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El niño deportista de élite, ¿esclavo o tirano?

El caso de Arantxa Sánchez Vicario revela la compleja relación entre chicos profesionalizados y sus padres. Algunas familias inculcan una competitividad insana, en vez de aportar equilibrio

Arantxa abraza a su madre tras ganar su primer Roland Garros (1989).
Arantxa abraza a su madre tras ganar su primer Roland Garros (1989). GETTY

“Marisa. Mi sombra fiel en todos los torneos hasta que cumplí los 20 años, es una mujer de carácter fuerte, y para ella la disciplina y la victoria pasaban por delante de cualquier otra consideración, cuando tal vez lo que yo hubiera precisado eran unas palabras de cariño”, escribe sobre su madre Arantxa Sánchez Vicario, ex número uno del tenis, en ¡Vamos!, su biografía, que presenta hoy. “Está claro que fracasamos con ella”, le contesta la aludida a través de un comunicado. “Nosotros vivimos 20 años por y para ella. Lo dejamos todo de lado e hipotecamos nuestra vida y nuestro matrimonio”.

Las dos frases retratan la ruptura de una familia. No es un caso único. Hay deportes que han cambiado su reglamento para legislar sobre los padres. Clubes que les prohíben tajantemente el acceso a los entrenamientos. Jueces que le han otorgado a un deportista la emancipación para evitarle la mala influencia de sus progenitores. Cuando un niño se profesionaliza y lucha por alcanzar el éxito en el deporte, su relación con el núcleo familiar corre el riesgo de verse alterada, según los psicólogos deportivos, que resumen las dos posibilidades más extremas en dos expresiones: el niño tirano, que acaba dominando a sus padres desde su éxito y sus millones, y el niño sobrepresionado, que es el que sufre las expectativas de estos y su control asfixiante.

“Lo que ha ocurrido en este caso, visto desde fuera, no es una cosa tan extraña”, dice José Manuel Beirán, plata olímpica en baloncesto, exjugador del Real Madrid y psicólogo deportivo, que no deja de señalar los beneficios del deporte para la formación de la personalidad de la mayoría de los niños. “En deportistas que empiezan tan pronto a nivel profesional, los padres tienen que estar encima, y a veces, con la mejor intención, crean expectativas irreales que derivan en situaciones de riesgo”, prosigue. “Los deportes en los que se empieza a competir pronto, como el tenis, son especialmente peligrosos. El padre acaba convirtiéndose en una fuente de estrés para el niño, quien, en esa etapa, vive para quedar bien con el padre, y siente que no juega un partido, un torneo, sino que juega para conseguir que el ambiente en casa sea mejor, o por el amor de sus padres”, continúa. “Los niños que triunfan en deportes de elite renuncian a una serie de cosas de las que no se dan cuenta hasta más adelante. Arantxa, por ejemplo, compitió desde muy pequeña. A las niñas, además, los padres las siguen más, hasta que se independizan. Es importante que la familia le ponga los pies en el suelo al deportista, que le proporcione un equilibrio emocional, pero hay padres que ven la carrera de sus hijos como una prolongación de la suya, que ven los éxitos del hijo como propios”.

Mickey Mantle, un grande del béisbol,
se hizo pis en la cama hasta los 16 años

“Mary, mata a esa puta”. La frase es de Jim Pierce, padre de Mary, tenista francesa ganadora de dos grandes, a la que aleccionaba en la destrucción de sus rivales. Jim fue expulsado de Roland Garros y de las concentraciones del equipo francés durante un lustro, tras pegar a su hija, insultarla y amenazarla en diferentes ocasiones. Eso llevó al tenis a crear un reglamento para controlar las posibles conductas abusivas de padres y entrenadores, y reflejó una cosa: los deportes individuales que abren sus puertas a competidores en plena infancia, con la personalidad aún en formación y sometida al vaivén de una vida de viajes, son dominantes en este tipo de casos. Arantxa, como Pierce, ha acabado teniendo problemas con su familia. Le ha ocurrido a otras tenistas: entre otras, a la australiana Dokic (ex número cuatro, denunció abusos de su padre, al que los torneos prohibieron la entrada) o a la francesa Rezai (su federación tuvo que contratar guardaespaldas para que su padre no atacara a sus rivales).

“A mí me enseñó a jugar mi padre cuando estaba destinado a Melilla”, explica por teléfono Feliciano López, número 15 mundial, que en casa tenía entonces a un tres en uno: padre, teniente coronel del ejército y entrenador. “Aunque me siguió dando consejos, a los 10 años dejó de ser mi entrenador. No es una relación fácil. Cada día son roces, mucha convivencia, por lo que he visto en el circuito. Yo no tuve ese problema, pero lo he visto en otros”, prosigue el toledano, quien, educado hasta en los momentos de más tensión, hizo lo siguiente este verano. Al ver que su padre se desesperaba en el banquillo porque él no cerraba un duelo con los cuartos de Wimbledon como objetivo, se acercó en mitad de un tie-break decisivo y le dijo: ‘Papá, por favor, tranquilo’.

