Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
EP Local BLOGS CRÓNICAS
DEL PAÍS

La muerte adivinada de Martin Verfondern. Epílogo

El niño Carlos cayó de un caballo, se hizo hombre con una discapacidad psíquica, y acabó matando a su vecino azuzado por el odio que le inculcó su padre. La víctima avisó a El País de quién sería su verdugo

Martin Verfondern pasa ante unas ruinas de Santoalla do Monte en septiembre de 2009.
Martin Verfondern pasa ante unas ruinas de Santoalla do Monte en septiembre de 2009.

En las navidades de 2009, en casa de los holandeses de Santoalla do Monte (Petín, Ourense) habían nacido 28 cabritillos. Martin Verfondern tenía motivos para estar contento. Había pasado muchos apuros económicos y al fin llegaba un desahogo. Además la Audiencia acababa de darle la razón en la guerra judicial que libraba desde hacía más de una década contra Manuel Rodríguez O Gafas, el viejo patriarca de la otra familia que habitaba la aldea casi abandonada, por los derechos del monte en mano común. A partir de ese momento, los nativos tendrían que compartir a medias con sus vecinos forasteros todas las ganancias que dieran aquellas 355 hectáreas: ya fuera el aprovechamiento de los pastos, una tala de pinos o esos sustanciosos pagos por molino que habían llegado prometiendo varias empresas eólicas con proyectos en la zona. Pero el campesino extranjero, que en 1997 había dejado atrás su trabajo de electricista en Ámsterdam y había comprado unas ruinas en Santoalla para fundar con su esposa Margo Pool su plan de vida natural, ya no era el hombre alegre de otros tiempos. Temía por sí mismo y sobre todo por su compañera. Así que a ella la mandó al norte de Alemania, a cuidar de unos tíos enfermos. Y él juntó los euros de la venta de unos cabritos y bajó al valle para ver a su amiga María Jesús, agente de seguros.

"Llegó muy nervioso", recuerda la mujer. "Tengo miedo de que me hagan algo mis vecinos", le confesó. Estaba "decidido" a contratar una póliza de vida, y ella ahora se siente "culpable" por no tramitársela al instante. Le dijo que mejor se lo pensase hasta después de las fiestas, porque "a su edad", casi 52 años, salía "muy cara" y exigía hacer "pruebas y análisis". El holandés le advirtió de que la decisión estaba tomada. Sin embargo, comentó que al mes siguiente le vencía el seguro de su viejo Chevrolet Blazer, una tanqueta desahuciada por el Ejército de Estados Unidos que había comprado antes de llegar de Holanda, y le dejó sobre la mesa para ese fin el dinero del rebaño. Martin Albert Verfondern, socio de Amnistía Internacional, murió de un disparo "devastador" el mediodía del 19 de enero de 2010 cuando regresaba a su querida y desolada Santoalla después de hacer la compra semanal en el supermercado Lidl de O Barco de Valdeorras. Faltaban solo 10 días para su cumpleaños, y había gritado a los cuatro vientos que iban a matarlo. Nadie le había hecho demasiado caso.

Su amigo Antonio, el chapista, cuenta que la víctima pasó por su taller un rato antes de dejar atrás el valle poblado para enfilar la enrevesada carretera de montaña que moría en Santoalla. El holandés, que realmente había nacido en Alemania pero escapó a los 17 para no cumplir el servicio militar, le confiaba su destartalado todoterreno y sobre todo sus miedos. El gallego había estado emigrado en su país natal y se entendían bien. "Llegó muy triste, muy apagado. Me quedé preocupado porque eso no era normal en él. Martin era muy valiente", declara. Como otra mucha gente, Antonio sabía que había instalado cámaras disuasorias para proteger su propiedad y que cuando se aventuraba por las calles desmoronadas de la aldea llevaba otra en la mano en posición stand by, para grabar en el acto cualquier choque con "el clan" rival.

Verfondern tenía las pruebas que señalaban a quien luego resultaría ser su verdugo. Se las entregó a EL PAÍS, que publicó reportajes en septiembre de 2009 y en abril de 2010. Escribió al alcalde socialista de Petín, Miguel Bautista, que en una ocasión decía a este periódico: "Espero que la sangre no llegue al río". Además, envió al menos una carta a los juzgados de la comarca en la que advertía de que si le llegaba a pasar algo, los culpables eran los Rodríguez. Y denunció a sus vecinos una y otra vez en el cuartel de la Guardia Civil.

