Caso Diana Quer

La prisión permanente para El Chicle pende de una brida

El jurado debe decidir, sin ADN ni desgarros, si Diana Quer fue violada

El padre de Diana, Juan Carlos Quer, la semana pasada, con la prensa a las puertas del juzgado. En vídeo, El Chicle durante el juicio, entre ausente e impasible.ÓSCAR CORRAL (atlas)

Una brida de color negro, de 70 centímetros de longitud y ocho milímetros de grosor, es la supuesta arma homicida, prácticamente ausente de la literatura forense, que José Enrique Abuín Gey, alias El Chicle, empleó para estrangular a Diana Quer. La correa plástica emergió en el levantamiento del cadáver del pozo donde la víctima había permanecido oculta durante 496 días. Si el jurado considera probado que esa brida fue el objeto utilizado por el autor confeso de la muerte de la chica, entonces seguramente aceptará completa la tesis de la acusación, que sostiene que la muchacha fue raptada en su pueblo de vacaciones y transportada viva en el maletero del coche del agresor durante 24 kilómetros para ser violada en una fábrica abandonada. 

Según el relato de los buzos que extrajeron el cuerpo de la muchacha de 18 años y también según los forenses, la sujección apareció enredada en la melena de la joven, casi camuflada por el color oscuro del pelo, y llegó a la superficie junto a la cabeza, entre el cabello que conservaba la víctima en la zona occipital. Pero la letrada de la administración de justicia que levantaba acta, de pie junto al juez, en aquella larga madrugada del 31 de diciembre de 2017 en que Abuín decidió hablar, no recogió la existencia de ninguna brida.

En aquel sótano de la vieja fábrica, en torno al pozo que luego fue drenado, se arremolinaban decenas de personas trabajando, alumbrados por grupos electrógenos que hubo que llevar de fuera, porque en las instalaciones, embargadas y abandonadas, no había luz eléctrica. Las dimensiones de la correa, que fue fotografiada horas después, ya durante el día, en Santiago junto a la mesa de autopsias, bailaron luego en la sucesiva documentación. Y, cuando se analizó en el Instituto Nacional de Toxicología, la pieza de convicción fue troceada en busca de un ADN que nunca apareció.

La acusación se aferra al edema que enfrentó a los forenses

S. R. P.

Uno de los momentos más tensos del juicio se produjo el pasado jueves, cuando un forense público designado para “revisar” en fotografías la autopsia original llegó a la sala anunciando algo que había silenciado en su informe por escrito: la existencia de “un edema importante en los labios mayores” concordante con posibles “maniobras sexuales intempestivas”. Los autores de la autopsia sobre el cadáver lo rechazaron de forma tajante y aseguraron que las capas más superficiales del cuerpo habían desaparecido, por lo que, de haber existido, en los genitales no quedaba señal alguna de violencia.

Ayer, la defensa calificó la maniobra del forense del “edema” como propia de “un circo donde vale todo para castigar al monstruo”. Y a pesar de que la hipótesis fue refutada por los propios compañeros del médico en el Instituto de Medicina Legal de Galicia, tanto el abogado de la acusación como la fiscal del caso se aferraron a ella en sus conclusiones. Ante el jurado, la representante del ministerio público incluso afirmó que todos los forenses del caso respaldaban esta teoría que no existe en papel alguno.

El jurado del caso Diana Quer, la veraneante madrileña que faltó de A Pobra do Caramiñal (A Coruña) el 22 de agosto de 2016, inició hoy martes a las cuatro de la tarde su aislamiento para llegar a un veredicto para El Chicle. El hombre, de 43 años, está acusado de detención ilegal, agresión sexual y asesinato con alevosía y ensañamiento con la agravante de género. La brida solo sería el último capítulo de una secuencia de hechos en la que el pozo sería el largo epílogo que mantuvo la incertidumbre de una desaparición en la familia de la víctima.

