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domingo, 9 de enero de 2005
SANTIAGO CARRILLO

Un resistente de la política

Conserva la lucidez y la socarronería que le hicieron famoso. Santiago Carrillo está a punto de cumplir 90 años, y desde esa atalaya ve la vida sin nostalgias ni arrepentimientos. Por sus venas de viejo comunista late la sangre de un francotirador de la política de la izquierda. Todo un carácter.

Acercarse a la vida de Santiago Carrillo, que ahora va a cumplir 90 años, es la oportunidad de hacer un recorrido apasionante a través de la historia del siglo XX en España. Pero, sobre todo, es una experiencia singular porque Santiago Carrillo es un personaje irrepetible que trasciende a su trepidante peripecia política. Luchador revolucionario desde los 15 años, periodista autodidacta, Santiago Carrillo fue decisivo en la unificación de las Juventudes Socialistas y Comunistas en 1936. Protagonista comprometido y polémico en la Guerra Civil española, como dirigente del partido comunista, fue durante su largo y azaroso exilio un referente clave de la lucha contra el franquismo dentro y fuera de España. A partir de su elección como secretario general del PCE, en 1960, dirigió la organización comunista con mano de hierro, para verse, finalmente, primero relevado de su cargo y después expulsado del partido que lideró durante más de veinte años.

Santiago Carrillo / GUILLERMO PASCUAL

Hoy, Santiago Carrillo se define como "un francotirador de la política de la izquierda", en la que sigue creyendo con pasión, y contempla su vida sin rencores. Es un hombre de piedra que admite, sin problemas de conciencia, haber dispuesto, en las oscuras etapas de la clandestinidad, de la suerte y en algunas ocasiones de la vida de las personas… Asegura que las razones de la disidencia nada tuvieron que ver con las que provocaron el derrumbamiento del sistema soviético que él criticó ferozmente. En esta entrevista, Santiago Carrillo repasa con lucidez la etapa de la transición, en la que él desempeñó un papel decisivo. Apasionado defensor de la figura de Adolfo Suárez, Carrillo evoca la noche trágica del 23-F, y se manifiesta, con sincera desnudez, sobre la responsabilidad del Rey en el desencadenamiento de aquel intento de golpe de Estado.

Vive alimentado por el oficio de escribir y la pasión de leer. Y se reserva, con vigorosa lucidez, su derecho a decidir libremente sobre el final de su vida. Pero vive, también pacíficamente, con la posibilidad de morir "ahora mismo, mientras hablamos usted y yo"… Es difícil encontrar otros 90 años tan ardorosamente vividos como los suyos.

A sus 90 años es usted, señor Carrillo, un resistente, incombustible, de la política. Pero nadie conoce cómo ha resistido a la dureza de la vida que ha llevado, cómo ha podido blindar a toda prueba su condición de ser humano…

La verdad es que para mí no ha significado realmente algo extraordinario enfrentarme a la vida como lo he hecho. Nací en un hogar socialista, y desde muy niño, antes de cumplir los cinco años, yo he visto a la Guardia Civil que venía a detener a mi padre ¡tantas veces! Aunque el recuerdo más lejano de mi padre es del año 1917, yo tendría dos años y medio; tengo el recuerdo de haber ido a ver a mi padre a la cárcel, y de ver un muro que a mí me parecía entonces muy alto, pero de chaval me llegaba sólo a la cintura. Detrás estaba mi padre con una gorra de visera, y ese recuerdo me acompañará siempre… Crecí con la gente en la calle, en la lucha social, en la lucha política, y la vida que he tenido ha sido sólo la consecuencia de lo que yo vi a mi alrededor siempre. En ese ambiente he vivido toda la historia de este país hasta el final de la República; después, un exilio tan largo; luego, el regreso a España, y de nuevo, la libertad después de tantos años de clandestinidad. Pero he vivido toda esa vida, que ha sido realmente muy dura, como la consecuencia lógica de tener unas ideas que eran parte de mi forma de ser. Pero le diré algo que le puede hacer entender mi capacidad de resistencia: entre comunistas, el sentimiento de la solidaridad, durante los largos años de nuestra lucha, fue un sentimiento y una actitud muy parecida a la de los cristianos de los primeros siglos; estuvieras donde estuvieras, la familia comunista era tu familia. Pero el soporte en el que yo me he apoyado para aguantar la dureza de mi vida han sido mis ideas comunistas.

