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Tribuna:

LOS ULTIMOS DIAS DE SAIGON

En abril de 1975 las tropas regulares norvietnamitas y las unidades del Vietcong entraban en Saigón. Terminaba así una de las guerras más enconadas, crueles y extensas de cuantas la humanidad tiene noticia. Detrás quedaban casi cuarenta años de resistencia armada, de vida colonial y «escalada» de terror. También los sueños y las esperanzas de una parte nada despreciable del pueblo de Vietnam del Sur. Y una larga letanía de lealtades, corrupciones, traiciones y ambigüedades. Un escritor francés, Jean Lartéguy (autor entre otras obras de Los centuriones, Los pretorianos y Los mercenarios) llegó a Saigón en vísperas de que la resistencia se desmoronara y entraran en la bella capital, guerrilleros y norvietnamitas. De esta experiencia apasionada, nació un libro: Adiós a Saigón. Iniciamos hoy la publicación de un amplio estracto de este libro que próximamente aparecerá en España editado por Ultramar.

Acaba de caer el telón sobre Saigón -dice Lartéguy en la introducción de su libro- y sobre veinticinco años de mi vida. Desembarqué allí por primera vez en 1950. Había hecho la travesía a bordo de un hermoso barco, La Marsellesa, como tantos otros jóvenes oficiales que nos habíamos comprometido con la muerte. En el bar de la primera clase hacíamos sonar nuestras monedas para atraer la atención de las bellas euroasiáticas que regresaban a ese exótico paraíso. Volvían para reunirse con sus maridos, generalmente funcionarios o propietarios de plantaciones.Fui expulsado el 28 de mayo de 1975, después de una agitada y larga relación. Guerra entre sectas religiosas que pudo costarme la vida; asesinato de Diem; arribo masivo de los GI; golpes de Estado sucesivos; Khanh luciendo su perita y sin nada en la cabeza; Cao Ky exhibiendo sus brillantes uniformes de aviador; Thieu que carecía de rostro y el «gran» Minh que prefería permanecer callado porque no tenía nada que decir, pero que jugaba bien al tenis y cultivaba orquídeas.

Esa ciudad de la que me echaban había dejado de llamarse Saigón y era ahora Ho Chi Minh, la ciudad del tío Ho. Cada día me resultaba más extraña; ya no tenía nada que hacer allí.

La otra, aquella que había amado, murió cuando los tanques soviéticos, conducidos por tropas norvietnamitas, derribaron las verjas del Palacio Presidencial que sólo requerían ser abiertas.

Los tres marcianos llegados de Hanoi, hombrecitos verdes que tenían cascos de fibra y revólver al costado, que, en un simulacro de juicio, me notificaron de mi expulsión «a causa de mis escritos», no se daban cuenta que yo estaba ya decidido a tomar el avión al día siguiente y que me disgustaba permanecer más tiempo a la cabecera de un cadáver. Estreché sus manos como se hace con los enterradores que han realizado bien su trabajo.

Esto no es un libro. Algún día quizá lo escriba. Este no es más que mi adiós a Saigón. Es también la historia de los cinco días que duró su agonía y el relato de su muerte. Nada más que anotaciones atropelladas recogidas sobre el papel en mi habitación del hotel Continental.

25 de abril de 1975

Aquí estoy, por fin, en Saigón. No ha sido fácil llegar. Hasta último momento creí que no pasaría del aeropuerto de Tan Son Nhut.

Dos días antes había solicitado visado en el consulado de Vietnam del Sur. Debía realizar, con Raoul Coutard (¹) un documental sobre la caída de Saigón para un programa de TV. Con una conceptuosa carta de la televisión francesa me presentó bajo mi verdadero nombre, sin recurrir al de Lartéguy, seudónimo que inventé para publicar algunos artículos dejando de lado la obligación de solicitar a mis superiores «un permiso para escribir». En esa época era todavía oficial del ejército.

Coutard obtuvo su visado; a mí me lo negaron.

De nuevo me han jorobado. Figuro en la lista negra con mis nombres posibles. Tienen un expediente, muy completo, con todos mis antecedentes. Estoy prohibido como en los tiempos de Diem, o en los de Khanh, como al principio del reinado de Thieu. Pero Cao Ky, nada más que para fastidiar a su rival, ha resuelto encontrar los medios de hacerme pasar la frontera.

Esta vez soy culpable de haber escrito algunas verdades desagradables sobre el régimen de su jefe.

«Thieu es católico, astuto, cavilador, y tan cauteloso que, según se cuenta, no confía en nadie, ni siquiera en su imagen cuando la ve reflejada en un espejo. Si sigue así terminará por hacerla arrestar...»

