a escapar.

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