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ANÁLISIS i

Andalucía por la gracia de Vox

El partido ultra se estrena en las instituciones con un discurso confesional, xenófobo y elogiado por el PP

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Francisco Serrano (Vox) durante la investidura de Juan Manuel Moreno Bonilla (PP) como nuevo presidente de Andalucía.

Debió impresionar al diputado Serrano la sugestión eclesiástica del templo que aloja el Parlamento andaluz. Fue desacralizado para otorgarle la función política, incluso un telón de terciopelo recubre el retablo como remedio al eventual malentendido religioso, pero el portavoz de Vox concedió a su discurso el énfasis y la forma de una homilía. Citó el Evangelio de San Juan. Aludió a la bondad de San Francisco. Y puso a Cristo como testigo y estímulo de la revolución “providencial” que el partido de extrema derecha ha obrado en la Andalucía atea y descreída. Exponía Serrano sus convicciones neocatecumenales. Demostraba que Vox es un partido confesional en su devoción “trinitaria”. Dios, patria familia.

Doce apóstoles, doce diputados, aloja la agrupación nacional-católica en la Cámara andaluza. Y vino a confortarlos Santiago Abascal con su carisma de paso de misterio de Semana Santa. Así lo describía Antonio Burgos en un tuit, aludiendo acaso a la barba azabache que emula la hombría de nuestro Señor. Un revuelo mediático provocó Abascal en Sevilla, una algarabía de cámaras, pero no quiso deslucir el sacramento bautismal de Serrano. Correspondía al exjuez prevaricador el primer trance institucional de Vox. Ningún sitio mejor para hacerlo que la Iglesia del Hospital de las Cinco Llagas. La llaga de la inmigración, de la seguridad, de la patria, de la testosterona y de la familia. Serrano se comprometió a sanarlas no desde la tribuna, sino desde el púlpito, incorporando al responso el tono anestésico de una misa preconciliar. Por eso proclamó que Vox había acudido a remediar no ya un erial político sino un “vacío existencial”.

Más que la Constitución, se diría que Serrano defendía el catecismo. Atropellaba las palabras. Y delataba su mojigatería cuando eludía la “x” para referirse a la “sesualidad”. El discurso de la fertilidad y de la vida. Y el eterno retorno de una anáfora —“Españoles y andaluces”, dijo una y otra vez Serrano— que reivindicaba la excepcionalidad identitaria, el orgullo de las tradiciones, el terruño, los coros y las danzas, la Andalucía rural, los valores morales y religiosos. Sobrevenía la imagen ecuestre del patriarca Abascal en imágenes del Nodo. Y trascendía el pasaje decisivo de la homilía: Vox no va a renunciar a ninguna de sus propuestas oscurantistas.

Corresponde a Juan Manuel Moreno desempeñarse como crupier de la legislatura. No parece sencillo complacer simultáneamente a Vox y a Ciudadanos en esta orgía de siglas y visillos, pero sorprendió la elocuencia con que el nuevo presidente andaluz enfatizaba la sintonía con el partido ultra. Presumía “con luz y taquígrafos” de una relación entusiasta que el propio Serrano agradeció en un desliz verbal: “ha quedado demasia.... ha quedado muy claro, señor Moreno”.

Fueron las últimas palabras del páter, pero tanto hubiera válido la oportunidad de una fórmula litúrgica: daos fraternalmente la mano, podéis ir en paz.

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