La crisis del coronavirus

Dentro de un hospital para enfermos de covid-19 en São Paulo, foco de la pandemia en Brasil

El sanatorio Tide Setúbal, uno de los más importantes del Estado, depende de donaciones ante el desborde de pacientes con coronavirus

Un pasillo del Hospital Municipal Tide Setúbal, que amplió las plazas de UCI de 7 a 41 para tratar a pacientes con coronavirus.
Un pasillo del Hospital Municipal Tide Setúbal, que amplió las plazas de UCI de 7 a 41 para tratar a pacientes con coronavirus.Toni Pires

Cuando Sergio le dijo por teléfono que le costaba más respirar y que había decidido buscar atención médica, Gislene fue corriendo al centro de urgencias público de São Miguel Paulista, un barrio pobre en el extremo este de São Paulo. No tuvo tiempo de casi nada. “El médico me dijo: ‘Pon la cabeza aquí y dile adiós’. Lo único que vi fue que se lo llevaron adentro. Me entregaron el móvil, la ropa. Él se quedó”.

Con los pulmones “blancos” por la violenta inflamación que le provocó el coronavirus en solo dos días, Sergio Gonçalves, de 38 años y sin ninguna patología previa, fue trasladado horas después al Hospital Municipal Tide Setúbal, centro de referencia de la región para pacientes graves. En la acera frente al hospital, Gislene, agarrada a su bolso y soportando el frío vespertino, esperaba noticias el jueves pasado.

Gislene, de 42 años, que trabaja como dependienta en una farmacia, también está enferma. Tose desde hace días, pero no se ha hecho el test porque su caso no se considera lo suficientemente grave. El jueves, no tuvo más remedio que tomar un autobús desde su casa al hospital para saber cómo estaba su esposo, hospitalizado el día anterior. Por exigencia del centro, los familiares deben peregrinar todos los días al hospital para que, a las cinco de la tarde, les informen del estado de los pacientes. Esta orientación va en contra de las reglas del Ministerio de Sanidad, que recomienda que aquellos que han estado en contacto con personas infectadas permanezcan aisladas durante 14 días. “No me gusta tener que tomar el autobús... Me paso alcohol en gel, pero luego pienso en quien se sentará allí después”, se lamenta. “Dejo a mi hijo de 14 años, que también tiene síntomas, cuidando de los otros dos. No puedo traerlo. Es asmático, del grupo de riesgo. Le daré lo mismo que me den a mí”.

Poco a poco, la angustiada Gislene va teniendo compañía. La calle del hospital se llena de familiares de personas hospitalizadas con la enfermedad. La mayoría lleva mascarillas de tela y muestra signos de preocupación. En la acera de enfrente, Ana Claudia Fernandes, con los auriculares puestos, tararea una canción góspel, apoyada en la pared. Gislene empieza ahora su periplo, mientras que Ana Claudia, ama de casa, hace más de un mes que va al hospital municipal todos los días para saber cómo está su esposo, Danilo Fernandes, de 37 años.

Danilo, un conductor de aplicación, tiene asma, una enfermedad que agrava el cuadro de coronavirus. Ya había ido al médico cerca de donde vive y estaba tomando antibióticos, pero, de repente, empeoró, una de las características más peligrosas de la enfermedad. Fue intubado a toda prisa el 30 de marzo. Estuvo en la UCI durante 21 días. “A veces vienes tres días seguidos y solo te dan buenas noticias. Entonces, al cuarto, empeora, pero luego vuelve a mejorar. Oye, es muy difícil”, dice Ana Claudia. “Es una guerrera”, la consuela la compañera de espera Paula Ferreira, que también está esperando noticias de su esposo. Michel Duarte, encargado de limpieza, está en la UCI del Hospital Tide Setúbal desde hace por lo menos 18 días. “Tiene 29 años. No sabía que era hipertenso. Sentía dolores en el pecho de vez en cuando, le dolía mucho la cabeza, pero no quería ir al médico, lo de siempre”, dice Paula, que, hasta vivir la enfermedad en sus propias carnes, creía que el aislamiento social era una exageración.

A las cinco de la tarde, la comunidad formada por Gislene, Ana Claudia, Paula y los otros familiares se mueve. Un médico, en la puerta del hospital, comienza a gritar los nombres de los pacientes para dar información. De las 41 camas de UCI del Hospital Tide Setúbal, solo una estaba disponible ese jueves. Es uno de los síntomas de la escalada de la pandemia en la ciudad, donde ya han muerto 2.845 personas por la covid-19, según el registro oficial. Un número mayor de muertes sospechosas, 3.090, todavía está esperando el resultado de las pruebas.

Con la llegada del sanitario, empieza a formarse una pequeña aglomeración. Este ritual no tiene lugar solo en el Hospital Tide Setúbal, sino también en otros ambulatorios y centros de urgencias de la ciudad. En los hospitales de campaña de Pacaembu e Ibirapuera, resultado de los nuevos contratos de emergencia realizados con la administración pública, se ha establecido un sistema de información telefónica y por WhatsApp para que los familiares no tengan que desplazarse.

