La combinación de dos virus considerados inocuos causó el misterioso brote de hepatitis en niños

Las restricciones de la pandemia y una predisposición genética de los menores británicos afloraron una causa desconocida de la enfermedad, según las últimas investigaciones

Un niño ingresado en un hospital.
Un niño ingresado en un hospital.getty

Los científicos están empezando a obtener las primeras respuestas que explican el misterioso brote de hepatitis grave de origen desconocido que afectó a un millar de niños de 30 países durante el primer semestre, obligó a trasplantar el hígado a unos 50 menores y causó una veintena de fallecimientos. Una asociación entre dos virus considerada hasta ahora inocua —el adenovirus tipo 41 y el virus adenoasociado (AAV2), que necesita al primero para replicarse— ha sido encontrada en muchos de los afectados, lo que lleva a los investigadores a pensar que esta ha sido la causa de, al menos, una parte importante de los casos.

Así lo defienden dos investigaciones, pendientes de publicar en revistas científicas, de sendos equipos del Reino Unido, el país que en abril lanzó una alerta internacional tras detectar un incremento inesperado de niños menores de 10 años enfermos. Los expertos consultados confirman que los análisis realizados en España apuntan en el mismo sentido. “Es muy probable que no lo supiéramos y que esta asociación llevara años causando hepatitis graves, pero con una incidencia tan baja que no había sido detectada. El hallazgo no aclarará todos los casos y seguirá habiendo hepatitis de las que no sabremos la causa, pero sí parece explicar una parte de ellas y es un avance médico importante. Lo que ha pasado este año es que han confluido muchos factores que han llevado a un incremento de casos y ha motivado las investigaciones.”, explica Antonio Rivero Juárez, investigador del Instituto Maimónides de Investigación Biomédica de Córdoba (Imibic).

El primero de estos factores, según los expertos, fueron las restricciones impuestas para hacer frente a la pandemia del coronavirus, lo que motivó un descenso generalizado de la circulación de la mayoría de patógenos. Posteriormente, a partir del pasado diciembre, se registró un súbito incremento de contagios de estos y otros virus. “Esto hizo que muchos niños se enfrentaran a la primera infección por el adenovirus y el AAV2 más tarde de lo habitual, lo que incrementó el riesgo potencial. Esto es algo que hemos detectado en muchos lugares, pero parece que fue más intenso en el Reino Unido. Y, por último, existiría cierta predisposición genética de la población británica a desarrollar cuadros más graves”, defiende Jesús Quintero, responsable de la unidad de hepatología y trasplante hepático pediátrico del Hospital Vall d’Hebron (Barcelona).

Todo esto explicaría otra de las cuestiones pendientes de resolver sobre el brote: por qué afectó mucho más a los niños británicos que a los del resto del mundo. España, por ejemplo, ha registrado hasta ahora 48 casos, tres de los cuales han requerido un trasplante de hígado y dos han fallecido, un bebé de 15 meses y un niño de seis años. Unos datos que, a diferencia de lo ocurrido en el Reino Unido, no suponen un incremento respecto a los registros de años anteriores. “No es la primera vez que se detecta una predisposición genética en la población británica a desarrollar algunos tipos de hepatitis graves. Los trasplantes por intoxicación por paracetamol a dosis normales, por ejemplo, son en España absolutamente excepcionales, mientras allí hay más casos”, explica Gloria Sánchez Antolín, jefa de la unidad de hepatología del Hospital Río Hortega (Valladolid).

Según el último informe publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), con fecha del pasado 12 de julio —desde entonces apenas ha habido nuevos casos—, el número de niños afectados en el mundo ascendía a 1.010, los trasplantes de hígado realizados, a 46 y las muertes, a 22. En Europa, según el informe conjunto de la OMS y el Centro Europeo para el Control y Prevención de Enfermedades (ECDC), con datos del 25 de agosto, los casos detectados en el continente ascienden a 513, de los que 89 requirieron ingreso en la unidad de cuidados intensivos, 22 necesitaron un trasplante y tres han fallecido (los datos de España incluidos en el informe no recogen todavía dos trasplantes y dos fallecimientos en el país).

El 58% de los casos registrados en Europa se han producido solo en el Reino Unido e Irlanda (273 y 26, respectivamente), los únicos países que han registrado una incidencia de las hepatitis infantiles graves claramente por encima de lo esperable. En el resto, en general no ha habido más casos que en otros años, salvo en algunos lugares y tramos de edad concretos. “En el Hospital Vall d’Hebron hemos atendido varios casos y en algún momento sí ha habido un ligero incremento, pero como en el resto de España los datos globales del año no muestra cambios significativos respecto a los registros históricos”, precisa Jesús Quintero.

Uno de los patógenos, el adenovirus 41, ha figurado en la lista de principales sospechosos del brote desde las primeras informaciones. Pero los investigadores no entendían por qué este patógeno se había vuelto más virulento, ya que las infecciones que causa nunca se habían relacionado con procesos graves en niños sanos. La literatura científica solo recogía algunas hepatitis complicadas en menores con el sistema inmunitario muy debilitado por otras patologías.

El segundo implicado, el virus adenoasociado (AAV2), era un virus considerado “totalmente inocuo”, según los expertos. “Es un virus que tiene afinidad por los tejidos hepáticos, pero hasta ahora no se consideraba que causara patología alguna”, añade Jesús Quintero. Este patógeno es una especie de parásito de los adenovirus, ya que de la misma forma que ningún virus es capaz de replicarse por sí solo y para hacerlo requiere infectar una célula de otro ser vivo, los virus adenoasociados solo pueden hacerlo si infectan a un adenovirus.

Los expertos consultados destacan que la respuesta dada al incremento de casos de hepatitis infantiles ha estado muy condicionada por la pandemia del coronavirus. “Hemos aprendido que lo más importante es la secuenciación masiva para identificar los agentes causales desconocidos, que antes era algo mucho más excepcional y que se ha desarrollado de forma notable en los servicios de microbiología de los grandes hospitales. Esto nos va a permitir descubrir agentes patógenos que hasta ahora no detectábamos”, afirma Antonio Rivero Juárez.

“La gran lección ha sido la importancia de los sistemas de vigilancia epidemiológica, que son clave para detectar de forma precoz nuevos problemas y hacerles frente de forma más rápida y eficiente. No es extraño que el Reino Unido fuera capaz de detectar el incremento de casos que sufrió, porque tienen un sistema muy desarrollado. En España estamos mejor que antes de la pandemia, pero aún es necesario avanzar y mejorar algunos sistemas y procedimientos para estar a la altura”, concluye Gloria Sánchez Antolín.

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Sobre la firma

Oriol Güell

Redactor de temas sanitarios, área a la que ha dedicado la mitad de los más de 20 años que lleva en EL PAÍS. También ha formado parte del equipo de investigación del diario y escribió con Luís Montes el libro ‘El caso Leganés’. Es licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de Barcelona y Máster de Periodismo de EL PAÍS.

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