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martes, 27 de abril de 2004
SUSTANCIAS TÓXICAS

Varios componentes de los insecticidas multiplican el riesgo de sufrir fatiga crónica

Exponerse a productos insecticidas y no ventilar bien las dependencias que han sido fumigadas puede ser suficiente para desencadenar el síndrome de la fatiga crónica en las personas más sensibles al contacto con los organofosforados. Estas sustancias son uno de los componentes básicos de muchos de los líquidos utilizados para la fumigación de oficinas y viviendas y atacan directamente a las mitocondrias celulares, encargadas de convertir en energía los nutrientes ingeridos.

Los casos de trabajadores, y sobre todo trabajadoras, afectados por las fumigaciones de sus centros de trabajo ya se acumulan por decenas en los juzgados, ya que muchos de ellos tienen grandes dificultades para demostrar que su dolencia es una enfermedad laboral contraída en sus puestos de trabajo.

La endocrinóloga Carme Valls, directora del programa Mujer, Salud y Calidad de Vida del Centro de Análisis y Programas Sanitarios, considera que "finalmente se está demostrando la clara relación que existe entre la fatiga crónica de muchas trabajadoras y su exposición más o menos frecuente a insecticidas y plaguicidas". La endocrinóloga, por cuya consulta han pasado más de 250 perjudicadas por fumigaciones realizadas en su centro de trabajo, confirma que son las mujeres las más sensibles: "Sólo llevo los casos de tres hombres y todos ellos trabajaban en empresas de fumigación", explica Valls.

Basta una sola exposición

Joaquín Fernández Solà, responsable de la unidad de Fatiga Crónica del hospital Clínic de Barcelona, asegura que la inhalación o contacto con insecticidas compuestos por organofosforados no son la causa "directa" de la fatiga crónica, pero sí son un "factor precipitante". "Y en algunos casos es suficiente una sola exposición a estas sustancias para comenzar a desarrollar los síntomas de esta enfermedad", advierte. Investigadores del hospital Clínic están realizando un estudio para determinar el alcance exacto del daño celular causado por los organofosforados, pero Fernández Solà ya advierte que "la relación es bastante clara".

La mayor parte de casos de fatiga crónica atendidos por Valls y Fernández Solà tienen rasgos comunes. "Son personas que estuvieron expuestas a una fumigación y comenzaron a sentirse mal al día siguiente, aunque la intoxicación desapareció pasados unos días", explica el médico del Clínic. Sin embargo, muchas de estas personas respondieron mucho peor al contacto posterior con insecticidas y en algunos casos las dolencias se hicieron crónicas.

Jaume Bofill, perito y master en evaluación del daño corporal, cree que las denuncias por haberse visto sometido a fumigaciones irregulares en el sistema de trabajo se dispararán en un futuro próximo.

"Nos encontramos ante un problema creciente y cuando un trabajador se da cuenta de que su malestar es producto de la sobreexposición a insecticidas, sus compañeros de trabajo se dan cuenta que ellos también pueden estar afectados", explica. Además, prosigue Bofill, "cada vez es más difícil ocultar la relación causal entre la exposición a los organofosforados y la fatiga crónica y los jueces también están cada vez más sensibilizados sobre este problema de salud laboral".

Pero la fatiga crónica no es la única enfermedad relacionada con los insecticidas más agresivos. Los pacientes con hipersensibilidad química ambiental también pueden presentar graves afectaciones en la piel, y lo que es peor: importantes problemas de pérdida de memoria. Esto último se debe, según Bofill, a que la mayor parte de los plaguicidas utilizados para fumigar basan su eficacia en el ataque al sistema nervioso de los insectos. Y si la concentración de insecticida utilizado no se calcula con gran esmero el sistema nervioso humano resulta también afectado.

"Como un viejo"

Por este motivo, Francisco Nache, técnico en fumigaciones afectado también por fatiga crónica, considera que se debería controlar más de cerca a las empresas que se dedican a la desparasitación de edificios. "Se están cometiendo auténticas barbaridades", explica este técnico, que a los 35 años afirma sentirse "como un viejo". Nache trabajaba para la empresa Rentokil y durante varios días del verano de 2002 estuvo en contacto con un producto llamado Malafin emulsionable. Su principio activo es el malation, un organofosforado que por sus efectos sobre la salud se aconseja usar tan sólo en el campo y bajo estrictas medidas de seguridad. Sin embargo, Nache lo utilizó para fumigar el alcantarillado en pleno centro de l'Hospitalet de Llobregat por orden de su empresa.

Además, parte del producto se le derramó en la furgoneta, tras lo que comenzó a sentirse mal. Dos años después el afectado sigue sufriendo afecciones en el sistema nervioso y una alteración de la hormona del crecimiento y de los niveles de testosterona. En marzo del año pasado tomó de nuevo la baja laboral, que puede desembocar en incapacidad permanente. Su empresa ya ha sido sancionada por la Inspección de Trabajo con dos multas por valor de 5.000 y 6.000 euros por incumplir la Ley de Riesgos Laborales.

"Llevo el veneno dentro"

Tiene 49 años y no puede con sus huesos. Núria Orduña, ex empleada del hotel Hilton de Barcelona, no sabe qué es encontrarse bien desde que el 10 de marzo de 1999 se incorporó a su puesto de trabajo sin que nadie la advirtiera de los riesgos de la fumigación que un grupo de técnicos habían realizado los dos días anteriores. "El hotel es una estructura cerrada herméticamente y aquello no se ventiló para nada. Me dijeron que no era peligroso, pero había una nube de polvo increíble ". Núria no estaba sola. Una quincena de empleados entraron en contacto con la nube y muchos, como ella, todavía sufren secuelas.

Núria tose permanentemente, tiene problemas de visión y falta de memoria, y se le ha diagnosticado fatiga crónica. Los análisis han demostrado que en su cuerpo hay una elevada concentración de organofosforados y otra docena de contaminantes químicos. "Llevo el veneno dentro y cada vez me encuentro peor", asegura.

Desde poco después de la exposición al insecticida, Núria está de baja. Ha logrado que se le conceda la invalidez permanente y total, pero ahora lucha para que la empresa reconozca su presunta responsabilidad en lo acontecido. "Mis anteriores jefes llegaron a acusarme de inhalar el humo de los autobuses para quedar como estoy", afirma. La responsabilidad de la empresa se dirimirá ante el juez el 19 de mayo.

Hace ya tiempo que Orduña decidió crear una asociación junto con otros afectados por episodios de contaminación en el trabajo. La asociación, Adquira, ya tiene 71 miembros y no deja de crecer. "Cada vez nos encontramos peor, pero no podemos dejar de denunciar lo que nos ocurrió mientras trabajábamos, sólo queremos justicia", afirma.

Núria Orduña, en Barcelona. / MARCEL.LÍ SÁENZ

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