Martin Verfondern, en su casa, cuatro meses y medio antes de morir. ampliar foto
Martin Verfondern, en su casa, cuatro meses y medio antes de morir.

Todo formó parte del sumario del crimen que fue juzgado en Ourense la semana pasada y en el que fueron declarados culpables por parte del jurado popular los hermanos Juan Carlos y Julio Rodríguez González, hijos de Manuel O Gafas, el anciano desconfiado, áspero y ludópata que se creía señor de la montaña y trataba de imponer su ley del "terror" (en palabras de la víctima) sentado con su cayado a la puerta de casa. O Gafas dormía con una pistola en la mesilla.

"La Guardia Civil ya ni sube", protestaba a este diario Verfondern al relatar el rosario de sus encuentros violentos con "el Sadam de Santoalla", como él lo llamaba. Y tenía claro que algún día moriría a manos de "el Carlos", un hombre grande y ya cuarentón, pero "con el cerebro de un niño de 10 años". Y que su muerte sería por un tiro de escopeta de caza, alguna de esas dos del calibre 12, de entre las 14 armas de fuego que atesoraba la familia, con las que Juan Carlos paseaba normalmente por la aldea pese a no tener licencia.

Aquel 19 de enero de 2010 la tierra se tragó a Verfondern y su aparatoso auto. Y se le buscó sin éxito durante cuatro años y medio hasta que en junio de 2014 un helicóptero de vigilancia de incendios maniobró por una avería y al volver a ascender los guardias civiles que iban dentro vislumbraron un destello. Era el todoterreno de Verfondern, entre los pinos alineados de un monte reforestado a 1.300 metros de altitud. As Touzas da Azoreira, en el ayuntamiento vecino de A Veiga, era el paraje ideal: vedado a la caza y a 18,5 kilómetros de Santoalla, solo era accesible por un cortafuegos que nadie transitaba, salvo los lobos. De los 213 huesos que debería tener el esqueleto de Verfondern apareció nada más que el 13%, y el tórax, probablemente destrozado por el impacto "devastador" que describen los agentes de balística, fue el lugar por donde los animales comenzaron el banquete.

El caso se investigaba como una desaparición, aunque la Guardia Civil ya ponía el foco por entonces en la familia rival del otro extremo de esa aldea que en tiempos había sumado 60 edificaciones y había quedado entera para los Rodríguez cuando los demás emigraron a los pueblos grandes del valle, y a Cuba y Argentina. Todo el mundo había visto a Carlos escopeta en ristre. Y todo el mundo conocía su discapacidad mental valorada por la Xunta de Galicia en un 65%, con un cociente intelectual de 64, un punto por debajo de lo que se considera border line. Su familia achacaba el "retraso" a la fatal caída de un caballo siendo niño.

Un helicóptero de la Guardia Civil en uno de los operativos de búsqueda de Martin Verfondern por la comarca de Valdeorras en 2014.
Un helicóptero de la Guardia Civil en uno de los operativos de búsqueda de Martin Verfondern por la comarca de Valdeorras en 2014.

Unos años antes de disparar al holandés, Carlos encañonó por sorpresa en el monte a un cazador que su padre tenía atravesado. O Gafas lo culpaba de haberle frustrado la venta de una propiedad sobre la que pesaban varias hipotecas. Aquel cazador y sus tres amigos de cuadrilla nunca volvieron a pisar los montes de Santoalla. A Verfondern, el rey de la aldea no le perdonaba nada: ni que tocase las piedras de las casas en ruinas para liberar de escombros las calles; ni que instalase una acometida de agua; ni que trajese a extranjeros de grandes ciudades para trabajar varios meses con un programa internacional de agricultura ecológica. Pero "lo que colmó el vaso de la paciencia de Manuel Rodríguez, de sus hijos Julio y Juan Carlos, y de su esposa Jovita", asegura el fiscal del caso, Miguel Ángel Ruiz, fue "el asunto del monte comunal".

O Gafas era el presidente de la entidad; Julio, sin vivir en la aldea, el secretario; y Juan Carlos, que no es capaz de leer las agujas de un reloj, el tesorero. Negaban desde hace años los derechos legítimos de la pareja extranjera a pesar de que la Ley de Monte Vecinal en Mano Común de Galicia dicta que el requisito es tener en el lugar "casa abierta y con humos" durante 10 meses y una antigüedad de un máximo de un año como residente. Según el fiscal, a Carlos le "calentaron la cabeza" y aunque "distingue el bien del mal", el 19 de enero de 2010 el rencor con el que había sido alimentado a diario en la mesa de su cocina explotó: "Disparó al holandés para agradar a su padre y a su hermano".