Si la brida estranguló a Diana, todo el relato de Abuín se desmorona, porque esa arma no se pudo colocar y apretar por accidente en plena vía pública aunque fuera de noche. Y a la víctima no la obligaría a subir al coche por el simple hecho de raptarla, sino con otro fin delictivo. La colocación de la correa (y no la muerte por un apretón sorpresivo del cuello que cuenta El Chicle) llevaría aparejada la resistencia de la joven. Y en consecuencia, mantiene la acusación, también supondría el amordazamiento y la atadura de las manos con esas cintas adhesivas de 50 y 53 centímetros que aparecieron en el fondo del pozo y que no se llegaron a analizar, según se dijo en el juicio, por el grado de desgaste que presentaban.

Nueva petición de perdón

Y mientras la fiscalía y la familia de la víctima reclaman la prisión permanente revisable, la abogada de oficio de Abuín pide una pena de entre dos años y medio y siete, porque su cliente solo ha reconocido un homicidio y “no hay pruebas” de nada más. La muerte de Diana Quer, según el preso, se produjo en cuestión de segundos y nada más toparse ambos por la calle, cuando el acusado apretó el cuello de la muchacha con las manos al sentirse descubierto por ella cuando robaba gasoil.

En la última sesión del juicio en Santiago, El Chicle tuvo la palabra y solo la aprovechó para pedir públicamente “perdón”. La anterior vez que lo hizo fue en abril, cuando se celebró el proceso por la detención ilegal e intento de agresión sexual de otra mujer, por lo que fue condenado a cinco años. Su letrada en esta ocasión, María Fernanda Álvarez, aprovechó ayer al máximo el alegato para sembrar dudas en el jurado sobre los indicios fundamentales del caso, como son la brida “que nunca estuvo en el cuello”; los informes de telefonía que revelan que la víctima no se encontró con El Chicle donde él dijo; o el diagnóstico de los forenses que realizaron la autopsia.

Estos determinaron que la muchacha apareció con el hueso hioides (situado sobre la nuez) fracturado y con erosiones en las vértebras y, a pesar de la ausencia de literatura médica, comprobaron que esas lesiones eran compatibles con un estrangulamiento de una brida. El hioides de la joven de 18 años, por edad, sexo y altura (1,75 de estatura), era "mucho más elástico" que en humanos mayores. Era, dijeron los peritos, "muy difícil de romper", y de hacerse con las manos "haría falta la fuerza de 20 hombres". Pero de haber sido con la correa plástica hallada, según los expertos en medicina legal que declararon, no cabría el homicidio involuntario: el acusado tendría que haber ido cerrando la correa hasta alcanzar esa apertura de nueve centímetros de diámetro que presentaba la brida del pozo. Y mantener así apretado el cuello de Diana Quer (de entre 11 y 12 centímetros) al menos cinco minutos.

La defensa pidió al jurado que delibere “con la inteligencia, no con las vísceras”. Pintó al acusado como “un ligón baboso” frente al “depredador sexual” que dibuja la acusación. Y construyó la idea de una suerte de conspiración orquestada por la Guardia Civil, la acusación, los forenses y la prensa, “obsesionados” por “incriminar a El Chicle”, “un ser humano al que han tratado como un monstruo” en un linchamiento público propio del “Santo Oficio”.

Según ella, no hubo estrangulamiento como dictaminan los médicos, sino “dislocación” de vértebras y desnucamiento instantáneo. La chica tampoco fue raptada, ni viajó viva a la nave abandonada de Rianxo (a 24 kilómetros del punto en que fue interceptada) donde estaba el pozo y donde nunca fue violada. “Los forenses no encontraron nada: no hay semen, ni sangre, ni desgarros”. Los peritos explican, sin embargo, que el cadáver estaba “lavado” de cualquier rastro por el agua del pozo y que había perdido la piel.

Ante estas ausencias, para llegar a un veredicto, las cuatro mujeres y los cinco hombres del jurado tendrán que atender a los indicios que rodean el caso y a las circunstancias en que apareció el cuerpo desnudo de la joven. Esta falta de ropa, no obstante, no es indicativa para la defensa de una agresión sexual, "porque Ana Julia también desnudó al niño Gabriel". Para la culpabilidad, harán falta siete votos de nueve. Para la no culpabilidad, con cinco bastará.

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