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Gracias, Rivera, por tus silencios

Tanto esperar debates serios y luego se echa de menos el barullo, pero el líder de Cs llegó con la chistera llena y salvó la noche con sus trucos

Albert Rivera muestra una foto a Pedro Sánchez durante el debate. En vídeo, el 'minuto de oro' de Albert Rivera.

El primer debate empezó muy aburrido, parece mentira, con lo divertido que ha sido organizarlo. Todos muy serios, con muchos datos, incluso demasiados, porque era un baile de números y lluvias de recetas para autónomos, no había manera de saber si lo que decían era verdad o no, y mucho menos si de verdad lo van a hacer o no. Toda la vida pidiendo debates serios y ahora se echaba de menos el cuerpo a cuerpo y la ordinariez. Uno llegaba a distraerse, como en una conferencia, por no estar tan preparado como ellos. Menos mal que los subtítulos de RTVE dieron buenos momentos (“este país Nacho reformas”) y se podían mirar las evoluciones de las bolitas de la pantalla del fondo.

Sánchez actuó de presidente todo el rato, aunque solo fuera por ser el más alto y estar en medio, hablaba casi siempre de frente a la cámara. Hasta sacó un folio para leer una ristra de logros, que daba tiempo a ir a beber agua. Casado estuvo poco agresivo, que es donde le esperaban para que pareciera un facha desatado. Pero el líder del PP en versión moderada, sin sobreexcitación, pierde toda la gracia. Ni siquiera respondió a Rivera, que llegó a atacarle, porque él sí fue sobrado desde el minuto uno, pidiendo la dimisión hasta de Rosa María Mateo. Casado sí coló alguna frase a lo loco de las suyas, como los impuestos prácticamente comunistas, pero poco en plan Vox. El partido de Santiago Abascal no apareció hasta pasada hora y diez minutos, y lo sacó Sánchez, claro está.

Pablo Iglesias fue el único en desmarcarse con habilidad del muermo inicial. Dijo que no se podía ir allí con el monólogo preparado (aunque él eso se lo traía preparado). Citó varias veces a la gente que les estaba viendo, vestido de calle, y no de debate, y sí logró parecer en algunos momentos el señor normal que pasa por allí, ajeno a los líos del politiqueo. Fue, por ejemplo, el que sacó la España vacía a la hora del debate. Pero lo que más sacó fue la Constitución, hasta cuatro veces. Ya duerme con el librito, con una “C” grande, como de Epi y Blas. Lo enseñaba a la cámara, lo tiene manoseado, empollado, con separadores de colores. Es un objeto que, por sí solo, esperan que tranquilice a quienes piensan que quieren acabar con el régimen del 78 (ellos mismos hasta hace poco). Llegó a ponerse pesadito, como el padre Astete con el catecismo.

Rivera fue el primero en empezar a interrumpir, algo que se le da muy bien. Es el que mejor maneja el desparpajo, se pone faltón (“señor Sánchez no sea usted cutre”) y deja caer de pasada palabras comodín: Falcon, chalé… Sacó un carné que podía ser de su piscina, con una bandera de España bien gorda, para presentar su tarjeta sanitaria única. Tenía una colección de fotos que parecía una visita pesada contando las vacaciones. Fue una escalada de gestos de mercadotecnia que hacía presagiar grandes momentos, y así fue.

En el minuto 45, política territorial. Ahí, ahí se iba a liar, y efectivamente. Rivera se lanzó al melodrama: “Se me saltaron las lágrimas al ver un golpe de Estado”. Es increíble, pero lo dijo: “Me duele España”. Y es más, dijo que quería un presidente al que le doliera España. Aunque todo el mundo sabe que quien entre en La Moncloa lo hará bastante dolorido, no silbando. El líder de Cs sacó una foto de Sánchez con Torra en Pedralbes y la dejó en el atril, con marco y todo, como si fuera la de la novia en su despacho. Tras la enésima alarma de que España se rompe y pactos con batasunos, Sánchez le soltó a Casado su golpe más preparado: “Han votado ustedes 127 iniciativas con EH Bildu en el Parlamento vasco. ¿De qué color tiene usted las manos, señor Casado?”. El líder del PP musitó algo, pero no fue capaz de responder, como si supiera que aquel día se pasó.

El minuto final fue soso, volviendo al ambiente empollón del principio, la parte preparada. Pero menos mal que estaba ahí Albert Rivera con la genialidad de algún asesor pasado de rosca con Paulo Coelho. Se quedó callado, y aunque hizo un esfuerzo por no parecer cursi, los osos amorosos a su lado parecerían los ángeles del infierno: “¿Lo oyen? Es el silencio cómplice de Pedro Sánchez”. Por un momento no se escuchó el silencio, no, sino risas enlatadas imaginarias.

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