Usted siempre se ha blindado detrás de su personaje, ciertamente épico, para esconder a un hombre de una gran dureza, sobre todo con sus enemigos, y en especial con sus enemigos en el interior del partido.

Es verdad que a lo largo de mi vida yo he mantenido polémicas y conflictos, dentro y fuera del partido, a veces muy duros, durísimos; pero hoy, cuando pienso en el pasado, me hago cargo con toda claridad de que la hostilidad con la que yo traté a una serie de personas que estuvieron enfrentadas conmigo ha desaparecido, y hoy las veo en el aspecto positivo que tienen. Porque todas esas personas con las que yo me enfrenté son gentes que han tenido un periodo de su vida de lucha y de sacrificio por las mismas ideas que yo. Y a veces pienso, al mirar hacia atrás: ¡hombre!, ¡cómo me gustaría poder tomar un café con fulano o con mengano! No me importa reconocer ahora que mis momentos de mayor desasosiego personal han sido casi siempre por razón de las luchas internas en el partido, con personas que han luchado a mi lado prácticamente toda la vida. Y ahora estoy pensando en Fernando Claudín, en Ignacio Gallego, que hemos llegado a ser como hermanos, y que los momentos de la ruptura han sido para mí un verdadero desgarro.

Con peluca y lentillas, Santiago Carrillo, en 1976, en la frontera española junto a Teodulfo Lagunero (a la izquierda), quien le organizó su regreso clandestino.

Pues sus detractores, o, mejor dicho, sus víctimas, le recuerdan como un máximo sacerdote, pero con un corazón de mármol, frío y duro.

Yo no creo que eso fuera cierto. Puede ser que no sea objetivo, porque es muy difícil juzgarse a uno mismo. Es verdad que siempre he tenido la idea de que militaba en un partido que era necesario para los trabajadores, y que el mantener, fortalecer y cohesionar ese partido era vital. Es cierto que yo he sido enérgico, duro si se quiere; pero lo de implacable, que es una leyenda con la que han querido desprestigiarme, es una exageración. En cuanto a las víctimas del carrillismo que dice usted, pues creo que ha sido justamente al revés. Porque hemos sido nosotros, los carrillistas, los que finalmente fuimos expulsados del partido, ¡y nada menos que 3.000 afiliados! Es cierto que hubo, en algunos momentos de la clandestinidad, situaciones muy duras en las que recuerdo casos de personas sobre los que no pudimos aclarar si habían estado o no en manos de la policía. Y en esos casos, a esas personas las retiramos y las mandamos a países socialistas a trabajar. Lo que está absolutamente claro es que un partido clandestino, como lo fue el nuestro tantos años, tiene que aceptar las leyes de la clandestinidad. Y las leyes de la clandestinidad significan que este partido es un pequeño Estado dentro del Estado, con sus leyes propias, y que algunas veces, para proteger al partido, tienes incluso que cometer injusticias, como dejar de lado o separar a las gentes que no sabes si están o no colaborando con la policía. Yo eso lo he asumido, con todas las consecuencias. Incluso, en algún caso, yo he tenido que eliminar a alguna persona, eso es cierto; pero no he tenido nunca problemas de conciencia, era una cuestión de supervivencia, porque estaba en juego también la vida de muchos militantes, que muchos de ellos acabaron en la cárcel o ejecutados.

Usted nunca se va a liberar de esa perversa dualidad de haber sido en el interior del partido una especie de 'mister' Jekill y doctor Hyde. Pero cuando usted se muera, y perdone, los demócratas de este país le vamos a recordar con una imagen que le honra: de pie, apoyado en una columna cercana a su escaño, fumando parsimoniosamente. Creo que no sé si va a romper su icono si puede aceptar que sintió miedo.

