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Entrevista:

"Somos víctimas del periodismo"

Hans Magnus Enzensberger, pensador y poeta alemán, de 61 años, autor de 'Migajas políticas' y de 'El hundimiento del Titanic', entre otras obras en las que alterna el ensayo con una lírica paradójica y mordaz, es hoy una de las voces más poderosas de Europa. Basa la influencia de sus opiniones en su independencia intelectual y también en la calidad de su escritura. Su último libro, 'Mediocridad y delirio', que acaba de publicar en España Anagrama, es un ejemplo de su estatura. Trata en él Asuntos centrales de su país, desde la Financiación de los partidos políticos al ejercicio del periodismo, el terrorismo y el papel de los intelectuales. El propio enunciado de su índice invita a una lectura española del volumen.

Uno de los asuntos centrales del último libro de Enzensberger, Mediocridad y delirio, es el ejercicio del periodismo en la sociedad actual. El filósofo nórdico Soren Kierkegaard decía, y lo recoge H. M. E en su ensayo, que él era incapaz de matar una mosca, pero no vacilaría en encabezar un pelotón de fusilamiento para liquidar a los periodistas. En su casa de Munich, donde le entrevistamos, Hans Magnus no siguió ni mucho menos los deseos de Kierkegaard sino que se prestó a un coloquio que recogió algunas de sus pasiones y ciertas incertidumbres. Una de ellas nos la apuntó al final, cuando se despedía: "Ustedes los españoles han tenido mucha suerte. Nosotros aún no hemos eliminado los fantasmas de nuestro horror y no sé qué mecanismo usaron los españoles para olvidar tan pronto". Por España precisamente habíamos comenzado a hablar.Pregunta. Su último libro invita a pensar en España, porque en él habla de todo lo que es común en nuestra sociedad.

R. Es que España se ha convertido, sorprendentemente, en un país como los demás. Para nosotros, en los cincuenta o sesenta, España era un continente aparte, un país exótico, mitológico, con muchas nociones casi seudomedievales. La rapidez de ese cambio es algo muy extraño. Los países cambian de carácter en el espacio limitado de dos o tres decenios. Es comparable a Alemania, porque tampoco es reconocible la Alemania real con la imagen que los demás tienen de ella.

P. ¿Qué imagen prefiere?

R. Prefiero la normalidad con cierta dosis de emoción porque el precio que se paga por ese tipo de especialidad es muy alto. El cliché español de dignidad nacional, de honor, de fe, era mitad ficción y mitad realidad, pero era monstruoso.

P. ¿Es una suerte de mediocridad la que estamos condenados a padecer por ser normales, con sus dosis de corrupción y de cansancio?

R. Me temo que sí. Son aspectos de la democracia. La democracia es en sí algo razonable pero no resulta apasionante: las votaciones, la retórica de los parlamentos, los compromisos... Hay que entender, por otra parte, que el mediocre es, en la vida social, más bien un factor positivo y hay que asumir esa contradicción. El mediocre evita el extremo de matar, evita la guerra civil, por ejemplo. En España la guerra fue algo altamente emocional. La gente se apasionó por una causa y ambas partes se excitaron. No fue aburrido, pero fue letal. Por eso todo el mundo prefiere el aburrimiento en la política.

P. ¿Cómo ha vivido la historia de su país desde que cayó el muro?

R. Inicialmente, el derrumbamiento del muro fue algo apasionante: estábamos entusiasmados porque cuando se abre una cárcel que alberga a 16 millones de personas es formidable. Pero, desde el punto de vista de la vida nacional en este país, el entusiasmo es muy lim Itado, porque el resultado de todo esto, en cierto modo, es que las dificultades han aumentado y el contraste entre los alemanes del Este y del Oeste demuestra un gran desequilibrio, no sólo económico sino mental, y que efectivamente no hay un gran amor recíproco.

P. ¿Se siente europeo?

R. Basta salir de Europa y volver. No es una cuestión ideológica sino algo mucho más común. La idea de vivir en otro continente no me atrae. Puedo viajar, pero al regresar estoy en casa, independientemente de que el avión aterrice en Arrísterdam o en Madrid.

