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Caso Gürtel
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Detalles tontos

Correa se hace el despistado, pero sabe bien cuando mueve unos centímetros la línea de la verdad

El presunto cabecilla de la trama Gürtel, Francisco Correa, a su salida a la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares (Madrid).
El presunto cabecilla de la trama Gürtel, Francisco Correa, a su salida a la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares (Madrid).Alvaro

En los juicios los periodistas están a veces pendientes de tonterías, el detallito de color. Por ejemplo, el nombre que aparece en las cocacolas de Francisco Correa. El jueves fue “Natalia”, inservible, no daba juego. Este viernes “Álvaro”, algo es algo, por el Bigotes. Pero se espera con ansia una cocacola Mariano, o José María, o Luis, menuda foto. No se sabe quién le lleva las latas, porque la máquina está en la sala de prensa y no se acerca. Debe de mantener aún una mínima red de colaboradores. La verdad es que da la impresión de que sigue organizando el cotarro, de quién habla y de quién no. Juega con los nombres, sabiendo que “España entera” está pendiente. Igual que la prensa de sus cocacolas.

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“PAC no es Paco Cascos”, descartó a la fiscal como si estuvieran jugando al Cluedo, y eso que ni le había preguntado. No hubo manera de que se acordara de quién demonios es PAC, alguien que se lleva una pasta en comisiones. El primer día dijo que iba a descifrar todas las siglas, pero se ve que esa se le ha traspapelado. Ya es casualidad, justo por la que más le preguntan. “Le voy a decir una cosa: si recordara quién es se lo diría”, dijo como ayudita. Lo cierto es que hay muchas cosas que Correa solo se recuerda si le pillan, pero no antes. “No lo sé, pero si tiene el dato lo reconozco y punto”, suele decir. Ha demostrado una confianza ejemplar en la UDEF, a la que solo le falta agradecer que le haya puesto orden en los papeles, porque él “nunca entraba en detalles”. Lo repite hasta el esperpento: “Creáme, cuando ustedes me dijeron cuánto dinero tenía en Suiza, yo no lo sabía”.

Prefiere moverse en las alturas, como en sus buenos tiempos, donde “sinceramente, yo estaba en otra dimensión”. No se fiajaba en esas minucias de los sobres de miles de euros, sino en grandes negocios y comisiones de obras públicas, aunque de eso no hay apuntes. Es el estilo con el que Correa cuenta todo: mire, no me maree y dígame el total, ¿cuánto es, 125 años de cárcel? Pues venga, y lo que estén tomando estos señores. Sigue viviendo en el exceso, presumiendo de generosidad por admitir los hechos. Ayer contó que compró un Lincoln que no cabía en el garaje y desveló que el Mini que intrigaba a la fiscal lo tenía aparcado en la puerta. También se jactó de las señoritas tan monas que atendían en las oficinas de atención al cliente que montó en Majadahonda y Pozuelo, una idea suya:“No es lo mismo un funcionario mal pagado, cabreado, que unas señoritas muy agradables, uniformadas, que te atienden”.

“No voy a decir que me siento bien aquí, sería del género estúpido, pero me siento cómodo”, comentó al juez para convencerle de lo relajado que estaba. Pero es muy consciente de los detalles, sobre todo cuando le acorralan. También la fiscal, que a veces prefiere no seguir preguntando, aunque Correa le diga que mangoneaba con este o aquel ministerio y no le entra la curiosidad de saber exactamente con qué despacho. Es como una coreografía. Correa sabe perfectamente a quién salva y quién condena, como si aún fuera Don Vito. El jueves, tras exculpar a Ricardo Galeote, se acercó a él en el receso de la mañana y le dio una palmadita: “Bueno, amigo mío”. Y el otro se giró agradecido. Lo mismo con Antonio Villaverde, presunto testaferro de la trama. Al final de la tarde asentía conforme mientras Correa le explicaba que solo había contado que le daba el dinero y no sabía más. Ayer, según entró Pablo Crespo por la puerta, supuesto número dos, le llamó: “Ven aquí”. Y se pusieron a maquinar. Del mismo modo salva al Bigotes y a sus empleados, solo cumplían órdenes. Quizá por humanidad, o para evitar el delito de asociación ilícita, uno de los 13 de los que se le acusa. En cambio a Bárcenas y Sepúlveda los hunde cuando puede. Si hay que creer a Correa, este último violó el código de honor: le untó con “120.000, 150.000 euros” para su campaña y le dio el contrato a otro. “Me pareció tal la falta de ética que corté la relación. Punto pelota”.

Pero en el ataque Correa cada día mueve la línea de la verdad unos centímetros.Solo un poquito, hay que fijarse en el detalle, y quizá por eso el PP, y también el PSOE, dicen que no hay nada nuevo. Ayer salieron nombres de empresas y ministerios, y también el secretario de José María Aznar, Antonio Cámara. Correa también lo dijo sin que le preguntaran: “He dormido poco, porque he estado haciendo memoria, y he recordado que…”. Con el fin de semana para descansar lo mismo recuerda más, o menos. Solo él sabe a qué juega.

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Un detalle gracioso, como la cocacola. Correa colocó al exsecretario de Aznar en una de sus empresas, y el PP le buscó una poltrona en Caja Madrid. Por eso su última silla está en el piso de arriba, encima del juicio de Gürtel, acusado por las tarjetas black. Como dice Correa, cuando se muestra confuso ante el mogollón de datos de corrupción: “Es que son muchos años, muchos temas”.

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Sobre la firma

Íñigo Domínguez
Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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