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domingo, 3 de junio de 1990
Tribuna:FERIA DE SAN ISIDRO

Vestirse de torero

En 52 horas se hizo, en la sastrería de Justo Algaba, un traje de luces para Juan Cubero, que toreaba una novillada en Valencia. Pero eso no es lo normal. Los toreros encargan antes de Navidad los vestidos que estrenarán en Sevilla o en Madrid, que es cuando gusta impresionar al personal.Roberto Domínguez, que salió divinamente vestido a la antigua el otro día, ha llamado a voces desde América para adelantar sus pedidos. Esta vez no ha sido tan previsor, y le va a dar sólo una semana al sastre para que le borde y le arme el vestido corinto y oro con cabos negros que estrenará el día de la Beneficencia.

La gente del toro siempre ha dicho "vestido" al traje de luces. A fe que han sido bastante cuidadosos en no prostituir lo que lleva muchos años reglamentado por el buen uso. Los cambios casi no se han notado, salvo las crucecitas y virgencitas tan horteras que algunos se pinchan en el corbatín. Antiguamente, las medallas se llevaban cosidas al forro de la chaquetilla. Pero, en Fin, como eso es cosa de la fe, tampoco se puede criticar mucho la innovación. Han desaparecido los calzoncillos de hilo o de algodón atados con cintas por debajo de la rodilla, cediendo el paso a los leotardos blancos tipo enfermera. Los primeros que se usaron permitían resbalar a la taleguilla, y algún torero se subía a pellizcos las perneras, como antes hacían las señoras en los portales cuando se les caían las medias.

Fuera de eso. los únicos ataques frontales a la tradición en la vestimenta han sido el mal gus,o y el intento de publicidad. De malísimo gusto era el vestido azul y esparadrapo blanco que sacó Curro Álvarez el día 29 de mayo y el 1 de junio en Madrid, y alguna que otra cosilla que no merece la pena criticar. Fracasó el sacrilegio de Akal con Luis Reina, de Omega con Manolo Ortiz, y -por lo oído- una caja de ahorros levantina se empeñó en vestir a alguien con su logotipo.

Desaparecieron las sastrerías de Juanito el Tortas, Manfredi de Sevilla, Santiago Pelayo y Ángel Linares. En esta última alquilé yo mis vestidos de sobresaliente, cuando quise ser torero en de la mano de Ramón Edo, y supe lo dificil que es ser torero.

Triunfan ahora como vestíderes de torería Justo Algaba, Fermín e Isabelita, hija de la maestra Nati. También hace cosas Emilio, en la torerísima calle del Ave María, donde en tiempes funcionó el taller de Enriqueta Marcén, que bordaba los capotes de paseo como nadie.

El cruzado mágico

Justo es brillante y luminoso de ídeas, como sus vestidos. Vive su profesión con intensidad y ha innovado las técnicas de realizacion de machos, golpes, hombrillos y bandas bordadas. Se quedó con la pena de no haberle hecho un vestido al pobre Paquirri, que parecía estar siempre molesto dentro de la ropa y le daba unos tirones tremendos. El inmisericorde público se metía con él y lo que llamaban "el cruzado mágico". Los sastres dicen que tenía arreglo.

Vestirse de torero es uno de los ritos más bellos que imaginarse pueda: para el privilegiado que asiste a la ceremonia y para el que recibe los ornamentos. El vestido de torear oprime, comprime, realza, ensalza y da moral ante el espejo y camino de la plaza. Todo ello se borra en la mente cuando se sale a parar al toro con el capote y se olvida uno hasta de cómo va vestido.

Antonio Álvarez-barrios es es períodista.

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