‘Spain, zero points’: El viejo arte español de perder en Eurovisión

Un nuevo libro recopila las experiencias de los ilustres representantes de España que fueron abatidos en las listas del festival internacional

A la izquierda, Lydia, la representante de España en 1999. A la derecha, Remedios Amaya en 1983.
A la izquierda, Lydia, la representante de España en 1999. A la derecha, Remedios Amaya en 1983.EFE

“Cuando visité Madrid por primera vez y me reuní con la gente de Ediciones Fonográficas Jercar, mi compañía de discos, me dijeron bien claro que no me ilusionara porque iba a quedar fatal”, recuerda Anabel Conde en Yo tampoco gané Eurovisión (Libros Cúpula), un repaso de Patricia Godes y Javier Adrados a la trayectoria de España en el festival. Conde quedó segunda, pero aquella advertencia de su discográfica resulta indicativa de la actitud con la que España parece ir a Eurovisión cada año: dando por hecho el fracaso y conformándose con, al menos, no hacer el ridículo.

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Lo de “Spain, zero points” -una frase que nunca se pronuncia en el festival- se ha convertido en casi un proverbio nacional. “Royaume-Uni, douze points” (Reino Unido, 12 puntos), por otro lado, apareció hasta en un anuncio de Coca-Cola de tan popular que se hizo durante los sesenta y setenta. Este contraste encierra el viejo complejo español de ser la aldea de Europa, un país que se explica mejor a sí mismo a través de sus derrotas. Un buen ejemplo de ello fue el último puesto de Remedios Amaya en 1983 con Quién maneja mi barca, ridiculizado con saña por público y prensa, y que sugería cierta vergüenza por haber llevado como representante a una cantaora gitana. ¿Cómo iba a gustar eso en Europa? “Fue un claro ejemplo de racismo”, sentencia Adrados, coautor del nuevo libro. “Ella no sabía leer ni escribir y tanto la discográfica como TVE la dejaron sola. La única que la apoyó fue Lola Flores, que dijo que si la hubieran llevado con un tablao y unos guitarristas Europa habría alucinado”.

El libro cuenta cómo, tras quedar sexto en 1966 con Yo soy aquel y ante el clamor popular del “nos tienen manía”, Raphael denunció que “mientras los españoles no podamos cantar en francés, idioma que comprende media Europa, no podremos ganar”. Representantes como José María Guzmán de Cadillac, Eva Santamaría, Antonio Carbonell y Marcos Llunas insisten en el volumen que la cantinela de que “es que hay países que se votan entre ellos”. El comentarista José Luis Uribarri jugaba a predecir las votaciones (el libro describe cómo iba por los pasillos con un maletín lleno de mapas). Sin embargo, cada año gana un país distinto. Y el país que más victorias acumula, Irlanda, solo tiene un vecino. Algo tendrá que ver la canción.

TVE es el villano espiritual del relato de Yo tampoco gané Eurovisión. Nadie lo nombra hasta el final, cuando la directora de programas de entretenimiento Toñi Prieto concede una breve entrevista y varios eurofans descargan su frustración contra un comité que consideran anticuado y desganado. Paloma San Basilio recuerda cómo en 1985 los delegados de TVE “se dedicaron a ir de compras y casi no les vi el pelo”. El año de los festejos por el quinto centenario, 1992, TVE ni siquiera se molestó en llevar a Malmö (Suecia) a los compositores de Colgado de un sueño, quienes en teoría tendrían que subir a recoger el premio en caso de victoria.

Es una teoría clásica. Anabel Conde contó, en una entrevista para ICON, que los delegados de TVE se pusieron a hacer llamadas muy nerviosos cuando Vuelve conmigo empezó a encabezar la clasificación. Las teorías de la conspiración apuntan que a TVE sencillamente no le apetece organizar el festival, por lo que apuesta por canciones poco ambiciosas y puestas en escena pobres. El miedo a hacer el ridículo genera propuestas como Contigo hasta el final, Que me quiten lo bailao o Do It For Your Lover que aspiran, en el mejor de los casos, a pasar desapercibidas. Quedaron entre los últimos tres puestos. El resultado es que, con vecinos o sin ellos, España es el país con peor ratio de la última década: siete veces por debajo del puesto 20º de 26 participantes.