Mire, le diré sinceramente que el que yo no me tirara al suelo no fue tanto una cuestión de tener más coraje que los demás, sino de tener más reflejos. Cuando vi a Tejero pensé que si ganaban aquellos energúmenos se había acabado todo y que tenía que tratar al menos de que no se rieran de mí. Y por eso yo me quedé en mi sitio, y siempre he pensado que en realidad hice lo que he hecho toda la vida: estar en mi sitio. ¡Hombre!, con un sentimiento de dolor y de indignación porque aquella entrada de aquellos bárbaros en las Cortes era una humillación brutal. Bueno, también lamentaba que no hubiera más gente que tuviera los mismos reflejos que yo tuve, que tuvo Adolfo Suárez, que tuvo Gutiérrez Mellado, porque hubiéramos dado, sin duda, un ejemplo. ¡Fíjese usted lo que son las cosas de la vida y de la política! Suárez y yo, que de todos los diputados fuimos los únicos que no nos tiramos al suelo, en las elecciones siguientes terminamos juntos en el Grupo Mixto. ¡Así es la vida! Resultó que al final los que se habían tirado al suelo tuvieron como recompensa la mayoría enorme, y los que permanecimos en nuestro sitio, pues… al rincón. Y mire, le aseguro a usted que no sentí miedo alguno, aunque percibí la muerte muy cercana a mí. Yo sé que hay mucha gente, sobre todo a ciertas edades, que vive con la angustia de la muerte encima. Pero yo voy a cumplir 90 años y estoy viviendo, y aunque sé que me puedo morir cualquier noche, porque a esta edad es lo lógico, no siento para nada la angustia de la muerte. Sé que me puedo morir en cualquier momento, a lo mejor mientras hablamos…

No siento la angustia de la muerte. Vivo con el placer de vivir, sabiendo que puedo desaparecer en cualquier momento

¡Hombre, señor Carrillo, no j...…!

¡Pues no me negaría usted que sería un golpe, ¿eh?! Pero le aseguro que vivo con el placer de vivir, sabiendo que puedo desaparecer en cualquier momento. No se trata de tener un valor extraordinario, sino de toda una filosofía de vida que consiste en saber que mientras respiras eres un ser vivo que debe hacerlo con plenitud, pensando en lo que uno puede hacer para sí mismo y para los demás. Lógicamente, mientras nos tenían encerrados en la Sala de los Relojes del Congreso, por supuesto que pensaba en mi mujer y en mis hijos, y en el placer que sería si pudiera volver a verles. Pero yo estaba convencido de que iban a matarme, y me decía a mí mismo: "Mira, va a ser un momento. Se va a acercar este bárbaro que me está mirando y me va a pegar un tiro, y ya está". También pensaba que sería un descanso para mí, porque ya para entonces había muchas batallas en el partido y yo ya estaba bastante harto y cansado, y así podría descansar.

Perdone por la frivolidad, pero a mí me pareció, desde la tribuna de prensa en la que yo estaba (en el suelo, desde luego), que sólo le faltaba a usted la gabardina para acabar de recordarme a Humphrey Bogart. Y hubiera dado algo por saber lo que pensaba sobre las consecuencias políticas de todo aquello.

Alberti, López Raimundo, Dolores Ibárruri, Carrillo e Ignacio Galego, de pie, en sus escaños del Congreso en 1977, la primera legislatura tras la muerte de Franco

Me gusta esa comparación que usted me hace con Bogart como actor y como hombre progresista. ¡Realmente me gusta eso que me ha dicho! Y si quiere que se lo diga, le confieso que lo que sentía era una amargura tremenda. Pensaba: esta derecha española no tiene remedio; tenemos una derecha en España bárbara, incivilizada, salvaje, y bueno, otra vez han vuelto a las andadas. Yo había luchado contra esa derecha desde que era un niño, y no podía sentir más que rabia y amargura de comprobar que era como siempre, implacable. Por eso, lo recuerdo bien, me llenó de orgullo que mi hijo mayor, cuando alguien le dijo que todos los diputados se habían tirado al suelo, pudiera asegurar sin equivocarse: "Mi padre, no". En ese momento pensé que había educado bien a mis hijos. Y bueno, también en esos momentos, tan dramáticos, supe por qué respetaba sinceramente a Adolfo Suárez.

Siempre he pensado que su afinidad con Suárez surgió de la percepción de que, a pesar de ser de derechas, no era un señorito, ¿no?