“Es que es muy nervioso”, se ríe ahora. “El que está en el banquillo debe transmitir tranquilidad. Yo he tenido suerte. Tanto mi padre como mi madre fueron padres exigentes en los estudios, que nos inculcaron una disciplina positiva, porque llegar a profesional en el tenis es muy difícil. Mi hermano fue un valiente: dejó el tenis a los 16 años, estudió economía y administración de empresas y está feliz. Otros padres se empeñan en que sus hijos lleguen a profesionales. Es el error más grande que puede cometer un padre. No a todos los niños les gusta tanto el deporte como para sacrificarse. Hay que estudiar”.

A veces no juegan
para ganar, sino
para conseguir el
amor de los suyos

Los conflictos, por supuesto, no son exclusivos del tenis ni de las mujeres. Mickey Mantle, uno de los mejores de la historia del béisbol, se hizo pis en la cama hasta los 16 años. En A hero all his life, su biografía, se recuerda cómo esa era una de las reacciones que le inspiraba la presión a la que le sometía su padre, con el que mantuvo una apasionada relación que incluyó mucho amor, mucha dureza y muchas horas de entrenamiento: hasta 14 diarias cuando era niño. Es imposible separar la voluntad de hierro del ciclista Lance Armstrong de la desaparición de su padre, que abandonó a su madre cuando él era un niño. La gimnasta Dominique Moceanu, oro en los Juegos de 1996, logró en un juzgado la emancipación. Jennifer Sey, campeona estadounidense de la especialidad, también escribió un libro que resumía su tragedia en el título: dentro de la gimnasia de élite. Entrenadores sin piedad, padres con exceso de celo, desórdenes alimenticios y sueños olímpicos incumplidos.

“Cuando se produce una tecnificación temprana, casos de niños que llegan a ser deportistas de élite, la vida familiar requiere un reajuste. Hay muchas familias que económicamente se condicionan por ese deporte, o que cambian de residencia para ayudar a los entrenamientos de sus hijos”, explica Fernando Gimeno, profesor de psicología del deporte de la Universidad de Zaragoza, que recuerda que lo más frecuente es que el deporte sume siempre cosas positivas al niño. “Este es un fenómeno social muy complejo. Los padres pueden cometer errores por exceso o por defecto: o agobian al niño, no le dejan crecer y ser autónomo, o le crean problemas por falta de apoyo y reconocimiento. Cada padre y madre tiene la ciencia suficiente como para ver el caso de Arantxa y reflexionar: ‘¿Qué no me gustaría que mi hijo me reprochara con el paso del tiempo?”, propone. “En una relación personal y emocional, si se pone una ilusión que comparten las dos partes, se generan unas expectativas que de no ser coincidentes crean conflictos”, analiza. “Así, aparecen reproches cuando los resultados no son los deseados. Es algo connatural a las relaciones padres-hijos: a veces en el deporte, otras veces en lo académico o lo profesional. Está en juego el concepto que nos formamos de nosotros mismos a través de la opinión de los demás”.

¿Son esas tensiones privativas de deportes individuales, donde abundan los casos, o también se dan en deportes de equipo, donde cada fin de semana hay miles de partidos entre niños, y cientos de padres vociferantes en la grada?

Dedicar toda la vida al
deporte puede ser un problema
a la hora de retirarse

“En los deportes de equipo es distinto, porque no hay que hacer una inversión tan alta al principio, de dinero y de tiempo”, argumenta Beirán. “Se suelen empezar en el colegio, la presión se diluye en el grupo, porque el resultado no depende solo de uno… pero la presión aumenta también con el dinero”, añade, mirando hacia el fútbol y el baloncesto. “Cuando el niño ve que la familia entera cambia de ciudad solo por él, o que empieza a firmar contratos importantes y a ganar más dinero que los padres, puede llegar a convertirse en un tirano, en el que manda. Que no lo sea depende de que los padres no le conviertan en la estrella de la casa y de que le pongan los pies en el suelo”, advierte. “En esa misma situación, se puede dar el caso contrario: los padres que sobrepresionan a sus hijos y les estresan transmitiéndoles que toda la familia ha cambiado de residencia por él”.

Esos casos abundan en el fútbol y en el baloncesto, aunque no les sean exclusivos. Los equipos dedicados en cuerpo y alma al trabajo de cantera, aquellos que forman a más de 400 niños desde los siete años, como el Sevilla, tienen el asunto sobradamente estudiado. Para producir a un Ramos, un Reyes, un Puerta o un Navas, todos de la escuela sevillista, hace falta, además de talento natural, instalaciones y entrenadores, un equipo de psicólogos que escriba periódicamente a las familias y algunas reglas estrictas. La primera y fundamental: está terminantemente prohibido que los padres acudan a los entrenamientos.

