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Carta a una mujer luchadora y apasionada, a una amiga

Nos unió la pasión por la educación, por la política, por nuestros respectivos trabajos, por hacer las cosas bien, por triunfar en nuestros pequeños retos

Carmen Chacon Ampliar foto
Carme Chacón, en su despacho del Congreso, en una entrevista con EL PAÍS, en 2002.

Éramos jóvenes, jovencísimas. Y coincidimos en un momento en el que nos rebosaban las fuerzas, las ganas, los ideales, los proyectos profesionales. Carme acababa de llegar a Madrid como diputada y como portavoz de Educación en la Ejecutiva socialista. Yo empezaba como responsable de Educación de este periódico. Nos unían muchas cosas en ese momento. La pasión por la educación, por la política, por nuestros respectivos trabajos, por hacer las cosas bien, por triunfar en nuestros pequeños retos. El suyo, el hacerse un lugar en el partido en Madrid. El mío, el no perderme ni una sola exclusiva. Y así, con el roce profesional diario, nos hicimos amigas.

Qué vacías, que inútiles me parecen ahora esas lágrimas. Porque las lágrimas de pérdida secan para siempre las lágrimas de amor, matan su sentido

Compartimos vacaciones en Lanzarote, en Dénia, en Cádiz, en Málaga… Repasando hoy las fotos me vienen recuerdos llenos de anécdotas, intensos, alegres, divertidos y también algunos tristes. Disfrutábamos muchísimo, nos reíamos muchísimo. A veces, llorábamos muchísimo. Siempre por amor. Qué vacías, que inútiles me parecen ahora esas lágrimas. Porque las lágrimas de pérdida secan para siempre las lágrimas de amor, matan su sentido.

Carme Chacón se preparaba las entrevistas a conciencia. Había aprendido a pensar en titulares. Tenía una gran memoria y era muy disciplinada.
Carme Chacón se preparaba las entrevistas a conciencia. Había aprendido a pensar en titulares. Tenía una gran memoria y era muy disciplinada.

Nunca tuve la sensación de que Carme viviera con miedo por la cardiopatía con la que nació. Apenas la mencionaba y, cuando lo hacía, era para contar una revisión médica o algún recuerdo de infancia, pero, aunque la tuviera presente, era como si no le diera importancia. Nunca tuve la sensación de que corriera peligro su vida por esa razón. Hasta ayer.

Mis últimos recuerdos de ella están rodeados de alegría. Al enseñarnos a su hijo Miquel en una cena en el ático del Ministerio de Defensa y al llamarme para darme la enhorabuena por mi maternidad. Me mandó un carrito rosa fucsia en el que he llevado a mi hija hasta hace poco tiempo y que me hacía no olvidarme de ella estos últimos años.

Nunca tuve la sensación de que Carme viviera con miedo por la cardiopatía con la que nació. Apenas la mencionaba y, cuando lo hacía, era como si no le diera demasiada importancia

Construimos muchas cosas juntas. Algunas imposibles de contar. Construimos un buen grupo de amigas y construimos también un grupo de profesionales entregados a la educación. Porque eran años de construir, constructivos y apasionantes. Fue un lujo. Luego vinieron otros años buenos para las dos y otros no tan buenos, también para las dos. Ya no éramos tan jóvenes, pero no dejamos de luchar, ninguna de las dos. Por nuestras profesiones y por nuestras pasiones. Hasta hoy. Ahora tendré que seguir luchando recordándola, teniéndola presente como mujer fuerte, luchadora y apasionada, junto a las personas que aún quedan de esos estupendos mundos que construimos. No te olvidaremos, Carme. Es imposible.

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