Desde luego, Suárez no era un falangista. Era hijo y nieto de republicanos. Era un hombre que procedía de los movimientos católicos, y creo que en aquella hora de la verdad se comportó con la dignidad de un verdadero demócrata. Y no me importa confesarle que cuando yo valoraba sus actitudes, su coherencia en medio de tantos obstáculos, pero que, al final, la izquierda votábamos siempre en contra suya, en el fondo de mi conciencia me preguntaba a favor de quién estábamos votando. Creo que fuimos injustos con él, porque él hizo por la democracia de este país lo que probablemente no hubiera hecho ninguno de los políticos de aquel momento. Él tenía algo que no tenían los demás: coraje. Y creo que cuando votábamos contra él, que estaba amenazado por la derecha más que por nosotros mismos, estábamos ayudando a que esa derecha ultra se radicalizara.

Reconozca que quien le rompió todos los esquemas a usted fue Gutiérrez Mellado, arriesgando su vida para imponerse a aquella tropa golpista.

Aparte de su gesto, que a mí me parecía lógico en un general, porque yo creo que se portó como un auténtico demócrata frente a aquellos rebeldes, nunca podré olvidar aquella noche junto a Gutiérrez Mellado. Estuvimos sentados toda la noche, el uno junto al otro, en aquella Sala de los Relojes, y aunque no nos dejaban hablar, sí podíamos intercambiar cigarrillos, miradas… Y yo me sentí entonces muy cercano a él en muchas cosas. Pensaba: ¡hay que ver lo que es la vida! Porque en 1936 este general era uno de los jefes de la Quinta Columna, y yo era el consejero de Orden Público en Madrid, que tenía la misión de luchar contra la Quinta Columna. Es decir, que en aquel momento éramos enemigos a muerte. Y pensaba: ahora estamos aquí, juntos, y en el peor de los casos vamos a morir juntos esta noche. A mí aquello me resultó muy reconfortante.

He sido un buen comunista. Los que fueron malos comunistas, los traidores,  fueron ellos, los dirigentes soviéticos

¿Usted pensó en algún momento que el Rey tenía alguna simpatía por el golpe, que lo apoyaría si triunfaba?

La verdad es que yo aquella noche pensé que el Rey podía haber sido imprudente en algunas conversaciones con jefes militares hablando de Adolfo Suárez, del que ya estaba muy distanciado. Porque a mí mismo, sabiendo la amistad que yo tenía con Adolfo, me había mostrado abiertamente su disgusto con él. Yo tuve la impresión de que los comentarios críticos del Rey respecto a Suárez les dio pie a algunos de estos personajes militares para pensar que el Rey les aceptaría un golpe o una maniobra de esta naturaleza. Pese a todo, yo nunca pensé que el Rey pudiera estar comprometido con los golpistas.

¿Sabe?…, siempre he pensado si tendría usted un punto de arrepentimiento, de maldecir su suerte, mejor dicho, el día que vio que le habían arrebatado a Dolores sus camaradas, los que le habían sustituido en la dirección del PCE. Fue el homenaje en el que festejaban a Dolores precisamente su 90º cumpleaños, en el Palacio de los Deportes de Madrid, en el que no le dejaron hablar y tuvo que conformarse con contemplar todo desde el gallinero.

Fue durísimo para mí soportar aquello, fue algo bastante más cruel que una humillación. Pero me consolaba saber que Dolores, para entonces, ya no se daba cuenta de nada de lo que pasaba. Recuerdo que en una reunión con los que me sustituyeron en la dirección del partido, al llegar yo, Dolores dijo abiertamente: "Ahí llega nuestro secretario general". Y yo tuve que decirle: "No, Dolores, el secretario general ya no soy yo, es este del bigote que se llama Gerardo". Ella sólo pudo hacer una última cosa por mí, que fue oponerse por escrito a mi dimisión tras los resultados catastróficos de las elecciones de 1982. Sólo eso, que ya es bastante. Siempre pensé que ése era su último acto reflejo de recuerdo del pasado, de tantos años juntos en la lucha comunista.

En el exilio, usted tuvo que cargar además con una leyenda siniestra que le va a perseguir mientras viva: Paracuellos. No sé cómo soporta el hecho de que muchos españoles de la derecha sigan convencidos de que usted fue el responsable, el inductor incluso de aquella matanza.