“Es que esa presión familiar existe, unas veces más evidente y otras menos”, asegura Pablo Blanco, responsable de la cantera del club andaluz. “El máximo interés de algunos padres es que sus hijos lleguen. Presionan para que sean futbolistas, y los chavales, sin duda, lo sienten. Eso muchas veces es perjudicial. Por eso hace cinco años que cerramos a los padres el acceso a los entrenamientos en la ciudad deportiva”, prosigue. “Así lo hace también varios días a la semana el Barcelona, según me cuentan. Nosotros lo hacemos para evitar que visualicen a los padres en la grada. La primera temporada que lo hicimos, les recalcamos a los padres con circulares de nuestros psicólogos todos los beneficios de que no estuvieran presentes en los entrenamientos: permite que el jugador reciba las alabanzas y las críticas del entrenador más libremente, y evitamos que los padres intenten dirigir parte del entrenamiento”.

Cuando se trata de equipos
la presión se diluye
en el resto del grupo

¿Cómo? “Sí, es que solían gritar: ‘¡Sigue p’alante! ¡Corre! ¡Tira!’ El entorno familiar influye mucho en el futbolista, que es un tipo siempre muy joven. En los casos de la gente humilde, además, el peso de la familia recae en ellos”, se despide el exjugador antes de dejar una reflexión que no tiene nada de científica pero que sí se basa en años de experiencia. “Es curioso, pero los talentosos son los que pasan más frío, los que menos mantas tienen, los que tienen peores condiciones familiares. Ahora, con la crisis, hay muchos padres que nos aprietan en lo económico, argumentando que tienen otras ofertas”.

“El del padre y el espectador vociferante”, argumenta Gimeno sobre ese acompañante que grita a los niños desde la grada en los partidos, “es un fenómeno desgraciado, porque no es el más frecuente, pero sí el que más se nota”. “Es algo tremendo para el niño, al que le cambia el axioma del deporte como algo con lo que divertirse a algo que es cuestión de vida o muerte”.

“Y todas estas situaciones de riesgo pueden dar problemas al final de la carrera, cuando llega la retirada”, continúa Beirán. “Hay directivos y entrenadores que fomentan el limitar la vida del deportista a su deporte. Eso tiene mucho peligro. El deportista debe tener más cosas a las que agarrarse, otros puntos de apoyo. En casos extremos, si no, llegan a tener la sensación de que la gente que les rodea, los amigos, las parejas, se acercan a ellos porque son famosos, por su éxito y no por cómo son como personas”.

Arantxa presenta hoy su biografía. Su nombre está todos los días en los programas del corazón de la televisión, que destripan al minuto los episodios más amargos de su vida. Su carrera se ventila a diario en las revistas especializadas y los periódicos, que analizan la destrucción de un clan modélico, que en los años noventa del siglo XX fue un icono del deporte español. Su nombre, además, da resonancia a cuatro juicios que le enfrentan con su familia por el control y el destino de su fortuna millonaria, que los expertos cifran entre los 30 y los 45 millones de euros. Arantxa, el personaje público, está 24 horas al día bajo los focos. De la niña deportista, de la mujer casada, de la madre, solo se sabe una cosa: que vive marcada por su experiencia como adolescente tenista.

Moceanu, oro olímpico y “una infancia robada”

Los juristas lo entendieron como un punto de inflexión en la relación entre los deportistas de elite y sus progenitores: era 1998 y la estadounidense Dominique Moceanu, campeona olímpica de gimnasia en los Juegos de Atlanta 1996, de 17 años, acababa de conseguir emanciparse de sus padres en un juzgado de Houston, y tras huir de su casa.

Moceanu se consideró explotada por Dumitru y Camelia. Ante el juez, señaló que habían dilapidado su millonaria fortuna, construida sobre los pilares de sus éxitos deportivos y su belleza, la fórmula dorada del marketing. Argumentó también que esas dos personas le habían pegado en alguna ocasión, y que eran las responsables de que no hubiera tenido una infancia ni una adolescencia normales.

“Me mato entrenándome y yendo a la escuela, mientras que mi padre se dedica a gastar mi dinero. Su obsesión era verme en el gimnasio”, dijo Moceanu sobre sus padres, de origen rumano, que con nueve años la pusieron a las órdenes del mítico Bela Karoly, técnico de la legendaria Nadia Comaneci. “Ahí empezaba y terminaba mi mundo. No tuve infancia, simplemente me la robaron. Desde que aprendí a caminar me quisieron preparar para competir en los Juegos y para ganar dinero, claro”, argumentó en una entrevista al Houston Chronicle. “Cuando tenía 13 años, en mi interior empecé a meditar que solo era una adolescente y que no podía ser perfecta. Nunca he tenido niñez. Vivo en el miedo permanente de los gritos de mis padres. Mi padre me ha pegado un par de veces. A veces pensé en decirles: ‘¿No podéis intentar ser simplemente papá y mamá en lugar de ser yo vuestro negocio”, aseguró. “Quiero a mis padres, pero tengo una hermana de nueve años a la que quieren llevar por el mismo camino”.

La polémica se resolvió a favor de la gimnasta, que hoy es madre, licenciada en empresariales... y se ha reconciliado con sus padres.

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