Regresa el ‘samizdat’, la prensa clandestina de los rusos que no usan VPN ni otros trucos de Internet

Con la plataforma, se puede compartir los artículos con otras personas sin que necesiten descargar redes privadas virtuales

Un hombre y una mujer usaban sus móviles en Moscú, en marzo de 2022.
Un hombre y una mujer usaban sus móviles en Moscú, en marzo de 2022.SOPA Images (SOPA Images/LightRocket via Gett)

Más de 100 millones de rusos no pueden acceder a los miles de webs que el Kremlin ha bloqueado desde que comenzó la guerra. Por un lado, unos 10 millones de personas no tienen Internet y, por otro, para la gran mayoría del país, especialmente la gente mayor y de mediana edad, el problema es que la censura obliga a poseer unos conocimientos mínimos de la red que les dejaba fuera de facto de esa realidad. Hasta ahora. “Hemos creado una herramienta donde tú encuentras un artículo que crees que es importante y después lo compartes con todo el mundo sin que necesiten redes privadas virtuales (VPN). Con tu hermano, con tu amigo o con el vecino, gente que si tuviera que instalar una VPN, no lo haría. Hacemos mucho más fácil la distribución”, cuenta a EL PAÍS Yevgeny Simkin, co-fundador de Samizdat Online.

“El samizdat es una cultura. Mi padre aprendió todo lo que tenía que aprender sobre el mundo real a través del samizdat soviético, incluso el yoga”, recuerda Simkin en una videoconferencia desde Nueva York. Esa palabra define la literatura clandestina que floreció en tiempos de la URSS para evadir la censura. Los ciudadanos soviéticos se intercambiaban obras y las copiaban para que llegasen a más gente. Un ejemplo clásico es una joya atemporal que hoy se venera en la Rusia de Putin y que se popularizó entre aquellas sombras, El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov.

A raíz del bloqueo masivo de webs por las autoridades rusas, muchos ciudadanos han comenzado a utilizar las VPN, aunque es difícil estimar su cifra. La iniciativa Atlas VPN estima que unos 34 millones de rusos las utilizaban en verano. Alrededor de 130 millones de ciudadanos tienen acceso a Internet, por lo que solo uno de cada cuatro emplearía este tipo de herramientas, según los estudios.

La filosofía de este samizdat es poder compartir los artículos con gente que no se ha descargado ninguna VPN. Grosso modo, “cuando quieres tener una web, registras su dominio [su nombre]. Para ello, contactas con una empresa que los gestiona, y ella lo pone en las tablas que tienen todas las máquinas DNS [que traducen el dominio de palabras normales a identificadores de números]. Cuando tu ordenador quiere ir a esa web, se dirige a máquinas que están en tu país y estas le dicen la dirección”, resume Simkin. “Las autoridades que bloquean la BBC no tienen el control de las máquinas DNS que están en España o Reino Unido, pero tienen el control de las máquinas DNS de Rusia, Bielorrusia, o Irán, y ordenan ocultar o borrar de sus listados los dominios a los que no quieren que llegue la gente”, añade.

En el caso de las VPN, estas enmascaran a su usuario y lo conectan con máquinas DNS de otros países. Pero para la gente que no tiene esas herramientas, lo que ha hecho Samizdat “es poner cientos de servidores y miles y miles de dominios con nombres absolutamente ridículos que sustituyen a los originales”. “¿Quieres entrar en el diario Meduza desde Moscú? Nuestro servidor recibe la petición y la codifica con otro dominio, por ejemplo nqtguizhxe.net, que no está en la lista negra de las autoridades”, afirma el fundador de la iniciativa. Con la burocracia de esos países, habrán pasado días cuando el dominio inventado de la noticia sea detectado y suprimido por los funcionarios.

“Si nos bloquean Samizdat, será un problema pequeño. Si ya llegaste a nosotros, lo has hecho con VPN, eres el tipo de persona que ya sabe cómo buscar contenido y que sabe que vive en un mundo de falsificaciones. Los que nos buscan nos encuentran, y una vez lleguen difundirán los links”, apunta Simkin, aunque asegura que irán “tres pasos por delante” de las autoridades.

Su portal recoge historias de más de una treintena de medios con los que tienen acuerdos y traducen las principales a los cinco idiomas que manejan sus editores: ruso, ucranio, bielorruso, inglés y farsi. “Queremos ir a China lo más pronto posible. La única razón para no estar allí es que no hay dinero. China es una tecnología muy sofisticada y tenemos que estar preparados”, apunta el fundador.