Que todavía haya gente que pueda pensar eso, la verdad es que me produce tristeza. Durante muchos años se han escrito cosas terribles sobre mí a propósito de aquel desgraciado episodio. Pero la verdad es que la única decisión que yo tomé, de acuerdo con el general Miaja, en la Junta de Defensa en la que yo era responsable de las cuestiones de orden público, fue, respecto a aquellos 2.000 militares que estaban en la cárcel de Madrid porque se habían sublevado en el cuartel de la Montaña, fue, ya digo, trasladarlos a Valencia. Porque nos dimos cuenta de que esa gente podía formar perfectamente un cuerpo de ejército, que eso era, en realidad, la Quinta Columna. Yo entonces estaba desbordado organizando la resistencia de Madrid y puse aquella misión en manos de mis colaboradores, que tuvieron que organizar, con muchas dificultades, la seguridad de aquel traslado. La conclusión a la que llegamos el general Miaja y yo fue que la gente de la calle que vio aquel traslado, que era gente que ya había sufrido los ataques fascistas, se lanzó a por ellos, y la guardia que iba custodiándoles no les defendió. En Madrid, en aquellos momentos de caos, había grupos radicales, igual que había grupos fascistas que salían de noche a poner bombas. Pienso que si alguna responsabilidad tuve yo en aquello fue la de no tener capacidad para controlar y castigar a los responsables. Pero… en fin, no se puede olvidar que había un frente de guerra en Madrid. Sin duda fue muy doloroso que muriera aquella gente así, pero también estaban muriendo niños, y mujeres, y viejos, y defensores de Madrid que eran chavales que ni siquiera habían hecho el servicio militar. Es verdad que yo no pude defender a aquella gente con eficacia y llevarla a Valencia con seguridad. Fue una desgracia tremenda, pero en tiempos de guerra hubiera sido mucho peor que se hubieran unido al ejército que estaba atacando Madrid. Le puedo asegurar que si Franco hubiera tenido un grupo de presos de esas características, los hubiera fusilado sin más. La República, no. Nosotros hicimos lo que pudimos, pero la verdad es que no teníamos fuerzas con moral suficiente y ganas para defenderles. Y no lo hicimos, eso está claro. Pero, mire usted, en la Guerra Civil murió mucha gente inocente que no debería haber muerto y otra gente que ha muerto que no era tan inocente. Yo he soportado esta calumnia de Paracuellos como un peso más que hay que soportar en esta vida. No he encontrado forma de neutralizar esa calumnia, pero opté por tomar un camino: actuar en la política de este país. Quiero la paz entre los españoles, yo no soy un hombre que odiara físicamente a nadie. Creo que muchos lo han entendido así.

Su militancia comunista le marcó a usted de forma apasionada y feroz. Porque, por su causa, usted rompió con su padre, Wenceslao, que había sido un ídolo para usted.

Me cuesta mucho, mucho, hablar de aquello en términos personales. Porque le aseguro que fue tremendo y que me produjo un gran desconsuelo. El día que rompimos, yo iba llorando a lágrima viva por la calle, y creo que hasta entonces yo no había llorado jamás por nada ni por nadie. Pero el ver a mi padre en la Junta de Casado, que entregó la República a los golpistas; ver a mi padre, luchador socialista de toda la vida, traicionando la causa de la República...… Yo, para entonces, ya era un dirigente comunista, y para mí aquello era una mancha terrible, la mayor desgracia que podía caer sobre mí. Rompí con mi padre, y mil veces que hubiera tenido que romper lo hubiera hecho. Yo no podía soportar la idea de que aquí, en las cárceles, Casado dejaba miles de camaradas presos y que Franco no tuvo más que cogerles allí y fusilarlos. Aquello nunca pude superarlo. En el año 1956 fui a Bruselas, donde mi padre vivía ya muy enfermo, y se arregló todo en el plano personal. La verdad es que nunca más volvimos a hablar de aquello, porque yo no quería hurgar en la herida. Pero tengo el convencimiento pleno de que mi padre estaba más orgulloso de lo que había hecho yo que de lo que había hecho él. Aquello fue durísimo, quizá lo más duro que me ha pasado en mi vida política y personal. Mire, yo quería muchísimo a mi padre, le adoraba. Pero me hizo mucho más daño del que me había hecho la propia muerte de mi madre, que fue casi al mismo tiempo.