“Yo creo que TVE se involucra como si fuera un programa de televisión más”, opina Adrados, “Los artistas de los setenta y ochenta hablan de TVE en términos distintos que los de los noventa para acá. Para estos últimos y para su séquito de fans, la culpa es siempre de TVE y de un fallo de luz o de que no les dejaran hacer lo que querían. Algunos artistas no entienden que ellos entran a formar parte de un concepto y que tienen que ser capaces de resolver estos imprevistos. Los artistas siempre ven fallos en todas partes excepto en ellos mismos. A veces es tan sencillo como que enviamos canciones que son una mierda”.

Rodolfo Chikilicuatre actúa en Eurovisión 2008.
Rodolfo Chikilicuatre actúa en Eurovisión 2008.Joerg Carstensen / EFE

Los eurofans coinciden en señalar que España va a rebufo de modas pasadas. Si en 2006 ganaron unos heavies disfrazados de orcos (Lordi, con Rock Hallelujah), la conclusión fue que solo importa el circo así que TVE llevó una actuación irónica, Baila el chiki-chiki, dos años después. Lo que ganó entonces fue un ruso con una balada, Believe. La mayoría de eurofans consultados en el libro coinciden en que la de Rodolfo Chikilcuatre es la peor canción jamás cantada en Eurovisión. Y si hay tanta inquina contra ella es, por una parte, porque la alternativa aquel año era La revolución sexual de La casa azul.

Según Javier Adrados, España tiene que dejar de sentir complejo de inferioridad por su tradición musical y aceptarla como la ventaja que es. “Los tres artistas más exitosos que han salido de Eurovisión son ABBA, Celine Dion y Julio Iglesias. Tenemos que abrazar nuestra cultura musical. Si alguien de fuera intenta hacer flamenco le saldrá fatal. Pues nosotros igual cuando intentamos parecer extranjeros. Dime (la canción de Beth en 2002) tenía arreglos de guitarra española que son únicos. Que solo sabemos hacer nosotros”.

El tópico de que España parece sentirse cómoda en el pitorreo masoquista del perdedor empedernido, de ir a Europa un poco como Paco Martínez-Soria con la cesta de gallinas, encuentra aquí una salida. La única victoria absoluta española, la del La la la de Massiel (Salomé ganó al año siguiente con Vivo cantando, pero el cuádruple empate deslució su triunfo), a menudo se ve eclipsada por la teoría conspiranoica de que Franco la compró. Es como si España no se sintiese del todo a gusto con sus éxitos y necesitase matizarlos. Como si tuviera buen perder pero mal ganar.

Las victorias resultan más aburridas porque tienen una sola explicación, pero las derrotas dan para conversaciones infinitas. Desde 1988 se puede culpar al televoto o, como hace Betty Missiego (segundo puesto en 1979 con Su canción) en Yo tampoco gané Eurovisión, a que no existiera: “En mi menté gané. En 1979 no existía ni internet ni el televoto, estoy segura de que hubiese tenido el voto del público”. “No ganamos porque Alemania nos falló, ¡así de claro! Habíamos pactado con ellos tres puntos y no cumplieron su palabra”, explica el compositor de Lady Lady de Bravo, Miguel Blasco, que quedó tercero en 1984.

“España es un país extremista: funcionas siendo el primero o el último. Nunca gusta lo intermedio” reflexiona José María Guzmán de Cadillac, décimo en 1986 con Valentino. Quizá la mayor derrota en Eurovisión, por tanto, es la irrelevancia. “Así como a la salida fue espectacular de fotógrafos y periodistas, a la llegada al aeropuerto de Madrid no había nadie”, recuerda Carlos Gil de Trigo limpio, duodécimo en 1980 con Quédate esta noche. “Nadie ve Eurovisión, pero al día siguiente del festival todo el mundo habla de lo mal que ha quedado España”, señala Adrados, “Todo el mundo cree que sabe lo que habría que hacer para ganar. Eso sí que se nos da bien a los españoles”.

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