Opinión
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La autodestrucción de los rivales políticos corona la política contemplativa de Mariano Rajoy

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.JuanJo-Martin (EFE)

Un reciente encuentro con un dirigente del PP me ha servido para confirmar, si hiciera falta, que el plan de los populares en Cataluña consiste en la ausencia de un plan. Se trataría de extrapolar a la política territorial la propia actitud contemplativa de Rajoy. Un ejercicio mimético que aspira a desesperar la hiperactividad de los adversarios.

De hecho, la estrategia pasiva del PP pretende que la coalición soberanista termine autodestruyéndose. Empezando por la alianza contra natura entre el cadáver de Convergència y la muchachada subversiva de la CUP. Les une la independencia. Les separa la definición de la propiedad privada y la dictadura del proletariado.

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Es consciente Junqueras de semejante tensión, igual que conoce el beneficio que proporciona a Esquerra la dialéctica de cuperos y convergentes, precisamente porque su partido avanza en la conquista del electorado independentista. Y lo hace aparentando una moderación que encubre la ingeniería de la desconexión.

Terminará descomponiéndose la coalición soberanista en su propia naturaleza incendiaria. Y volverá a demostrarse que la buena salud política de los populares, incluso en un frente tan desesperado como el separatismo catalán, acostumbra a derivarse de los procesos endogámicos que emprenden sus rivales.

El mérito de Rajoy consiste en haber mantenido sin fisuras el modelo cesarista. Y de haber preservado la unidad el partido en circunstancias tan difíciles como las que sobrevinieron después del 20-D, pero la posición de privilegio en que se encuentra un año después es indisociable de la cooperación de sus entrañables adversarios.

El ejemplo absoluto es el trauma del PSOE y el psicodrama que ha supuesto la capitulación de Pedro Sánchez. La crisis era inevitable en la perspectiva del retroceso electoral, pero la manera grotesca de conducirla ha beneficiado la propaganda del sentido común y de la sensatez que Mariano Rajoy convierte en su propio paisaje.

No necesita aliados Rajoy porque ya tiene enemigos desempeñando la misma función propiciatoria, benefactora. Lo demuestra el duelo que ha sacudido la credibilidad y la unidad de Podemos. Errejón ha descompuesto la devoción al gran líder. Y ha expuesto las similitudes entre la nueva política y la vieja, sobreponiéndolas en un ejercicio voluntarista que subordina la discusión ideológica a la prosaica ambición del poder.

Iglesias no es indiscutible, ni podría serlo Albert Rivera en el horizonte de la primavera, toda vez que Ciudadanos se expone igualmente a un conflicto de modelo. Necesita el partido trascender la identificación con su fundador. Y justificar un sitio que le está cuestionando el PSOE en los primeros ejemplos de la gran coalición.

Rajoy la lidera desde una comodidad asombrosa. La quietud propia y la lealtad davidiana de su gente representan el punto de contraste a la convulsión de sus rivales. Rajoy los observa mientras se devoran, adquiriendo la postura del loto. Ommmmm...

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