«Vietnam tiende a parecerse, cada vez más, a la China del Kuomintang antes de la llegada de Mao. Saigón es Shangai, pero más vistosa... El jefe de policía de Cia Dinh ha comprado su cargo en diez millones de piastras y el de Thon Binh, en veinte millones. En Cholon el puesto está todavía en venta. Cuando me fui ya se cotizaba en los veinticinco millones de piastras...»

El agregado de prensa de la embajada, un tal Ghia, pariente de otro Ghia que tiene su influencia en el Gobierno de Thieu, se niega a recibirme.

Por el teléfono interno del consulado, me repite:

-Estoy desolado, pero usted figura en la lista. Debo enviar un telegrama a Saigón para pedir instrucciones a mi gobierno.

Le complico la vida:

-¿Qué gobierno? Thieu está liquidado y lo va a reemplazar el general Minh. Y el general Minh, usted lo sabe muy bien, es uno de mis amigos. ¿Quién responderá a su telegrama? No hay más gobierno, Saigón caerá en un par de días. Debo estar allí con Coutard para filmar lo que va a ocurrir.

He querido a este país y a esta ciudad y he deseado siempre la victoria del Sur, pero eso no me ha Impedido descubrir que su régimen estaba podrido y llevaba el país a su ruina.

Ghia se embarulla, se excusa de no poder hacer nada. Debe esperar la autorización de un gobierno que no existe y de un ministro que se ha escapado. Desde Saigón no hay respuesta.

Thieu prepara sus valijas, embala sus tesoros en cajones y el valiente Houng que lo ha reemplazado está sordo como una tapia. Es difícil imaginárselo respondiendo a una llamada telefónica. También está ciego: se lo concibe menos todavía leyendo un telegrama. Lo recuerdo como si se tratara de un adorno, como un hombre valiente pero totalmente ineficaz.

Mañana partirá el avión que, probablemente, será el último en aterrizar en Tan Son Nhut.

Decido correr el riesgo. Tomo un pasaje hasta Hong Kong, sabiendo que el aparato de Air France no pasará de Saigón, donde se llenará con los refugiados franceses, vietnamitas y norteamericanos. Allí pediré un visado de tránsito y, en el bochinche que debe reinar, tendría que aparecer un policía muy maldito para fijarse en mí. Especulo con el hecho de que todo francés tiene derecho a un visado de siete días, a menos que figure en la famosa lista negra.

El 24 de abril salimos en un Jumbo casi vacío. Parece un cine de Champs-Elysées donde se estuviese exhibiendo un filme intelectual de esos que recomienda el crítico de Le Monde.

Entre los pocos pasajeros, con su facha de corso de los trópicos, veo al senador Paul d'Ornano, representante de los franceses de Extremo Oriente, quien lleva para sus electores un mensaje del presidente de la República pidiéndoles que permanezcan en sus puestos. Viajan también cuatro enfermeras de Air France, chicas muy bien, que han conseguido permiso para ir a cuidar a los refugiados. Parecen bastante distintas a las muchachas que desfilan por mi barrio (Saint-Germain-des-Prés), ésas que

Los últimos días de Saigón

se visten generalmente en lo de Saint-Laurent y Giudicelli, pero llevan Le Nouvel Observateur bajo el brazo y ponen cara de pertenecer al café de Flore. En el interior del enorme avión el ambiente es el del fin del mundo. Formamos un pequeño grupo que no se conoce, pero nos sentimos todos muy próximos. Quisiéramos abrazarnos unos contra otros. Con un poco de ansiedad me sigo preguntando: ¿lograré pasar o me rechazarán como indeseable? Si me retienen en el aeropuerto, encontraré el medio para pasar distribuyendo unos cuantos dólares.Llegamos a Saigón. El corazón me, late más rápido. Tengo suerte. En cuanto desembarco, encuentro al cónsul general que conocí en Laos, monsieur de Beauvais, quien ha venido para recibir al senador Paul d'Ornano, y a mister Morgan, un astuto euroasiático habituado a cualquier clase de trampas y maniobras, quien se ocupa en seguida de mi pasaporte. Veo que habla con el policía sin imaginarme qué historia le estará contando, mientras el otro sella maquinalmente el documento. Ya tengo mi visado de tránsito. Ni siquiera han mirado en sus fichas. Este Morgan debe ser un buen jugador de póker, o un excelente ilusionista. El bulto ha pasado.

