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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

La democracia parlamentaria en el mundo

Acaba de celebrarse en Estrasburgo, bajo los auspicios del Consejo de Europa, un congreso sobre la democracia parlamentaria, en el que han participado representantes de todos los Parlamentos democráticos europeos y de otros no europeos miembros de la OCDE. El autor traza aquí un balance de esos debates y el sumario de críticas a este sistema de representación.

El perfeccionamiento de la democracia parlamentaria, que es la única arma democrática de Gobierno, se hace posible gracias, precisamente, a su actitud modesta de ponerse en cuestión ella misma en la incesante búsqueda de un frágil equilibrio entre los valores de la libertad y de la igualdad, que recuerda, como dice Duverger, la técnica de la aviación, que mantiene en el aire algo más pesado que el aire. La democracia es el único sistema político que es capaz de conciliar la eficacia del Estado con su legitimidad, el poder con la libertad individual.Pero la democracia parlamentaria, que funciona desde hace dos siglos, está ausente en la mayoría de los países del mundo y es todavía más un método de representación política que de participación social, que se manifiesta más en postulados formales que en actuaciones reales.

Del amplio temario debatido en Estrasburgo entresaco los siguientes puntos:

Separación de poderes

La separación de poderes y el imperio del Derecho son principios fundamentales que deben reafirmarse en la democracia. En cuanto al primero, se constata, sin embargo, que la supremacía del poder ejecutivo convierte a veces la división de poderes diseñada por Montesquieu en una distribución funcional del poder entre diversas personas que se hallan condicionadas por deber su nombramiento, directa o indirectamente, al Gobierno. Se hace necesario robustecer el prestigio del poder legislativo. Con frecuencia, los ciudadanos se muestran decepcionados cuando constatan que en realidad la toma de decisiones políticas se efectúa más por los burócratas y los expertos al servicio de los Gobiernos que por los representantes elegidos por el pueblo. Como denuncia Max Weber, los representantes públicos pueden convertirse en un rebaño disciplinado, si se exceptúa algún excéntrico y los miembros del aparato a quienes corresponde el padrinazgo de la distribución de cargos. En el Parlamento es preciso que las actuaciones no se limiten sólo a los jefes de fila de los partidos y se posibilite la intervención espontánea de los parlamentarios en aquellos temas de su interés.

La democracia hoy necesita reforzar los controles clásicos del poder a través de un fortalecimiento del papel de la oposición política que, asumiendo los principios democráticos, debe poseer los mecanismos adecuados para ejercer su importante función con efectividad. Tenía razón Benjamín Disraeli cuando señalaba la paradoja de que ningún Gobierno está seguro sin una fuerte oposición.

Control de los poderes públicos

En cuanto al imperio del Derecho, éste debe convertirse en un formidable control de los poderes públicos, que no podrán traspasar sus propios ámbitos de competitividad. La relevancia del Derecho en la democracia tiene su momento cumbre en la exigencia del respeto de los derechos fundamentales de la persona como elemento legitimador de toda acción política. Motivo frecuente de conflicto entre poder y Derecho lo constituye el que un aumento de la delincuencia y del terrorismo haga caer a los Gobiernos en la tentación de recurrir a legislaciones especiales, desprovistas de las garantías necesarias exigidas por los derechos fundamentales. Por encima de los acuerdos de las fuerzas políticas representativas, que siempre serán necesarios en cuestiones muy concretas, la clave de la democracia consiste en hacer posible la participación política de los ciudadanos. Una democracia será sólida cuando no tenga necesidad de tutelas porque su principal soporte lo constituye la participación popular.

Los partidos políticos, a condición de que funcionen, son una escrupulosa democracia interna, constituyen el núcleo fundamental de la participación política y ejercen una tarea irremplazable, ya que, desde su ideología concreta, se preocupan de la sociedad en general, al contrario de los grupos o asociaciones de intereses particulares.

