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Abusos sexuales en la Iglesia Católica
Opinión

Lo que le debemos a Patxi Ezkiaga

La máscara seductora del monstruo se me hizo añicos cuando Marisol Zamora habló desde EL PAÍS de los abusos

El hermano de La Salle, escritor y poeta Patxi Ezkiaga, cuando fue premiado por la Real Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia en 2001. Txema Fernández (EFE)

Hace unas semanas publiqué en otro diario un artículo sobre Patxi Ezkiaga, hermano de La Salle Donostia, tras cuya muerte se conocieron múltiples abusos a las alumnas del colegio, información que dio a conocer EL PAÍS. En mi texto señalaba que, aún a pesar de no ser conscientes de la terrible magnitud de lo que sucedía, los alumnos estábamos al tanto de que su actitud no era normal, ni apropiada, y alguien adulto debería haber actuado.

Ese día me llamó estupefacto un profesor, al que llevaba más de 30 años sin ver. “¿Por qué cuando murió lo homenajeaste en la radio y ahora sales con estas?”. Vamos, que no estaba en condiciones de reprocharle nada a Patxi.

Es cierto que con pocas personas me habré sentido más en deuda. Él corrigió mis primeros textos, y me buscó concursos. Incluso gané uno juvenil que me permitió publicar mi primer libro a los 17. Esto no hubiera sido posible si él no hubiera realizado mil fotocopias la víspera del plazo de entrega. Era domingo y yo había escrito un tocho de 300 páginas. Pero todo fuera por mi vocación.

También me contagió de su pasión por la historia y el arte. Es más, sació mi inquietud primeriza por la música clásica compartiendo conmigo los discos del colegio. Y hoy me dedico a la divulgación de esta música en la radio y publico novelas, con que, lo que es mi mundo, se lo debo a él.

Por desgracia, en tanto me subía a su habitación a leerme El libro de los abrazos, a otras personas las llevaba allí para abrazarlas contra su voluntad. Y mientras hacía sonar en mis oídos la Titán de Mahler, susurraba en otros un inquietante “Lasai, maitia” (Tranquila, cariño) para disfrazar de afecto un crimen. En definitiva, que a mí me dio una vida y a otras muchas personas les arrebató la que les hubiera correspondido hoy: una vida sin dolor, ni el recuerdo de sus manos reptándoles como arañas por el cuerpo, ni la sensación de que él sigue ahí al acecho, con sus flores venenosas y sus versos lascivos. Pero, ¿cuál era la diferencia entre ellas y yo, para que no nos tratara por igual? ¿El género? ¿La correlación de fuerzas que les impedía defenderse? ¿O sentirse reforzado en su poder, compensando con el bien a unos, el mal ocasionado en otras?

El exprofesor que me llamó no comprende mi cambio porque sigue creyendo en un Patxi que nunca existió. Solo vio la máscara seductora del monstruo, que a mí se me hizo añicos cuando Marisol Zamora habló desde EL PAÍS. Por tanto, a este Patxi, el que siempre fue, no creo deberle nada.

“Estoy orgulloso de ti”, me decía. Yo lo estoy de sus víctimas, que han tenido la valentía de abrirnos su corazón, a costa de sus heridas, para que esto no vuelva a suceder. Porque os lo reconozcan como lo merecéis.

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