El Ayuntamiento de São Paulo no ha creado un protocolo oficial para informar a los familiares de los pacientes de covid-19 hospitalizados en el municipio —eran 1.798 el lunes— y tampoco explica la razón de las diferentes actuaciones en los centros. La asesoría de comunicación del alcalde, Bruno Covas, se limita a decir que en el Hospital Tide Setúbal hay un equipo que recibe a los familiares y que se les llama en grupos de cinco “para no generar aglomeraciones”.

“Somos un hospital pobre”

Fuera del hospital, mientras se dan los informes, el director técnico de la unidad, Carlos Alberto Velucci, da una última calada a un cigarrillo y se explica: “Somos un hospital pobre. No tenemos un presupuesto para esto. No tenemos a gente que no haga nada, como en el hospital de campaña, y pueda llamar [a los familiares]”, dice provocativo.

Velucci afirma que, además de la falta de presupuesto, han decidido no informar por teléfono debido a las estafas a los familiares. “Ya hemos tenido problemas. Llaman a la persona haciéndose pasar por alguien del hospital y le piden dinero para medicamentos. Y la persona, de buena fe, les transfiere 1.500 reales (260 dólares)... Nos pasó una vez, dos veces y decidimos parar”, dice.

El director técnico concuerda en que la comunicación entre los familiares y quienes luchan contra la covid-19 es uno de los desafíos de esta enfermedad en todo el mundo. Se pide que la gente esté aislada, los niveles de contagio son altos y los períodos de hospitalización, largos. Los pacientes se sienten solos sin el contacto de la familia. Promete que mejorarán. “A partir del lunes, un robot pondrá en contacto a los pacientes con sus familiares. Fue una donación”, dice Velucci, animado. “¿Queréis verlo?”, pregunta, mientras se abre camino por la planta baja del hospital.

Dentro del hospital

La modesta estructura de tres plantas del Hospital Tide Setúbal se inauguró en los sesenta y, a lo largo de la década siguiente, creció con la generosidad de Matilde Setúbal, Tide, esposa del banquero y exalcalde de São Paulo Olavo Setúbal (1975-1979). Cuarenta años después, el hospital, un pilar de la sanidad pública para casi 400.000 personas de la región, ha tenido que hacer cambios drásticos desde el Carnaval para enfrentar la mayor crisis sanitaria del siglo, a pesar de no tener suficientes recursos públicos y necesitar donaciones para funcionar.

“Todas estas cajas aquí son de EPI donados”, dice Velucci, señalando el stock de mascarillas y otros materiales que conforman los equipos de protección individual, esenciales para combatir la pandemia. “Estos son de apósitos, que deben costar unos 200 reales (35 dólares) cada uno, para tratar las úlceras de decúbito”, dice, refiriéndose al tratamiento de las heridas que aparecen en los pacientes tras largos períodos de hospitalización. Todo antes de llegar a donde se encuentra el robot que ha prometido enseñarnos, el que realizará la comunicación entre pacientes y familiares. Se trata de un monitor conectado a una base móvil de aproximadamente un metro y medio, que se moverá entre cama y cama. En un principio, estará en una habitación de la planta baja. También hay muchas cajas de gel hidroalcohólico e incluso golosinas. “Aceptamos todo lo que nos ofrecen”, dice el director, que celebra haber conseguido, también como donación, tres generadores de energía que protegen el hospital de fallos en el sistema eléctrico convencional, que serían aún más catastróficos con la capacidad actual. No todas las instalaciones públicas de la capital disponen estos sistemas de seguridad.

El hecho de depender de donaciones pone de manifiesto las necesidades presupuestarias de la sanidad pública, donde pequeños reductos de excelencia coexisten con hospitales destartalados en todo el país. Velucci también admite que todavía no disponen de una herramienta de transparencia con la que se pueda comprobar quién donó qué al Hospital Tide Setúbal. “Vamos a crear un gran panel con todos los que donaron, grandes y pequeños. Desde la hija de una mujer que fue dada de alta y trajo 20 mascarillas al señor que se curó y envía un pastel a cada sector todos los días”, anuncia.

El énfasis con el que director nos muestra las cajas de EPI y los kits con delantales y mascarillas que reciben los profesionales al empezar el turno tiene una razón. Entre finales de marzo y principios de abril, el Hospital Tide Setúbal fue noticia porque sus empleados se quejaron de que les daban impermeables, en lugar del material de protección adecuado, para trabajar. El Sindicato de Servidores Municipales de São Paulo reconoce que el suministro de EPI ha mejorado desde entonces, pero exige que se realicen pruebas de covid-19 a todo el personal que trabaja en el hospital, incluso al de la limpieza y seguridad.

“Notamos que los miembros del equipo multidisciplinar, los médicos, enfermeros y fisioterapeutas, tienen ansiedad, miedo a contagiarse y a contagiar a su familia. Esto es algo muy nuevo”, informa Américo Neto, director de asistencia del hospital, que tiene 35 años de experiencia en la sanidad pública y ayudó a Velucci a rediseñar el hospital para luchar contra la covid-19. Añade que no ve a su familia desde hace casi tres meses para protegerlos: “El soldado [en una guerra] está en primera línea y el Estado protege a su familia. Aquí, no. Podemos llevarnos el enemigo a casa”.