Aquí estoy, en Saigón. Una impresión sorprendente, porque la ciudad que descubro no ha cambiado nada desde mi última visita, en 1971. Siempre la misma oleada de motonetas, de Citroëns desmantelados, como verdaderas cacerolas traqueteadas que caminan a gas-oil, los mismos olores de la nafta, la misma pestilencia. Jeeps y camiones militares transportan más civiles que soldados y un verdadero cambalache de materiales que no tiene nada que ver con la guerra. La policía se mantiene indiferente ante esa circulación anárquica que es la imagen del país. Cada uno hace lo que se le antoja pese a que, según los diarios franceses y norteamericanos, la situación es dramática. Se dice que los viets están a veinticinco kilómetros de Saigón, que una violenta batalla se está desarrollando en Xuan-Loc, que se habría utilizado la famosa bomba de oxígeno CBU, con millares de muertos.

En Vietnam hay que evitar siempre el contacto con los funcionarios importantes que no pueden reclamar decentemente su comisión; hay que recurrir a la multitud de pequeños intermediarios astutos que saben arreglar perfectamente las cosas, sin ruido.

Pero los acontecimientos se van a precipitar de tal forma que no tendré jamás necesidad de pedir el visado.

Mi primer paseo por la ciudad. Salgo para tomar un poco de aire. Comienzo por averiguar cómo está el cambio. En Saigón es un barómetro infalible. Lo fijan no sólo las fantasías de los periodistas que difunden noticias verdaderas y falsas, sino principalmente los chinos y los malabares, gente muy seria que sabe medir con certeza la situación. La piastra se cotiza a 3.500 por dólar, pero los billetes de cien se negocian a 4.000. Oficialmente, un dólar vale 755 piastras. Saco en conclusión que ciertas personas bien informadas están muy inquietas por los acontecimientos y se preparan a izar velas.

Trato de telefonear a mis amigos, personalidades del antiguo o del nuevo régimen, senadores o generales, directores de diarios o simples periodistas. Un sirviente me responde invariablemente: «El señor ha salido» o «El señor y la señora han salido, no están» o «Es probable que el señor regrese mañana». A veces se trata de un sollozo entrecortado: «El señor partió de vacaciones. ¡Hi! ¡Hi!».

Me largo sobre la pista de algunos amigos chinos. La misma historia. Del otro lado no contesta nadie. Cierto número de chinos y vietnamitas ya se han ido, entre ellos los ricos y los que ocupaban posiciones importantes. Se ha quedado la morralla o los indiferentes -forman legión- o los que todavía no han encontrado la forma de marcharse de una ciudad ya lista para el luto. Regreso a mi habitación y comienza la cabalgata de los recuerdos.

La terraza del Continental, a las siete de la tarde, este viernes 25 de abril de 1975. Tomo una copa con algunos periodistas que han venido para presenciar el fin de Saigón. Los veteranos ya no están. Bodard, Clos Ullman y todos los otros, los llamados periodistas asiáticos. Schoendorffer, que termina una novela, no ha podido venir. Bernard Fall ha volado con una bomba.

Alrededor de nosotros, el habitual cortejo de travestis, putas, mendigos, inválidos falsos y verdaderos que extienden sus muñones, y chicos como moscas que no se pueden atrapar. Están al acecho, listos para obtener lo que uno quiera, muchacha o varón, y no importa qué droga. También para robarse una cartera si se presenta la ocasión.

Del otro lado de la calle, los pequeños caballeretes de los vendedores de cigarrillos. ¡Todo está tan calmo! ¿Dónde está la guerra?

Pero en el aeropuerto de Tan Son Nhut, camiones repletos desembarcan norteamericanos y vietnamitas sobre la pista. Sin pasar por la aduana o los controles de la policía, se meten en el vientre de los gigantescos Galaxy que despegan en seguida, preferentemente de noche.

Entre 2.000 y 3.000 refugiados, desbordando a las fuerzas de la policía, han intentado tomar por asalto uno de esos aparatos. Los norteamericanos se comprometen a evacuar 130.000 vietnamitas por los cuales estiman tener «una obligación moral», entre ellos 50.000 clasificados en la categoría muy peligrosa que corren el riesgo de perder la vida si se quedan en Vietnam. Se trata de diferentes personalidades políticas, agentes de los servicios de informaciones, policías y adictos. Han partido ya unos 30.000. Un día antes, los norteamericanos creían poder disponer todavía de una semana y solucionar el problema acelerando la ronda de los C.130 y C.141, pero las informaciones del frente son muy malas. El cerrojo de Xuan Loc se mantiene, pero ha sido desbordado y la XVIII división de infantería que defendía esa posición se ha replegado sobre Trang Ban, a mitad de camino entre Saigón y Xuan Loc. La caída de la provincia de Ham Tan deja en descubierto Vung Tau (el cabo Saint-Jacques), puerto marítimo de Saigón a 65 kilómetros de la capital, por donde podría efectuarse una evacuación masiva. Los norteamericanos podrían haber desembarcado tropas, algunos miles de infantes de marina para establecer un corredor entre Saigón y el cabo Saint-Jacques. Es demasiado tarde. La base aérea de Bien Hoa ha sido devastada por la artillería de los comunistas.

