GENTE CON LUZ

Carles Francino: “Para mis hijos pequeños sigo siendo Superman, pero con dudas”

El periodista, emocionadísimo en su vuelta a la radio tras pasar la covid, se confiesa desbordado por el afecto recibido y confiesa que, tras la “hostia” de la enfermedad, la vida le ha dado una bola extra

Carles Francino, el pasado jueves. Fotografía: B. P. Vídeo: OLIVIA LÓPEZ BUENO / PAULA CASADO

Llega a la radio directo del hospital donde las pasó “canutas” con la covid y donde hoy le han puesto un holter para controlar su actividad cardíaca durante 24 horas como parte de su proceso de recuperación. Por eso, para no remover los cables con el trajín del cambio de ropa, no se pone la camiseta con la leyenda “la hostia” —uno de sus habituales tacos-muletillas— que la periodista Nieves Concostrina, colaboradora de La ventana, le envió durante su baja para que la usara como bandera cuando volviese a antena. El jefe está como siempre y como nunca. Aún no ha recuperado del todo el fuelle del excentrocampista que ultimaba la alineación de la pachanga de amigotes de los sábados durante la emisión del programa, aunque sus abrazos siguen haciendo crujir las costillas del prójimo. “Tengo anticuerpos para exportar”, justifica las efusiones. Lo nuevo es el agua que le inunda sin desbordarse los ojos y el temblor que le quiebra la voz sin rompérsela del todo ante ciertas preguntas. Está tocado y no tiene el menor interés en disimularlo.

¿Le ha visto las orejas al lobo?

Ahora sí: he sabido después que estuve un par de días a punto de palmar, pero en el hospital no temí morir casi en ningún momento, y subrayo lo de casi. Primero estaba muy cabreado, luego me encontraba muy muy mal y luego tenía muchas ganas de curarme.

¿Cabreado con el mundo?

Con todo. No me venía nada bien. Cuando me puse en cuarentena por un contacto estrecho pensé: coño, no estoy enfermo, ¿por qué me mandan a casa? Al día siguiente tosía como un fumador y al cuarto estaba ingresado pasándolas canutas. Pasé del cabreo al estupor, al ‘esto a mí no me podía pasar y me está pasando’.

La vida me ha dado una bola extra, lo tengo clarísimo.

¿Qué le ha supuesto el virus?

Una hostia en mitad de la cabeza que me ha obligado a parar en seco. No sé si me la merecía, pero la he recibido en toda la jeta.

¿Por qué iba a merecérsela?

Me ha salido la culpa sola. Por la educación judeocristiana a veces pensamos que lo malo que nos pasa es por una especie de balanza o ajuste de cuentas. Pero no, no me lo merecía yo, ni mi mujer, que ha tenido la peor pérdida, ni mi familia. Estoy muy triste por lo que ha sufrido. Ver a quienes quieres pasarlas canutas por tu culpa, o a causa de ti, me ha jodido mucho más que la enfermedad.

¿Va a tomarse un paréntesis tras el golpe?

Ya lo he hecho. Nunca, en 40 años de profesión, había tenido que parar a la fuerza. He redescubierto la radio desde fuera, y mola tanto... He descubierto los podcasts, y, joder, están muy bien. Igual, con el bicho, también me ha picado el virus de Paulo Coelho, pero he parado a escucharme, a cuidarme, a reconocerme de nuevo, y eso, dentro del horror, sí que ha sido maravilloso.

¿Le gusta lo que ha visto?

Digamos que estoy bastante de acuerdo conmigo mismo. Puedo ser muchas cosas, pero nunca he sido un cabrón. La vida no solo es el trabajo, pero hay muchísimas cosas más importantes que hay que cuidar, y, a veces, las descuidamos. El otro día, en la vuelta a la radio, lloré como una pepa porque, de repente, me atropelló la ola de sentimientos y de afecto que he recibido en este tiempo. Estoy desbordado, me pregunto qué pinto dando esta entrevista, si yo me dedico a contar las historias de otros. Luego pienso, coño, si uno recoge lo que siembra, no estará tan mal.

¿Se considera un superviviente?

