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viernes, 25 de mayo de 1990
Crítica:POP

La sencillez de tio Phil

Cuando se abrió el tiovivo que cubría el escenario apareció Phil Collins como el tío que se quita la corbata y nos lleva al parque de atracciones en día de fiesta. Tras él, 11 músicos reclutados entre lo más granado de la profesión. Allí estaban el batería Chester Thompson y el bajista Leeland Sklar, una base rítmica cotizada por cualquier artista o estudio de grabación. Y Daryl Stuermer, un magnífico guitarrista lanzado por el violinista Jean Luc Ponty. Y el saxofonista Donald Myrick, con un fraseo preciso y un excelente sonido. Y Phil Collins ante el micrófono, la segunda batería y el piano, dispuesto a ofrecer una noche agradable. Cuando acabó el recital, tras dos horas y media de canciones, los 11.000 espectadores que abarrotaron el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid hubieran firmado que lo consiguió con creces.A sus 39 años, Phil Collins es uno de los músicos que han contribuido a convertir el pop en una de las músicas populares de la segunda mitad del siglo XX. El británico es uno de los nuevos crooner que han estandarizado el pop, revistiéndolo de clasicismo y poniéndolo al alcance de audiencias masivas a costa de no correr excesivos riesgos. Un sólo dato: de su último disco, But seriousIy, ha vendido en nuestro país más de 600.000 ejemplares. Su recital en el Pabellón de la Comunidad de Madrid fue la demostración palpable de que este nuevo clasicismo puede alcanzar gran altura artística siempre que se aborde con seriedad, rigor, profesionalidad y sencillez.

Phil Collins

Phil Collins (voz, batería y teclados), Daryl Mark Stuermer (guitarra), Leeland Bruce Sklar (bajo), Chester Cortez Thompson (batería), Brad Cole (teclados), Michael Maurlee Davis (trompeta), Harry Kim (trompeta), Donald Myrick (saxo), Louls EdwardSatterfíeld (trombón), Bridgette Bryant (coros), Amold MeCuller (coros), Frederick C. White (coros). Pabellón de Deportes de la Comunidad. 11.000 personas. Precio: 3.500 pesetas. Madrid, 23 de mayo.

Comenzó con Hand to hand, un largo tema instrumental que caldeó el ambiente, permitió comprobar la solidez de sus músicos y mostró las dificultades de sonórizar el Palacio de Deportes de la Comunidad, que el equipo técnico de Phil Collins superó conforme transcurrían los minutos, hasta conseguir un excelente sonido. Quizá por estos problemas iniciales -el bajo de Leela d Sklar sonaba confuso y la guitarra de Daryl Stuermer apenas se entendió hasta la interpretación de Dont lose my number, a los 30 minutos de recital-, a Collins le costó alcanzar el grado de comunicación que el público esperaba.

Pero el británico es un viejo zorro y sabe muy bien cómo plantear un recital. A una canción lenta, especialidad con la que Phil Collins ha logrado sus éxitos más significativos, sucedía otra de ritmo más vivo que levantaba los ánimos. Y tras la ternura aparecía la catarsis; tras la melancolía, la alegría; tras la tranquilidad, el vigor. Así llegaron la,, baladas Another day in paradise, In the air tonight y One more night, y la fuerza de You cant hurry love (versión de un clásico de The Supremes compuesto por Holland, Dozler y, Holland), Sussudio y Easy lover.

La progresión in crescendo del concierto fue excelente. La capacidad de Phil Collins como compositor de melodías capaces de calar en el público quedó demostrada en las baladas. Su amor por la música negra, por el soul de los sesenta, fue palpable en las canciones más rápidas. En las primeras también demostró imaginación para utilizar la programación rítmica y dulzura en los arreglos. En las segundas permitió el lucimiento de sus músicos con arreglos más tópicos y lineales. En ambas, Phil Collins apareció como un músico serio, honesto, sin querer dar gato por liebre.

El público, protagonista

Sudó la camisa cuando compitió con Chester Thompson a la batería sin desmerecer. Creó un ambiente cercano, casi familiar. Transformó el palacio en una casa. Se erigió en un maestro de ceremonias cálido y bienhumorado. Se ofreció entrañable y alejado de todo dívismo. Y al final, de nuevo en el tiovivo, consiguió que el público se convirtiese en el protagonista del recital cuando 11.000 voces acabaron corcando Take me home (Llévame a casa) con el cantante en función en director. Habían transcurrido 150 minutos y 27 canciones. Collins cerraba en Madrid su gira europea. Había ganado la sencillez de tío Phil.

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