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ANÁLISIS i

Al rincón de pensar

La campaña parecía diseñada por el delantero galés Gareth Bale, que reconoce ignorar el 99% del Brexit porque está más pendiente del golf

Los cinco candidatos a presidir el Gobierno en el debate electoral de este lunes.
Los cinco candidatos a presidir el Gobierno en el debate electoral de este lunes.

Al final tenía razón Jules Renard: “Si la palabra culose encuentra en una frase, por más sublime que esta sea, el público no entenderá más que esa palabra”. No fue culo, pero fueron mamada, Lucas, adoquín, fiscalía y, sobre todo, nación, nación y nación. La campaña parecía diseñada por el delantero galés Gareth Bale, que reconoce ignorar el 99% del Brexit porque está más pendiente del golf. O sea, nada sublime en un país cuyas principales preocupaciones son, según la encuesta publicada por este periódico, el paro, la calidad del empleo, los servicios públicos, la economía, la desigualdad social, el cambio climático, la desigualdad de género, la situación en Cataluña y las consecuencias de la digitalización y la robotización. Y la verdad es que ha sido una semana un poco robótica en la que la parte humana la han puesto los lapsus y los errores.

Gris oscura casi negra, la campaña no ha dejado ni siquiera grandes promesas —nuestros políticos las llaman intenciones— aunque empezó con una rota: la de Íñigo Errejón de no presentarse. Grisura, sin embargo, no significa tranquilidad. El independentismo radical ha seguido a lo suyo hasta el punto de conseguir que una niña de Madrid pronunciando un discurso en catalán pareciera Kennedy hablando alemán al pie del muro derribado hace hoy 30 años. Que la democracia española tenga más de 40 y se considere un hito el gesto de la futura jefa del Estado demuestra que a veces los mejores aliados de los separatistas han sido los separadores exigiendo que todos los enanos hablen castellano.

Debería tenerlo en cuenta Pedro Sánchez —que aprovechó el debate de televisión para corregir exámenes— antes de sacudir el Código Penal, jugarse el crédito acumulado con su llegada a La Moncloa y gastar todo los que hemos ahorrado desde entonces en una divisa que hoy cotiza a la baja: la distensión. Se empieza renunciando a tratar a los votantes como adultos capaces de comprender ideas complejas —plurinacionalidad— y se acaba lamentando que —resucitado al calor del fuego en Vía Laietana y arrullado por el silencio de los corderos— Vox no deje de crecer. Aunque sea falsificando las estadísticas y reciclando un discurso que parecía superado: “La casta nos roba, los inmigrantes nos violan”.

Mañana sabremos si al otro lado del muro de Berlín está el muro de las Lamentaciones. Es decir, si volvemos a tener todas las desventajas del bipartidismo sin su única ventaja: la estabilidad. A este paso podríamos encontrarnos con una generación que vino a reestrenar un sistema y no ha pasado del ensayo general. Dicen que cada país tiene los dirigentes que se merece y los nuestros están, como nosotros, fatigados. La campaña más corta se les ha hecho larga. El presidente en funciones sueña con fiscales mientras su exsocio preferente declara que le gustaría retirarse después de gobernar. Justo al revés que muchos españoles. Tan jóvenes y ya cansados. Que alguien llame a Manuela Carmena.

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