Columna
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Ser impostor es el mejor remedio contra el síndrome del impostor

Interpreto ‘Ted Lasso’ en parte como una fábula sobre los intrusos. En un mundo tan superpoblado de expertos, la mirada del paracaidista ayuda a entender las cosas

Nick Mohammed, Jason Sudeikis y Brendan Hunt, en 'Ted Lasso'. Vídeo: tráiler de la segunda temporada.

Es una pena que tan poca gente vea Apple TV —y no por sus dueños, quienes parecen más preocupados por gestionar su plataforma como un club de campo con derecho de admisión que como una tele de masas—, porque también es muy poca la gente con la que comentar sus excelentes series, y sin el seriefórum de después, esta afición pierde parte de su gracia. Asumo, por tanto, que solo una minoría de lectores sabe qué es Ted Lasso, cuya segunda temporada se estrena ahora. No me puedo ahorrar la sinopsis.

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Una señora británica muy pero que muy rica se divorcia del crápula de su marido, y en el divorcio se queda con una de sus propiedades, un equipo de fútbol de la Premier. Lo primero que hace es despedir al entrenador y contratar a un tipo de Estados Unidos en cuyo currículo solo destacan dos líneas: entrenó a un equipo amateur de fútbol americano y se hizo famoso con un baile celebrativo en un vídeo viral. Ted Lasso no sabe absolutamente nada de fútbol —nada de nada—, pero acepta el trabajo.

Empieza ahí un disparate que yo leo en parte como una fábula sobre los intrusos. En un mundo tan superpoblado de expertos, la mirada del paracaidista ayuda a entender las cosas. El mejor remedio contra el síndrome del impostor es serlo tú mismo. Tony Judt escribió sobre el valor de la mirada periférica en autores como Kavafis o Camus, que revolucionaron la cultura de sus países desde la distancia y con un camino biográfico totalmente ajeno a los ritos de iniciación de los parnasillos griego y francés. Cuando Camus murió, aún quedaban muchos petulantes parisinos que se preguntaban de dónde carajos había salido aquel argelino sin credenciales y por qué les había robado el Nobel. Sin Ted Lassos, las profesiones devienen mandarinatos, y la vida, jerga aburrida.

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