Desde marzo, una enfermera y dos médicos del Hospital Tide Setúbal han muerto de coronavirus. El Ayuntamiento no ha proporcionado ningún balance de cuántos profesionales de la salud han perdido la vida en la ciudad. Otros 26 de los casi 1.100 trabajadores del hospital están de baja por enfermedad. “Un compañero suyo está hospitalizado. Puedes imaginarte cómo les afecta psicológicamente”, sigue el director Velucci, señalando a dos empleados del mantenimiento eléctrico.

El recorrido improvisado continúa por los pasillos y ascensores, mientras el director técnico, también funcionario de carrera y ex secretario de Sanidad del Ayuntamiento (1999-2000), garantiza que nunca ha visto nada como la devastación y la variedad de situaciones que provoca el coronavirus: desde marzo, el hospital ha tratado a más de 700 personas con síntomas, ha ingresado a 536 y ha visto morir a 141, de las cuales 80 ya se han confirmado como muertes por covid-19. El número de jóvenes entre los pacientes críticos llama especialmente la atención. “Un tercio de los pacientes tienen entre 20 y 49 años. No están siguiendo las reglas. Se juntan todas las semanas, se van de fiesta, fuman en narguiles. Tuvimos casos en que se ingresó al padre, la madre y el hijo, y fue el hijo quien se lo transmitió a sus padres”, dice el director técnico.

Velucci tiene 63 años, es diabético y rechoncho. Cuenta que se contagió y que no sabe cómo escapó de tener síntomas más graves: “Hay pacientes que llegan andando, están bien y, al poco, mueren. Algunos llegan que se mueren y después se van andando”. Para lidiar con tanta inconstancia, los protocolos de atención se revisan semanalmente: “Por videoconferencia, hablamos con colegas de otros hospitales para alinear los procedimientos”, detalla Américo Neto.

Durante el trayecto, vemos que están bien señalizadas las áreas restringidas en las que se encuentran los pacientes con coronavirus, que ocupan una gran parte de las tres plantas. Las excepciones son pocas, como las cuatro camas de la maternidad que hay en una de las plantas. El director explica que se hace una criba para separar a los pacientes que pueden tener covid-19 de los que buscan otros tipos de atención médica. El Hospital Tide Setúbal atiende todo tipo de urgencia, pero los pacientes que no son víctimas de la pandemia se transfieren rápidamente a otras unidades.

La primera modificación importante que se hizo en el hospital fue en la planta baja: las urgencias infantiles se trasladaron a la primera planta y utilizaron el espacio para crear la primera extensión de la UCI. “Empezamos a prepararnos antes del Carnaval”, dice Velucci, recordando las primeras alertas de que la enfermedad se había convertido en una emergencia mundial. Primero, incluyeron ocho camas, duplicando así el número original de plazas de UCI del hospital. Las transformaciones sucesivas terminarían multiplicando el número de plazas por cinco, alcanzando las 41 actuales. También se asignaron otras 63 camas a pacientes críticos. El lunes, de las 104 camas destinadas a la pandemia, solo había dos disponibles.

“Papá está malito”

El director Velucci está convencido de que la situación de emergencia está lejos de terminar. “Lo digo por las solicitudes de plazas que recibimos: solo hoy, 200”, afirma el médico. La demanda que menciona el director se gestiona a través de Cross (Centro de Regulación de la Oferta de los Servicios de Salud), un sistema que maneja tanto las necesidades de los pacientes como las plazas disponibles en el sistema sanitario público del Estado de São Paulo. Y es otro componente de la situación que el alcalde Bruno Covas describió claramente el domingo: “La ciudad está llegando al límite de sus posibilidades”.

Todo se complica precisamente porque la enfermedad tiene un promedio de días en la UCI alto, que llega a ser de más de una semana. Hay casos como el del esposo de Ana Claudia, el ama de casa que espera noticias de su esposo en la acera frente al Hospital Tide Setúbal todos los días desde hace un mes. En cuadros como el del conductor, hospitalizado desde hace 45 días, es común que el paciente, tras recuperarse de covid-19, tenga que lidiar con otras enfermedades oportunistas que surgen como resultado de la propia hospitalización. “Danilo ya debería estar en casa. Pero ahora le están tratando la anemia”, dice Ana Claudia.

El ama de casa espera que pronto podrá poner fin a la peregrinación diaria al hospital, que le impide cumplir el aislamiento social que defiende. “Mi hija, de vez en cuando, pregunta: ‘¿Dónde está papá?’”, cuenta. Manuela, la hija de la pareja, cumplirá tres años en julio. “Le digo la verdad: ‘Papá está malito, Dios y los médicos lo están cuidando’. Y la niña pide: ‘Ah, papá, vuelve pronto’”, imita. “A veces me arrodillo y le hago repetir una oración, una fácil, solo para que me siga la corriente. Aunque no la entiende, la repite muy bien. Y así vamos...”.

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