Empresarios y sindicatos

Organizaciones sindicales y empresariales son también elementos indispensables de participación social con efectos sobre la vida política. Sin embargo, deben actuar dentro de los límites de su representación. A veces, unas u otras intentan imponer su voluntad a la mayoría de la sociedad, explotando una fuerza de negociación desproporcionada a su representatividad.

Pero el monopolio de la participación política no lo poseen ni los partidos políticos ni los políticos profesionales, sean o no parlamentarios. La vitalidad de la democracia necesita propiciar nuevos cauces de participación. En este sentido, no sólo se ha de respetar la actividad de las minorías, sino también estar abiertos a sus alternativas. Com6 señala Pascal, al final de cada verdad es necesario admitir que se encuentra la verdad contraria. A movimientos sociales tales como los de la paz, del medio ambiente y de defensa de los derechos civiles no sólo se les debe soportar o incluso identificarse con ellos por estética, sino también facilitarles el acceso a los poderes del Estado para que puedan presentar y defender sus reivindicaciones. Siempre que sea sin violencia, incluso las manifesitaciones públicas de protesta son muestra de la rica psicología de la democracia y no de su patología. Sólo una plena participación política permite a la democracia adaptarse a la compleja realidad social y a sus circunstancias cambiantes. Alvin Toffler señala que los partidos políticos fundados sobre un mundo de movimientos lentos deben transformarse en partidos modulados, adaptables a las fluctuaciones de la realidad social. Los partidos del mañana, escribe el autor de La tercera ola, serán partidos intermitentes.

La importancia de la información, la propiedad de los media, así como las ayudas económicas del Estado son temas que también se debatieron en Estrasburgo, subrayándose el que la información, al propio tiempo que vehículo para la participación, es también un medio indispensable de control del poder político. Para muchos políticos el test democrático consiste en la capacidad de encaje de la crítica política. Es cierto que hasta ahora las aportaciones de la democracia han sido más brillantes en el campo de la teoría de las libertades públicas que en la conquista del bienestar material.

Por ello, el reto de la democracia hoy es ser una democracia eficaz. No debe ser contemplada sólo como el único sistema de legitimación del poder político, sino como el más capaz para establecer soluciones económicas equilibradas y justas. No cabe duda que la participación política se encuentra hipotecada en los sistemas democráticos por la seria amenaza del paro, de la recesión económica y por el desencanto político que ello produce, principalmente en los jóvenes. En la Comunidad Económica Europea el paro afecta en un 42% a los menores de 25 años. Se hace, por tanto, urgente buscar fórmulas de compromiso entre la libertad de empresa y la actuación económica del Estado. En Estrasburgo se ha solicitado que se añada a la Convención Europea de Derechos Humanos un nuevo capítulo económico y social.

Autoridad moral

La democracia perderá la autoridad moral que ostenta en el mundo, y principalmente entre los jóvenes, que no admiten la hipocresía, si los Gobiernos democráticos no condenan claramente los regímenes dictatoriales. El caso de Turquía, miembro, todavía, del Consejo de Europa, supone claramente una contradicción democrática. Los países democráticos perderán también su prestigio si se muestran complacientes con el gran foso que separa el Norte del Sur, los países ricos y los países pobres, y con la situación de hambre que afecta a más de la cuarta parte del mundo. Incluso en la propia Europa la insolidaridad está bien patente, como lo demuestra el hecho, denunciado en Estrasburgo, de las discriminaciones educativas y laborales de los emigrantes, en una, muestra de indudable xenofobia.

Debe quedar bien claro que hoy ninguna nación, ningún grupo de naciones pueden salvarse por sí solas. Ni hay progreso real a nivel nacional si el progreso mundial no está asegurado. Tal es la inevitable realidad de la interdependencia reciente del mundo de hoy. Debemos reconocer, como señala Pierre Trudeau, que si el pasado de la humanidad ha sido heterogéneo e inconexo, no habrá más que un mismo futuro para todos.

Manuel Núñez Encabo es catedrático, diputado del PSOE y miembro del Consejo de Europa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de octubre de 1983