La vida me ha dado una bola extra, lo tengo clarísimo. Hace muchos años me sucedió una cosa estúpida. Estuve a punto de morir atrapado entre mi coche y el portón del garaje. En esa ocasión, estando a punto de ahogarme, pensé: voy a morir como un gilipollas. Pero esta vez soy muy consciente de que me ha pasado algo muy grave, de que la vida me ha dado una prórroga y de que tengo que aprovecharla.

¿Qué ya no, por ejemplo?

Ya no más perder tiempo con cosas que no puedes controlar, y no más aguantar a tipos tóxicos. La vida tiene el tiempo tasado.

Es curioso porque vivimos en una sociedad-escaparate, nos encanta mostrarnos, pero nos editamos a nosotros mismos

¿Ha aguantado a muchos?

He intentado alejarme de ellos siempre, pero por educación te cuesta dar cortes. En estos días, por ejemplo, hay cambios en la SER. La cosa más absurda que se me ocurre es elucubrar en la cafetería con qué va a pasar. Nosotros tenemos que seguir trabajando con la misma ilusión. Para qué aguantar la brasa de alguien que sabes que es un ladrón de tiempo y no aporta nada. Eso ya no.

¿Qué son el prestigio, la pasta y la fama a la hora de la verdad?

A la hora de la verdad, te sirve la ayuda de los sanitarios, a los que no me cansaré de decir que hemos olvidado injustamente, y el apoyo anímico de los tuyos y de tanta gente que te aprecia. La fama nunca me ha gustado. Otra cosa es el prestigio. Igual que si fuera un médico, me gustaría pensar que tengo credibilidad en mi oficio. Lo otro no sirve de nada, y nada es nada.

¿Por qué cree que ha sorprendido tanto oír a un tío como un castillo llorar en antena?

Porque somos unos pamplinas, porque los sentimientos nos dan vergüenza. Es curioso porque vivimos en una sociedad-escaparate, nos encanta mostrarnos, pero nos editamos a nosotros mismos. Somos personas editadas. Cuando nos derrumbamos nos da vergüenza, a mí el primero. Es como cuando te caes al suelo y te da corte, pero es una tontería, porque esa es la verdad y la vida con más verdad sería mucho mejor. Tenemos que llorar más.

¿Los periodistas estamos informando bien de la pandemia?

A medias. Estamos haciendo rutinario lo que es un drama con muchísimo sufrimiento detrás. Lo hemos convertido demasiado a menudo en una especie de carrusel de deportes o balance de banco. Tampoco sé muy bien cómo se evita eso: el hartazgo que tenemos con la pandemia. Lo que nos molesta, lo que nos hiere, preferimos meterlo bajo la alfombra, pero es difícil camuflar 100.000 muertos y a veces creo que es lo que estamos haciendo.

¿Qué es lo último que se pierde como enfermo en un hospital?

La vergüenza. Estar desnudo, que te laven, que te sonden. Me da muchísimo pudor. Hubo un momento en que me dijeron que, si no iba al baño, me tendrían que sondar. Me sondaron para mear, pero para lo otro aguanté tres o cuatro días como un campeón de la vergüenza que me daba. No sé si está bien contar esto, pero a mí me ocurrió y no me da apuro reconocerlo.

Lo que nos molesta, lo que nos hiere, preferimos meterlo bajo la alfombra, pero es difícil camuflar 100.000 muertos

¿Qué le queda por hacer con la bola extra?

Uf, tantas cosas. En el periodismo, en la vida, ver crecer a mis hijos, ser feliz con ellos. Y si pudiera volver a correr, pagaría lo que fuera. Si alguien tiene un remedio milagroso para la artrosis, por favor que me lo diga.

¿Qué le dijeron sus hijos pequeños cuando volvió a casa?

Creo que para ellos sigo siendo Superman, pero con dudas. Cuando llegué a casa noté su alivio, aunque sin alharacas, tampoco, aunque les contaran de la misa la mitad. Los niños son de goma, pero tienen 11 y 8 años y empiezan a saber por dónde van los tiros. Digamos que han visto a Clark Kent debajo del superhéroe. Venía con barba, como Tom Hanks en esa película...

¿Náufrago?

Esa. Es que vengo de un naufragio, pero lo he podido contar. Esto te desarbola. Nos ha desarbolado a mí y a mi familia. La vida cambia en un segundo. El virus nos puso la vida patas arriba y estamos aún en la fase de recolocar las piezas del puzle.

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