P. ¿Ahora es superior ese sentimiento?

R. Sí. Aunque ya en los años cincuenta volví de cinco o seis meses en EE UU y tuve la sensación de volver a casa, a pesar de todas las cosas fascinantes que tienen los americanos.

P. ¿Y como ve ahora a EE UU, qué papel está jugando respecto a nosotros?

R. No soy un especialista del antiamericanismo. Se tiene la ilusión de que son vecinos muy similares pero no es cierto, es otro continente: una civilización muy ajena a la nuestra. Por eso, pienso que hay que respetar también su diversidad, sil manera de ser, que es otra. Hay cosas que no nos gustan, pero la idea de erigir a los americanos en el diabólico manipulador omnipotente es una cosa maniquea, que no es justa. Hacen cosas terribles, como los demás. No son ni mejor ni peor: son distintos.

P. ¿Cree que el final de partida que supone la situación del comunismo del Este y de la URSS va a traer consigo el final de la era del maniqueísmo?

R. No creo, porque el maniqueísmo entraña siempre, otros conflictos, otras contradicciones. El Islam es ideal para maniqueos de ambas partes: aquí están los buenos, allá los diablos. Como siempre.

P. ¿Y cómo va a afectar al futuro del capitalismo el final del comunismo?

R. En el mejor de los casos el capitalismo va a convertirse en un elemento plural, es decir, en capitalismos. Hasta cierto punto, ésta es la situación actual, porque el capitalismo, de Chile, Suecia, Japón, España, son bastante distintos. Para no hablar del Tercer Mundo, donde adquiere formas que son casi incompatibles con nosotros.

P. ¿Cómo sitúa el porvenir del Tercer Mundo?

R. Es mucho peor que antes, porque antes fue posible, al menos, mantener unas ilusiones. Creo que incluso las Ilusiones se han evaporado. Son países sin salida, sin futuro. Se habla mucho de la democratización en África, por ejemplo. No digo que sea rnala idea, pero no para un país como Mali, por ejemplo.

P. ¿Y Cuba?

R. Hay matices, pero el problema fundamental es el mismo que para los demás. La situación es muy peligrosa porque socialismo o muerte es una alternativa poco atrayente. Se puede incluso prever una eventual situación a lo Ceaucescu como régimen, la persona del dictador, del único conductor que sabe y dirige todo, al tiempo que una degradación de la base económica. Si no se cambia nada, es posible que haya un resultado violento.

P. ¿Estamos condenados a padecer diferericias graduales del sentimiento de vergüenza, como dice usted, ante el ejercicio de la. política?

R. La idea de limpiar comporta un costo muy alto porque está muy cerca de la idea de mano dura, es decir, que ese deseo de limpieza total tiene también un aspecto totalitario. Tal vez es mejor admitir falibilidad. estructural. Un sistema es falible, es débil, porque no tiene rigor ideológico. En eso hay una parte buena: quiere decir que ya no vivimos en el terror del poder.

P. ¿En qué medida los periodistas hemos ayudado a crear en la sociedad esta atmósfera de banalidad que existe?

R. El periodismo depende de un mercado de masas que en cierto modo va en busca de la tirada. Pero ese tipo de éxitos también, se paga, en cuanto a credibilidad, respeto, etcétera. Porque la gente que lee periódicos cretinos no son necesariamente cretinos. Me acuerdo todavía de un periodo en que había respeto hacia la palabra impresa. Ahora hay mayor cinismo por parte del lector y es el precio a pagar por la masificación de la información.

P. ¿Qué le lleva a ser tan radical en el análisis de los periodistas?

R. Todos somos víctimas del periodismo, especialmente la clase informada, de la cual formo parte. Muchas veces leo cosas que después me digo que no son posibles. Los pobres periodistas trabajan en un margen de tiempo limitado y entre las tres y las cuatro de la tarde deben hacer el oráculo mundial sobre lo que llega media hora antes y. tras una hora, deben entregar su gran diagnóstico. Una reflexión es muy difícil en condiciones como esas.

P. ¿Dispararía contra los periodistas, como Kierkegard?

R. No, no. Él es un maniqueo. Eso es una boutade con un sentido, pero que yo no comparto. No soy un maniqueo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de agosto de 1991

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