Durante muchos años, el santuario de la izquierda antifranquista estaba en su casa de París, de donde la gente salía convencida de que la libertad comenzaba al día siguiente. Pero me imagino que en su fuero interno pasaría usted por momentos de desaliento que nada tenían que ver con las soflamas quiméricas de la Pirenaica.

La verdad es que nunca experimenté eso que se llama desaliento, pero sí le diré que la percepción de la lejanía sí que me jugó malas pasadas. Recuerdo que cuando vivía en Nueva York me compré una radio potente para poder escuchar flamenco, que nunca me había atraído hasta entonces, y me pasaba horas escuchando flamenco, y eso me consolaba muchísimo. La verdad es que, en los primeros años, la lejanía de España me pesó como nunca. Sobre todo en una ciudad tan fría y tan inhóspita como era para mí Nueva York. En esos momentos sentí la lejanía de España de una manera tan lacerante que me resultaba insoportable.

Le estoy oyendo y me parece que está usted 'cantando' 'Suspiros de España', aquel pasodoble de Concha Piquer que habla de algo muy parecido.

Sí, sí que es verdad. A mí, Concha Piquer, como persona, nunca me cayó simpática; pero sí me gustaron sus canciones, y ésa en especial. Pero es que aquello… Le tengo que confesar que a mí nunca me gustaron los comunistas americanos, nunca me entendí con ellos. Así que luego, en París, todo resultó ser más fácil, más próximo. Por mi despacho de la calle de Nôtre Dame pasó toda la oposición al franquismo. Y lo de la Pirenaica, que decía usted antes, pues… Es que la Pirenaica está en Bucarest y… bueno, la lejanía y la clandestinidad nos hacía vivir las cosas con una pasión sin duda excesiva, entre otras cosas porque queríamos infundir confianza y esperanza como fuera. Pero el día en el que murió Franco, yo veía cómo la gente brindaba con champaña y lo celebraba, y a mí no se me ocurrió celebrarlo porque lo que sentía es que era un drama histórico que Franco pudiera morir tranquilamente en la cama después de todo el daño que había hecho al país.

Pero estoy segura de que compartió usted esa noticia con los más suyos, con su mujer y sus hijos, con los que usted ha vivido siempre muy unido, ¿no?

¡Por supuesto! Mire, para mí, Carmen, mi familia, mis hijos… Sin su apoyo sí que hubiera podido tener momentos de desánimo; pero la verdad es que, a lo largo de toda esta interminable noche, su apoyo ha sido… ¡Es que éramos como una piña! Y teníamos siempre preparadas las maletas para regresar, estábamos convencidos de que un día podríamos regresar. Sin mi familia, creo que no sé si hubiera podido aguantar tanto y tanto tiempo. Mi mujer, Carmen, tiene el enorme mérito de haberme soportado y de haber soportado el tipo de vida que yo he llevado con una paciencia infinita. Y bueno, le tengo que decir que yo he tenido siempre y tengo verdadera pasión por mis hijos, y que, aparte de la vida perra que les he obligado a llevar, yo diría que he sido un buen padre.

¿Y ha sido usted un buen comunista? Se lo pregunto porque usted se situó en la avanzadilla de la heterodoxia crítica al comunismo soviético, entre los traidores.

Mire, creo que yo sí he sido, y sigo siendo, un buen comunista, y que los malos comunistas, los traidores, fueron ellos. Yo sólo denuncié anticipadamente que, por aquellos graves errores de burocracia y represión, iban al desastre. Como así fue. Es cierto que hubo un tiempo en el que el PCE apoyó a Stalin, pero también es cierto que supimos rectificar cuando supimos cómo era aquello realmente, cuando conocimos todos los horrores. Por eso siempre he admirado y respetado tan seriamente a Jruschov; fue el único que tuvo el coraje de decir la verdad, de enfrentarse a toda la dirección del PCUS.

No sé si está usted dispuesto a reconocer que los errores que denunciaron los dirigentes de aquel partido comunista que usted dirigió con mano de hierro, Fernando Claudín y Jorge Semprún, se parecen mucho a las causas del derrumbamiento del mundo soviético. Esto es, la imposibilidad de la convivencia del comunismo con la libertad.