Entusiasmo entre los políticos de Occidente y los medios del Este

Simkin llegó a EE UU de pequeño “durante la ola migratoria soviética de los setenta”. Ingeniero y fundador de una firma informática, recuerda que “todo cambió en febrero de 2014″, cuando Rusia se anexionó Crimea y comenzó la guerra de Donbás. “Mi mayor equipo tenía 10 personas en Rusia y 10 en Ucrania. Cuando arreglé los problemas y vi que todo estaba bien, me di cuenta de que realmente quería hacer algo más”, rememora. “Tengo algunas conexiones con la política y con los medios de EE UU, tengo las tecnologías y hablo ruso fluido. Podía hacer algo y minar la maquinaria de propaganda de Putin”, añade.

La idea surgió un par de semanas después de comenzar la guerra total contra Ucrania, a mediados de marzo de este año, y se ha fraguado lentamente hasta el lanzamiento de su portal en julio. “Hemos avanzado lentamente, con mucho cuidado de no ir demasiado rápido y sacar algo que no estuviese listo y sufriera caídas. Una vez que los mulás iraníes o Roskomnadzor entiendan lo que pasa, irán tras nosotros, y no queriamos provocarlos antes de tiempo”, asegura. Según sus cálculos, tienen más de 100.000 entradas diarias, “aunque es difícil hacer un seguimiento”.

Una de sus cofundadoras es la periodista bielorrusa Anna Trubacheva. “Conoce a todo el mundo allí y nos abrió todas las puertas al instante”, señala Simkin. Después, se unieron “con mucho entusiasmo” los medios independientes rusos, como Meduza y Mediazona, con los que sigue analizando los próximos pasos.

Pese a la gran aceptación del proyecto, su financiación se apoya hasta ahora sobre los hombros de sus promotores. “La palabra apoyo puede significar que alguien diga: ‘¡ey, os apoyo, os voy a presentar a alguien!’, que es el tipo de ayuda que hemos recibido. Hemos hablado con varios inversores, con varias asociaciones. Algunos están interesados, pero no ha entrado nadie de momento”, afirma su fundador.

Entre sus apoyos políticos figuran el republicano Bill Kristol, “que ha contribuido enormemente”, el expresidente de Radio Free Europe Jeffrey Gedmin y el disidente ruso y maestro del ajedrez Gari Kaspárov. “Hemos hablado con el Departamento de Estado y están muy entusiasmados con lo que hacemos”, agrega Simkin. Sin embargo, deja claro que son independientes. “No tengo ningún lazo de ningún tipo con ninguna organización ni agenda política. Esta es mi idea, soy un ingeniero. Pienso que la información lleva al entendimiento, el entendimiento a la compasión, y la compasión lleva al florecimiento de la humanidad”, puntualiza.

Al ser preguntado si teme que acusen a su proyecto de ser una herramienta de la Casa Blanca o de algún filántropo estadounidense, Simkin se muestra rotundo al recalcar que acepta las donaciones, pero no las presiones. “Si alguien nos ofrece dinero, lo cogeré con alegría porque no lo invitaré a que nos diga cómo debemos funcionar ni a que nos dé consejos. Si alguien quiere apoyar el periodismo libre, acepto el dinero”, afirma tras suspirar porque “es inevitable escuchar teorías de la conspiración”,

El ‘samizdat’ de Navalni

La organización del opositor ruso Alexéi Navalni lanzó la pasada semana una aplicación para móviles que comparte nombre con el portal de Simkin y también permite leer artículos sin VPN. En este caso incluirá historias de la Plataforma Anticorrupción y de los medios Proekt, Vazhnie Istori, The Insider y Bellingcat, algunos de ellos declarados “organizaciones indeseables” por Moscú.

El organismo ruso que controla Internet, Roskomnadzor, confirmó que a finales de julio había cerrado más de 5.300 sitios web “por estar sujetos a la censura bélica”. No obstante, muchas más webs se han unido al club de los vetados, que incluye redes sociales como Facebook e Instagram (declaradas organizaciones extremistas por la justicia), Twitter y medios públicos extranjeros como la Deutsche Welle y la BBC. Otros criterios, como “la propaganda del suicidio y del consumo de estupefacientes”, ha justificado el bloqueo reciente de la web de notas de películas y videojuegos Metacritic.

En cualquier caso, a las trabas para acceder a la prensa independiente se une la propia reticencia rusa. Apenas un 4% de los ciudadanos confía en los medios independientes, frente a un 41% que cree a los canales del Kremlin, según un sondeo de agosto del centro de estudios sociológicos Levada.

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