"Santoalla era el salvaje oeste", describe Ruiz. Así que aquel día de niebla en que estaba especialmente triste, Verfondern llegó a la entrada del pueblo montado en su ruidoso Chevrolet a medio pintar. Carlos le echó en cara que condujese "como un loco". El holandés bajó la ventanilla para hablar. Y aquel niño grande aficionado a chuparse el dedo le descargó al menos un tiro a una distancia de un metro. Los investigadores creen que pudo ser con la escopeta de la que hablan él y su víctima en el vídeo que Verfondern entregó en un disco a este periódico cuatro meses y medio antes de morir. En aquella escena, Carlos le espetaba: "Ya estás gordo para matarte". El día que acabó disparándole, él y su madre estaban ocupados con la matanza del cerdo y embutían chorizos.

Enseguida llegó el hermano mayor, Julio, montado en su tractor cargado de hierba para las vacas. Y en vez de llamar a una ambulancia por si aún estaba vivo, arrastró el cuerpo al puesto del copiloto y se lanzó por rutas de montaña que ni salen en los mapas hasta As Touzas da Azoreira. Allí, a pesar de la nieve, recolectó ramas de pino y prendió fuego a Martin Verfondern, a los discos duros donde atesoraba pruebas y al ordenador portátil donde el holandés había empezado a escribir el guión para un cómic que ilustraría una amiga. Los personajes del tebeo serían O Gafas y sus hijos, él y Margo; y la historieta destriparía "con humor" el "terrorismo rural" de Santoalla. El Chevrolet también apareció medio quemado. Según confesó después de su arresto Julio Rodríguez, fue el propio coche el que empezó a humear tras la carrera frenética monte a través.

Después de regresar andando por donde nadie pasa y durante casi cinco años, hasta finales de 2014, "el clan" de los Rodríguez se entregó en cuerpo y alma al disimulo, y por su manera de esquivar el tema en los pinchazos telefónicos es posible que ni entre sus miembros se mentara aquel tabú. Si le preguntaban periodistas y gente de fuera, Jovita, la más sociable de la casa, decía que a lo mejor habían sido "unos narcotraficantes" que pasaban droga por aquellos montes. Y según admitió en el juicio, Julio no solo encargó en aquel tiempo cabritos a Margo Pool, sino que le sugirió la posibilidad de que el hombre del que él sabía que era viuda se hubiera marchado con otra. Después de un tiempo en que no se dejó ver, al año del crimen Juan Carlos volvió a visitarla, escopeta al hombro, como si tal cosa.

Pero el niño que un día cayó del caballo en un desgraciado accidente, perfectamente capaz de guardar el secreto cuatro años largos, se "relajó" el 8 de octubre de 2014 con dos guardias civiles de paisano que le entraron hablando de las armas y se lo llevaron a dar un paseo: "¡Qué escopeta tan bonita!", le dijeron. "¿Os gusta?", respondió. "En el monte tengo 500 cartuchos metidos en una bolsa" fanfarroneó un poco más tarde.

"Yo con la automática no fallo".

"El holandés quería meterse con nosotros por los pinos".

"Venía con el coche como un tolo... Cogí la escopeta. ¡Bum, bum! Me escondí. Y que me busquen".

Con él ya en prisión preventiva, murieron Jovita y O Gafas. El fiscal cree que, aunque tiene "malicia", el acusado es incapaz de premeditar, y el jueves pasado rebajó su acusación de asesinato a homicidio. El jurado popular, por mayoría, confirmó el viernes su autoría y la implicación de Julio solo como encubridor. Este queda libre de pena por su parentesco. Y para Carlos, el pequeño, los jurados consideran que se debe pedir el indulto. A la espera de la sentencia, la fiscalía exige que no se acerque a Santoalla en 11 años y medio. Mientras tanto, como los Verfondern ganaron sus derechos sobre el monte, las vacas de Julio Rodríguez y las cabras de Margo Pool mordisquean la misma hierba. Esa hierba en la que la víctima le pidió a su esposa que, si él moría primero, clavase un letrero de madera: "Aquí crece Martin, el holandés de Petín".