Creo sinceramente, cuando ya ha pasado tanto tiempo y no tiene ya sentido cualquier polémica interesada, que la disidencia de Claudín y Semprún no tiene nada que ver con las causas que determinaron el fracaso del sistema soviético. Ellos no personificaron el conflicto entre el comunismo y la libertad, sino entre su militancia en un partido clandestino y sus proyectos profesionales. Por lo demás, cuando expulsamos a Claudín y a Semprún, yo seguí siendo amigo de ellos y ellos siguieron frecuentando mi casa clandestina de París. El problema estuvo en que ellos no estaban dispuestos a seguir en un partido clandestino, con todo lo que ello significa. Y además ya estábamos un poco de vuelta de la fidelidad a la Unión Soviética. El fondo de su disidencia fue el que, para aquella época, había en España un proceso de liberalización desde la derecha franquista y ellos pensaban que había que montarse en ese tren. El partido, y yo, por supuesto, pensábamos que en España había que conseguir un cambio democrático. Entonces, Claudín tenía 52 años, y él se me quejaba de que a su edad -yo tenía 50 años- no había podido llevar a cabo ningún proyecto personal: "Mira", me decía, "es que ya no aguanto más las reuniones del partido, ya no aguanto estar aquí". En fin, no debían de tener mucha razón mis disidentes cuando me acusaban de dirigismo y de falta de democracia interna, porque precisamente en esa época el PCE creció muchísimo.

"Con la muerte en el alma". Así se metió un viejo zorro como usted en la trama que le lleva a afrontar las elecciones de 1982, que, sin duda, fueron su tumba política frente a la marea socialista. Nunca entenderé por qué se fue solo al matadero.

Con aquella expresión mía, quizá un tanto dramática, lo que yo quería decir es que intuía lo que nos iba a suceder a los comunistas y a mí como chivo expiatorio de la situación, que pasé de la sustitución de la secretaría general a la expulsión del PCE. Estaba intuyendo el golpe terrible que iba a sufrir el partido, como así fue. Fue en la noche de 1982 cuando yo tuve claro que el PCE había perdido definitivamente la batalla por la hegemonía de la izquierda en este país. Y para mí fue duro tener que asumir que la batalla la había perdido yo, al menos formalmente. Lo que mucha gente no sabe es que, a pesar de aquella terrible noche de 1982, donde reconozco que perdí los papeles, traté de convencer a los camaradas de que, a pesar de que nos había hecho la puñeta, era bueno para el país que hubieran ganado los socialistas, porque ellos estaban en condiciones de ejercer el gobierno con apoyos internacionales y garantizar la consolidación del sistema democrático. Eso no lo sabe mucha gente, pero fue así.

¿Y qué puede hacer ahora, a sus 90 años, en estos tiempos en los que las ideas comunistas parecen no tener presente, y mucho menos futuro?

Sigo siendo un luchador; me considero hoy un francotirador político, y a mi manera sigo sembrando ideas para crear una nueva izquierda en la que yo ya no voy a desempeñar ningún papel, pero que creo que hace falta en este país y en el mundo. Y le puedo asegurar que mis propuestas están encontrando una gran receptividad en la gente joven. Pienso que lo que hago no es inútil porque, si no, ellos, los jóvenes, no me escucharían.

Además de escribir, es usted un lector empedernido, a pesar de su grave limitación de la vista. No me lo imagino sin poder hacer esas dos cosas que le son tan queridas.

Mire, hasta ahora, y con la ayuda de mi oculista, estoy manteniendo la capacidad de leer, que es fundamental para mí. ¡Hombre!, si llega el momento en que pierdo más vista, o que me pasan otras cosas que me pueden pasar a mi edad, lo único que yo quiero es tener el suficiente conocimiento para decidir yo lo que pueda hacer. Desde luego, decidirlo yo. Es lo único que tengo claro: que si llega un momento en el que no pueda hacer las cosas que estoy haciendo y me convierto en un obstáculo, en un problema, pues que cuando tenga todavía suficiente cabeza pueda decidir el momento en el que todo se acabe.

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