Por qué tanto papel higiénico no podía ser bueno

De las asignaturas ‘maría’ —Educación plástica y visual, música y educación física— y su inusual importancia estos días

Niñas y niños participantes en un taller del artista Jordi Ferreiro.
Niñas y niños participantes en un taller del artista Jordi Ferreiro.EL PAÍS

De entre todas las cosas increíbles que están pasando estos días en nuestros países hay una que me ha llamado poderosamente la atención: la obsesión generalizada por acumular papel higiénico. Todos esos rollos de cartón marrón empiezan a inundar nuestras casas y no sabemos qué hacer con ellos hasta que se nos ocurre la feliz idea de hacer arte. Entonces, desempolvamos las témperas, cogemos las tijeras de la cocina y el pegamento de barra casi seco, organizamos (sin mucho éxito técnico, debido a la precariedad de los materiales) un “Taller de animales y reciclaje” y pensamos que, además, le estamos haciendo un favor al medio ambiente.

Durante estos días de confinamiento han cobrado verdadera importancia las cosas que no hacemos habitualmente: podemos leer, emparejar calcetines, cocinar tranquilamente dos veces al día, tener conversaciones largas o pensar (esto último, seamos sinceras, lo hacemos muy poco). En el terreno de la educación, tenemos muy claro cuáles son las cosas que no hacemos (y que ahora nos toca hacerlas en nuestras casas): las asignaturas marías (por qué estas asignaturas se denominan con un nombre femenino es un tema que merece ser analizado en otro texto), porque las matemáticas, la lengua española, la física y la química, sabemos bien que son las cosas que las hacemos todos los días.

Las marías (música, educación plástica y visual, y educación física) representan diferentes categorías de conocimiento que, como dijo el exministro Wert, distraen de las asignaturas verdaderamente importantes, aquellas a las que debemos prestar atención y que a mí me parecen tan fundamentales como las marías, por cierto.

Las profesionales que imparten las asignaturas marías en las escuelas (mayoritariamente mujeres, cuyo trabajo está infravalorado y, por lo tanto, muy mal pagado) son, casi todas, profesoras invisibles, hasta que un acontecimiento inusual (la obra de teatro de turno, el mural de la primavera, la decoración de Navidad o, en su variante de más rabiosa actualidad, el coronavirus) hace que se sientan en el centro de la estructura educativa por un día.

La irrelevancia de la noción de asignatura maría se prolonga desde la periferia de la escuela hacia un lugar donde, al final, se desarrolla el verdadero peso de la educación artística en nuestro país: las actividades extraescolares. Aquí, la propia noción de conocimiento extraescolar nos sitúa al margen absoluto del conocimiento verdaderamente importante, que, por supuesto, no es extra, sino básico.

La educación artística que venimos defendiendo desde hace años no es, en absoluto, la educación artística que se está defendiendo en los diferentes posts y memes que circulan estos días en la red. Las asignaturas englobadas dentro de lo que llamamos educación artística (ya sea musical, plástica o corporal, y que entendemos como los procesos de aprendizaje en torno a las artes sonoras, visuales, las artes vivas además de, por supuesto, la cultura visual que siempre se olvida) nos parecen fundamentales (tan fundamentales como las otras asignaturas, que quede claro), porque configuran un cuerpo de conocimientos absolutamente necesario para alcanzar bienestar en el mundo que nos ha tocado vivir.

En esta otra forma de entender las asignaturas marías reivindicamos que, para empezar, la educación artística no es ningún pasatiempo. Un pasatiempo (“Actividad de diversión o entretenimiento en que se ocupa un rato de ocio”) implica una actividad corta, de fácil realización técnica, en la que muchas personas no se plantean algo esencial: para qué realizamos dicha actividad.

Segunda cuestión: la educación artística no es divertida. Cuando cuestionamos la realidad que nos rodea analizando los contenidos sonoros, visuales o performativos que nos construyen, descubrimos y aprendemos cosas que no nos gustan, pero que son necesarias para avanzar en la vida, como las relacionadas con el cambio climático o las desigualdades de género, raza y clase. Tanto la cultura visual en su discurso explícito como las prácticas artísticas contemporáneas en su discurso implícito nos invitan a pensar sobre estos temas incómodos.

Y tercera cuestión: la educación artística no es bonita. Cuando las narrativas artísticas se abordan desde el pensamiento crítico y complejo, nuestra idea de belleza se transforma: pasamos de la belleza formal a la belleza por el significado. Las estéticas que reconocemos como válidas en muchos productos: pensemos, por ejemplo, en los vídeos que tanto les gustan a nuestros hijos e hijas con una estética súper contemporánea que desaparece cuando decidimos que estamos haciendo arte, porque el peso del imaginario de los impresionistas franceses nos atrapa, y reproducimos una estética de siglos pasados.

En un mundo en el que las redes sociales, las series y, en definitiva, las imágenes que construyen ambas estructuras generan un entramado de nociones que nos configuran, nos desesperan y nos hieren, la educación artística no puede ser glorificada desde una percepción caduca que pertenece a otro periodo histórico.

La educación artística no consiste en aprender a tocar la flauta dulce (ya sea en casa, en la escuela o en el museo); no consiste en hacer un conejo con el rollo que sobra del papel higiénico ni en hacer media hora de yoga: la educación artística es un proceso complejo que impulsa el pensamiento crítico para que seamos capaces de analizar conscientemente la información que nos rodea y podamos ser ciudadanos y ciudadanas libres en nuestros pensamientos y nuestras decisiones.

Por favor, no hagáis más talleres de conejos, ni collares de macarrones, ni ceniceros (sí, ¡ceniceros para el Día del Padre!); reflexionad sobre por qué pensamos que hacer arte consiste en esto y, sobre todo, para qué realizáis estas actividades. Sentaos a ver una peli y analizad la estructura clasista que sostiene el guion; analizad las letras de las canciones que escuchan una y otra vez vuestros hijos e hijas en Tik Tok o las narrativas corporales profundamente machistas (o no) de los vídeos mainstream que comparten.

En un momento histórico en el que el confinamiento nos obliga a los progenitores a ejercer de profesores y a comprobar en nuestras propias carnes las contradicciones que entrañan las tareas docentes, sería interesante no reproducir en nuestras casas las desigualdades jerárquicas de la escuela ni la banalización de conocimientos tan importantes como los relacionados con las artes.

María Acaso es Jefa de Educación del Museo Reina Sofía


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