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viernes, 19 de mayo de 2000
53º FESTIVAL DE CANNES

El japonés Shinji Aoyama hace un ejercicio de estilo y hondura en la desmesurada 'Eureka' El mexicano Arturo Ripstein trae al certamen paralelo la coproducción española 'Así es la vida'

ENVIADO ESPECIALDesde hace años, el japonés Shinji Aoyama hace una película tras otra sin que su nombre traspase la frontera de los círculos cinéfilos cerrados y muy minoritarios. Ahora, su nombre rompe ese cerco, pero su cine seguirá sin verse. Ha traído aquí Eureka, un austero y profundo filme en blanco y negro que dura casi cuatro horas, lo que le cierra los accesos al consumo de celuloide. Y la promesa de Aoyama, aunque hecha realidad en el gran estilo de esta singular y poderosa película, seguirá inédita.

En la sección paralela Una Cierta Mirada se presentó la coproducción española Así es la vida, dirigida por el mexicano Arturo Ripstein. Se estrenará pronto en España y habrá entonces ocasión de hablar de ella con el detenimiento que requiere el complejo cine de Ripstein, que aquí conserva todos los rasgos de su acusada singularidad, comenzando por la inagotable y siempre sorprendente riqueza de la escritura de Paz Alicia Garcíadiego y acabando por la exacta y solemne cadencia que Ripstein imprime a las tomas secuenciales de su cámara, sin las que no sería perceptible el espeso, duro, lóbrego y despiadado mundo en que ésta se mueve.En la competición pasó de largo y está ya olvidada una especie de zarzuela histórica coreana titulada Chunhyang, dirigida por Kwan Taek, un clásico del cine de Corea que hasta ahora no ha estrenado en Occidente ninguno de sus muchos filmes. No se entienden bien las razones de la selección de esta obra, solvente y preciosista, pero dramática y narrativamente inconsistente. Como inconsistente es también Kippur, del israelí Amos Gitai, un experto documentalista que el año pasado se inició en la ficción con Kadosh, un excelente retrato del integrismo religioso instalado en los centros de poder de su país.

Ahora, Gitai nos ofrece un decepcionante filme híbrido de documento y ficción, que juega a las dos barajas pero sin dar claves de entendimiento de lo que quiere retratar y relatar. La película transcurre pesadamente en un ejercicio agotador de reiteraciones que expulsa al espectador de la sala.

La dosis diaria de gran cine llegó ayer de Japón, envuelta en el disuasorio anuncio de un largometraje intimista de casi cuatro horas de duración dirigido por un conocido crítico, pero desconocido cineasta, llamado Shinji Aoyama. De él se viene diciendo desde hace años que promete mucho, y ahora, tras ver su kilométrica Eureka, su promesa se ha hecho realidad.

En la ciudad de Kyushu, al suroeste de Japón, una luminosa mañana de primavera un individuo secuestra a punta de pistola un autobús y va asesinando uno a uno a los viajeros. El conductor y un niño y una niña hermanos sobreviven a la matanza. Pasan dos años, el padre de los niños muere en un accidente y la madre los abandona. Un día, el conductor del autobús que sobrevivió con ellos, hombre solitario y atormentado por un suceso del que se considera responsable, acude a su casa a ayudar a los huérfanos e inicia con ellos el proceso de invención de una familia no impuesta por las leyes sociales y biológicas. Es el arranque de una larga y dolorosa aventura itinerante, una sinuosa y compleja road movie por los retorcidos caminos geográficos, mentales y sociales del Japón moderno, aún aplastado por el fardo de los lastres del Japón antiguo.

La duración del filme, desmesurada para las reglas del consumo cinematográfico occidental, es en realidad la que necesita lo relatado en él. No hay estiramiento visual, ni alargamiento innecesario de las situaciones. Hay un tempo ciertamente reposado, pero no moroso, que se sigue sin forzamiento, de manera que hay diafanidad en el transcurso de las imágenes. Y hay también emoción y hondura en ellas. Anuncia Eureka a un gran hombre de cine. Shinji Aoyama tiene ahora nada más que 36 años y le queda mucho que decir. Sus maneras son las de un artista de gran talento que, sin duda, alcanzará el sentido de la síntesis que ahora le falta.

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