Si Bien Hoa cae -y ya nadie puede impedirlo- Vietnam del Sur no dispondrá más que de un solo aeropuerto: Tan Son Nhut. Bastarán algunos cohetes para inutilizarlo.

El Chase Manhattan y el First National City Bank han cerrado sus puertas. El Bank of America no tardará en hacer lo mismo. La mayor parte de las compañías aéreas, con la excepción de Air France, UTA y Air Vietnam, no aseguran ningún vuelo. Pretexto: los C.130 y C.141 norteamericanos habrían atraído el fuego de las armas enemigas.

Huong, honorable anciano enfermo que ha reemplazado al general Thieu, consulta a unos y otros, al embajador de Francia y al de los Estados Unidos, además de otras personalidades locales cuyos nombres han quedado ya en el olvido. Estudia la situación. Atentamente. Ha tomado medidas importantes. ¿Acaso no ha reemplazado a un general por un coronel como prefecto de Saigón?

Se acerca el final y me cuesta creerlo. Saigón, que tantas veces se ha salvado por milagro; pero esta vez es difícil imaginar cómo podría ocurrir. Las cuatro divisiones encargadas de defender la capital están prácticamente aisladas.

Toque de queda a las ocho de la noche. Comemos en el jardín, atrás del hotel. Un cohete luminoso brilla por un instante, suspendido en el extremo de un paracaídas. Desde mi cuarto contemplo la calle vacía. No se ve a nadie, ni siquiera una patrulla. Algunos tiros en la noche, pero lejanos. Mañana, espero, llegarán Merlin y Mathurin, el cámara y el técnico de sonido que integran nuestro equipo de filmación. Ya tienen que haber tomado el avión en la escala de Bankok. Han intentado, en vano, entrar en Camboya por Laos.

Pasan cosas extrañas en Phnom Penh. La «liberación» de la ciudad empieza con una fiesta y termina en matanzas y deportación masiva de la población.

¿Qué liberación nos tocará conocer en Saigón?

El presidente Thieu se habría marchado esta noche para Taiwan con sus toneladas de equipaje, toda una colección de jades, antigüedades y, según se dice, el oro del tesoro nacional.

El Correo del Extremo Oriente titula a lo ancho de su primera plana: «El presidente Giscard d'Estaing ha conversado telefónicamente con el embajador de Francia en Saigón».

Esta sí es la gran novedad. Como si no existiese otra que lo que se hace y se discute en París.

Declaración del senador de los franceses, Paul d'Ornano, que ha viajado en el mismo avión que nosotros: «Me siento feliz de encontrarme entre los franceses de Saigón, a quienes veo también tan tranquilos y tan dignos como hace tres semanas, cuando estuve aquí, y me encuentro igualmente feliz de poder decirles que el presidente de la República me ha recibido, justo antes de partir de París, para subrayarme toda su solidaridad hacia la comunidad francesa de Saigón, cuyo coraje y calidad conoce tan bien...»

Paul d'Ornano espera permanecer en Saigón unos diez días y regresar a París ¿No estará también delirando? ¿Dónde estaremos dentro de diez días? ¿Bajo los escombros de Saigón, lamiendo nuestras heridas? ¿Prisioneros de los viets? ¿Rehenes?

«La esperanza de negociar una solución pacífica es todavía posible», declara Jean Sauvagnargues.

Me gustaría verla, porque en esta mañanita calurosa, mientras comemos frutas y tomamos café, prestamos también atención a los ruidos que se perciben sordamente. ¿Ese rumor? Un tanque. ¿Esa explosión? ¿De dónde viene?

Un chiquilín pelirrojo se desliza entre las mesas. Trabaja con un equipo de radio y está «colaborando». Es el hijo de nuestro ministro de Relaciones Exteriores y le provoca sudores fríos a Jean-Marie Merillon, nuestro embajador, que lo ha hecho detener por dos gendarmes. Conducido a la embajada, se esperaba despacharlo a Francia, pero el pequeño Sauvagnargues saltó el muro y está de nuevo entre nosotros.

Se confirma una tregua.

