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ABUSOS A MENORES ANÁLISIS i

Una bomba psicológica

Los agresores mutilan la estabilidad psicológica de las personas a las que agreden

Joaquin Benitez, imputado en el caso de los abusos en el colegio de los Maristas de Barcelona, en la Audiencia de Barcelona.
Joaquin Benitez, imputado en el caso de los abusos en el colegio de los Maristas de Barcelona, en la Audiencia de Barcelona.

Las secuelas psicológicas derivadas de la violencia sexual afectan al funcionamiento habitual de la persona y perjudican todas las áreas de su vida. Cuando son graves e invasivas impiden que la persona pueda llevar a cabo una vida normal y fomentan su estigma de víctima. Están relacionadas con el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), que provoca el recuerdo continuo de la vivencia, mantiene a la persona en alerta constante y los estados ansiosos y depresivos se ven agudizados. La sintomatología del TEPT puede provocar además una afectación en el sueño, la alimentación, destruir la autoestima, afectar a las relaciones sociales y producir un enorme desgaste mental al tener que crear estrategias continuas para evitar pensar en los hechos.

La víctima pierde, además, la confianza en los demás y en sí misma. Siente que no tiene control sobre su vida, que ya nada será igual, que se le robó una parte de sí que no va a recuperar. Tiene el riesgo de caer en un bucle peligroso de consumo de tóxicos, ideas de muerte e intentos de suicidio. Ocurre cuando la persona no encuentra la manera de enfrentar tanto sufrimiento y gestionar el sentimiento de culpa.

Los agresores mutilan la estabilidad psicológica de las personas a las que agreden. Las secuelas pueden disminuir o aumentar a lo largo de la vida, asociadas a diferentes detonantes que las activen —el estrés, problemas familiares—. Las vivencias traumáticas de la violencia sexual nunca se olvidan y forman parte de la memoria de la persona y de su biografía, sin que haya tenido opción de elegir. Por eso son importantes las terapias especializadas y científicas para dotar a las víctimas de herramientas para hacer frente a los recuerdos. Pueden afectar sus encuentros sociales o relaciones íntimas.

Cuando la violencia se produce en la infancia o adolescencia, provoca una ruptura del proceso evolutivo normal. La violencia sexual predispone al menor a una desestabilización de su estado mental y el agresor se encarga de romper la confianza del niño en el mundo y en el resto de personas, además de culpabilizarles. Por eso es tan difícil que puedan explicarlo al tiempo que ocurre. Y arrastrar ese silencio y esa culpa es una bomba psicológica que provoca la mayoría de las secuelas en la madurez. El apoyo familiar, la respuesta de comprensión social y la condena jurídica son pilares claves para la recuperación emocional. Las víctimas necesitan el acompañamiento de la sociedad a la que pertenecen y la repulsa al agresor, no el cuestionamiento a por qué no supieron reaccionar.

 

Montserrat Bravo Correa es psicóloga especialista en violencia sexual.

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