Siempre suyo, señora Pfeiffer
‘The Madison’ es una serie más que digna, tiene algo bonito, no hay empalago. Sí sufrimiento creíble


¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Tituló inquietantemente Carver uno de sus relatos. Yo lo he tenido claro varias veces a lo largo de mi existencia. Su nacimiento, su plenitud, su desgaste y su finitud. Y la certidumbre de volver a sentirte como una isla. Pero con el cine ese amor perdura siempre. En mi caso, con el eterno cuelgue que me provocó una señora maravillosa llamada Michelle Pfeiffer, aunque no te la pudieras comer ni beber. Era la suprema belleza, su mirada, su sonrisa, su gestualidad, su forma de moverse, de hablar y de escuchar. Era inteligencia y sensualidad, estilo genuino y permanente, alguien con capacidad para derretir incluso a un témpano.
Fue mi chica de la luna. Y me enamoré a perpetuidad. Imagino que como millones de espectadores. Sé que el día más negro se me va a iluminar al volver a ver tres películas suyas que me derriten. Por supuesto que admiro su talento de actriz, pero también siento otras cosas. Son Los fabulosos Baker Boys, La edad de la inocencia y Las amistades peligrosas. Son de amor y ninguna tiene un final feliz. Estaría reñido con el romanticismo, ese eterno perdedor.
En la primera, vete a saber si el pianista que no puede ejercer su arte porque tiene que buscarle la vida a su hermano, y la cantante que han contratado, que ocasionalmente también ejerce de puta, van a volver a encontrarse alguna vez en las calles. Y qué espanto en la segunda que las convenciones sociales y la hipocresía de la clase privilegiada impidan que se consuma una pasión abrasiva y eterna. Y en la tercera Pfeiffer acaba muerta debido al amor. Se convirtió en el objetivo de caza de un seductor profesional y sofisticado, un atractivo canalla que se ha propuesto conquistarla y destruirla para ganar la apuesta con una competidora diabólica.
Y me acerco con cierto miedo a esta señora increíble en la serie The Madison (SkyShowtime), que ella protagoniza. Me aterra que la cirugía facial la haya arrasado intentando conservar su legendaria belleza. Debe de tener setenta años. Ya llegó su invierno. Pero no percibo lo que me temía. Transcurre en Montana, en una naturaleza salvaje que su difunto marido amaba aunque ellos, sus hijas y sus nietas pertenezcan de siempre al pijerío de Nueva York. Es una serie más que digna, tiene algo bonito, no hay empalago. Sí sufrimiento creíble. Y Michelle Pfeiffer sigue poseyendo autenticidad, matices, encanto. Y también muchos años. Pero no hay manera de que me desenamore de ella. Y, sobre todo, de su recuerdo. Eso ocurre pocas veces. Solo con algunas diosas.
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