He aquí las condiciones impuestas por el GRP antes de tratar:

1. Formación en Saigón de una nueva administración que no excluya ningún integrante del equipo de Thieu.

2. Esa administración deberá pronunciarse por la paz, la independencia, la democracia, la concordia nacional y la aplicación de los acuerdos de París.

3. Deberá exigir la partida inmediata de los militares norteamericanos con ropas civiles y la retirada de los buques de guerra y de los infantes de marina norteamericanos de las aguas territoriales de Vietnam del Sur.

4. Deberán garantizarse las libertades democráticas y liberar a los prisioneros políticos.

Sólo queda en la pista el general Duong Van Minh; pero el presidente Tran Van Huong, en el poder desde hace cinco días, quisiera contar todavía con una semana. Le ha propuesto al «gran» Minh. el cargo de presidente del Consejo con plenos poderes, pero aquél lo ha rechazado.

Y aquí estamos.

El general Cao Ky, el desgraciado rival de Thieu, el pequeño aviador con bigotes y deslumbrantes mamelucos de vuelo, ha reaparecido, ¿De dónde sale?

Declara que sostendrá al general Minh. Según su opinión, un nuevo gobierno era necesario para reconquistar la confianza popular y establecer un plan que permita el cese del fuego. Trataría inclusive de estabilizar: la situación militar con un grupo de generales que son «los mejores del ejército del Sur». Tiene todavía tiempo disponible porque me hace saber, que está dispuesto a concederme una entrevista.

El viceprimer ministro (debe ser el general Tran Van Don), que es también ministro de Guerra, ha decidido, por su parte, tomar enérgicas medidas contra los ciudadanos que intenten abandonar el país.

¿Qué medidas? ¿Quién las puede tomar? No queda nada. Sólo el caos militar y el vacío político. En cuanto a Don, no arriesga gran cosa. Nacido en Burdeos es ciudadano francés. Y aunque ha quemado, susgalones de oficial francés y su pasaporte -para quedar bien con Diem y su cuñada- sabe que no puede perder su nacionalidad. ¡Pura pantomima!

Pero, de improviso, llega el rumor que baja la cotización de la moneda y del oro. Lo recogen todos los diarios, tanto el Saigón Post como El Correo del Extremo Oriente.

Se habría producido un golpe de Estado en Hanoi. Giap estaría refugiado en Moscú, mientras cinco divisiones regresarían hacia Vietnam del Norte para restablecer el orden.

Sólo así se explicaría la tregua.

Se me da una versión más realista: las tropas comunistas habrían hecho un alto esperando que se constituya un nuevo gobierno, el de Minh, con el cual Hanoi estaría dispuesto a negociar.

Por su parte, el portavoz del Pentágono se limita a comprobar la calma que reina en Vietnam del Sur. La atribuye a la necesidad de las tropas comunistas de reaprovisionarse de combustible y municiones.

Tengo más bien la impresión que los norvietnamitas están concentrando sus fuerzas alrededor de Saigón para lanzar el asalto final. ¿Qué interés pueden tener en tratar con Minh en lugar de hacerlo con Huong? El papel de mediadora que quiere jugar Francia no influirá sobre esos nacionalistas extremos, susceptibles, que, conviene no olvidarlo, recuerdan constantemente nuestra ocupación del país a través de un siglo.

Delante de la embajada y el consulado norteamericanos, la multitud de aspirantes a ser evacuados es más grande que nunca y el tránsito ha debido der desviado.

Frente al hotel se venden libros -algunos antiguos- que pertenecían a bibliotecas privadas. Desconfío de sus opígenes. Los sirvientes han comenzado a robar en las casas abandonadas por sus dueños. Por unas pocas piastras adquiero el Viaje de exploración a Hué, en Cochinchina (París, 1889).

En sus páginas leo:

«Los anamitas no conocían ni pactos, ni promesas, ni palabra de honor. Ni duelos ni venganzas. Para jurar que harán algo se grita: «Si muero que me convierta en perro o en cerdo», o bien «¡Que Dios me aplaste!», pero semejantes exclamaciones no se escriben ni comprometen a nadie.

A las nueve de la mañana hace ya mucho calor. Van a comenzar las grandes lluvias de los monzones, pero las pesadas nubes que cubren el cielo todavía no revientan.

(1) Raoul Coutard. Treinta años de experiencia indochina. Se enroló como voluntario en 1945, después fotógrafo de los Servicios Oficiales. Junto a Jean-Luc Godard se convierte luego en uno de los grandes iluminadores del cine francés y crea todo un estilo. Hizo con Schoendorffer La Sección 317 y realizó un hermoso filme sobre ese pais que tanto amó, Hoa Binh, premiado en el festival de Cannes.

(Continuará)

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de julio de 1976

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